Sentirse español

Creo que una de las primeras cosas que asumí en la vida fue mi nacionalidad. Era español. No había nada que analizar, ni discutir, ni reclamar. Venía de fábrica. No había opción. Era una verdad absoluta, inalterable, como la certeza de la muerte. Has nacido en España, eres español. Así lo demuestra tu documentación, tu idioma, la recaudación de tus impuestos.… Lo que nunca llegue a entender con la misma incuestionable certeza era qué significaba ‘sentirse’ español. Comprendí que cuando un gentilicio ha sido patrimonio y emblema de una etapa histórica frustrante, castrante y abominable, cuesta tiempo volver a sentirlo parte de uno. Por suerte, hay generaciones que ya han superado ese prejuicio y yo lo celebro.

Recuerdo que hace unos diez años, un grupo de corresponsales extranjeros en España escribieron un libro, titulado “Vaya país”, en el que nos analizaban. Ellos, con mucho sentido del humor, porque cuando te critican o te menosprecian es mejor hacerlo con gracia para que tu rebatimiento acabe siendo ausencia de sentido del humor, escribieron que hablábamos muy alto, que gritábamos más bien; que pedíamos perdón para poder interrumpir una conversación y así arrebatarle la palabra al otro y seguir hablando, o gritando; que escuchábamos poco, o nada; que éramos egocéntricos y que había que ser condescendientes con nosotros como lo serían con una tribu Masai. Pero no todo era negativo. También valoraban muy positivamente nuestro sol, como si tuviésemos algo que ver en que saliese cada mañana.

El patriotismo de los cuarteles, las banderas y la unidad de España es un nacionalismo demodé, roído, que huele a cerrado. Porque ya nadie está dispuesto a darlo todo por la patria cuando la patria permite que le despidan del trabajo sin apenas indemnizarle, que le corten la luz, le dejen sin calefacción en invierno, le paguen seiscientos euros por largas jornadas laborales, le echen de su casa, le acosen en la escuela o en el trabajo o le recorten los servicios sanitarios. Es ahí donde un español puede dejar de sentirse español. Porque el sentimiento es una disposición emocional, no tiene que ver con el documento nacional de identidad; tiene que ver con aquello que te construye, que te apuntala, que te arropa, que te defiende. Si naces en un país mayoritariamente injusto e ingrato con sus habitantes, serás oficialmente de ese país pero es posible, no inevitable, que no te sientas de ese país porque vuestro vínculo emocional se ha roto. Y como sucede con toda relación afectiva, la clave está en si dejas tú o te dejan. Ahí reside un matiz que marca el resentimiento, el luto y la recuperación. Y cuando uno deja de sentirse español, casi siempre es porque España, o sus gestores de turno, han roto con él. Será español, vivirá en España, pero cada vez se irá sintiendo menos español.

Hoy en día, salvo ocho nostálgicos con memoria selectiva y poco intelecto, el patriotismo se confunde con un resorte, un arrebato de nostalgia que idealiza aquello que está lejos, un mecanismo de defensa que aparece cuando a uno le tocan las costumbres más propias. Cuando llega un noruego, con cara de listo, y te dice que gritas cuando hablas, que la siesta es una pérdida de tiempo o que no comprende cómo puedes meterte una caña y una tapa de callos a las doce del mediodía. De repente, no importa que seas vasco, extremeño, canario o catalán, te recorre una bestia parda por las venas que hace que te reafirmes en tus costumbres aunque seas el primero en criticarlas. Porque ya sabemos que los únicos pedos que toleramos son los propios.

Por eso me sorprende la campaña absurda creada para boicotear la película La reina de España después de unas viejas declaraciones de su director, Fernando Trueba, asegurando que nunca se había sentido español, ni durante cinco minutos. No porque me parezcan unas declaraciones dignas de enmarcar. Precisamente Trueba es un señor al que no le ha ido nada mal en España. Pero también opino que resultaría muy insolidario, y bastante irreal, valorar la situación de toda una nación basándote exclusivamente en tu cuenta corriente o en tu situación personal. Creo que el ‘antipatriotismo’ de Trueba tiene más que ver con un postureo de enfrentamiento a un nacionalismo castrense que a un rotundo rechazo a las costumbres y características españolas. De hecho, hace unos días le vimos pedir perdón. No porque haya dejado de sentirlo sino porque teme por la taquilla de su película, una cinta bastante floja, por cierto. Y con dos guionistas ninguneados por el director. Que así también se construye España, señor Trueba.

Me sorprende la campaña porque está orquestada por un sector que detesta el cine y prefiere el fútbol, que nunca iría a ver su película porque cree que todo el cine español son una panda de subvencionados, que siente herido su sentimiento españolista por una declaración más o menos desafortunada y sin embargo consiente, con su justificación o su desidia, la corrupción, la destrucción del Estado del bienestar, la discriminación y la especulación. Y a mí, consentir eso me parece más antipatriótico que respetar la opinión de alguien que no piensa como tú.

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Un Comentario

  1. carmenarj@hotmail.es

    Magistral…!!!

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