20 pensamientos

Abrió los ojos y el primer pensamiento que se instaló en su mente tenía que ver con el trabajo. Una nueva idea que proponerles a sus jefes relacionada con el asunto que, durante toda la semana, se habían traído entre manos y reuniones. Y se entristeció como un solsticio de invierno. Porque el protagonista de esta historia no entendió que la primera intención de su mente, un catorce de febrero que por fin caía en sábado, estuviese dedicada al trabajo y no a buscar los labios de una persona que correspondiese a su amor. Pero ese ya fue el segundo pensamiento, no el primero. Se ofendió tanto el hombre que pensó en vender la cama de doscientos por ciento sesenta que hacía un año que se le había quedado grande. 

Se levantó y mientras se preparaba un café -el Nicaragua era su cápsula favorita del mes-, se cagó en la puta madre que parió a Jane Austen y, de rebote, en todos aquellos que tuvieron la necesidad de adaptar sus novelas al cine. Desnudó la madalena sin delicadeza, como si estuviese despellejando a Barbara Cartland o arañando a George Cukor. E imaginó la historia de otro hombre abandonado que, incómodo en su soledad, había dejado de escribir cartas de amor que nunca recibían respuesta y empezó a redactar misivas a un controvertido abogado para que aceptase denunciar a las editoriales, a los estudios de cine y cadenas de televisión que le hicieron creer, durante décadas, en el amor romántico. 

Denunciar a todos los autores de las canciones de amor y pedirles una indemnización como hizo Patricia Henley, aquella fumadora enferma de cáncer que denunció a la tabacalera Philip Morris por haberle permitido envenenarse desde los quinde años sin que nadie le avisara de que lo estaba haciendo. Ella logró cincuenta millones de dólares. El protagonista de esta historia pensó que con cincuenta millones de dólares tal vez se pudiera comprar amor. Y casi se ahoga cuando la madalena bañada en Nicaragua se le fue por otra parte.

Secaba su cuerpo duchado mientras intuía su desnudo en la silueta desvanecida que revelaba el espejo nublado. Y supo que estaba enfermo. Como quien reconoce los primeros síntomas de una gripe impertinente. ¿Qué coño se toma cuando uno está enfermo de desamor?, se preguntó. Comprendió que el mal de amores solo se curaba con amor. Ese era el problema. Entendía que a las rupturas les sobrevivía un duelo pero nunca se le dieron bien las unidades de medida y no sabía calcular la ausencia. Ese era su secreto. Padecer una enfermedad cursi, mal vista, desagradable al oído y que era conveniente ocultar bajo una pose de autosuficiencia que le hiciese más sencilla la vida en comunidad.

Su smartphone le avisó de que acababa de recibir un mensaje. Lo hizo con un sonido que los fabricantes del teléfono habían bautizado como ‘de puntillas’ y era dos notas que parecían sacadas de una secuencia cómica de dibujos animados. Pensó que tenía que sustituirlo porque ese tono no tenía ni puta gracia. Y ese fue el octavo pensamiento del día.

El mensaje era de una querida amiga que, como todos los catorce de febrero, le escribió: “El hombre más gordo del mundo se ha casado”. Realmente se casó en 2008 pero ellos sabían lo que significaba ese mensaje.

Manuel Uribe, un hombre de 330 kilos, se casó en Monterrey con el amor de su vida, una mujer llamada Claudia. Lo hizo en una ceremonia con tantos invitados como kilos soportaba la cama, adornada con flores y cubierta por telas blancas, en la que el novio llegó al altar, ya que su obesidad mórbida le impedía caminar. Y Claudia pronunció el ‘sí quiero’ a Manuel, un hombre que había movilizado a diez unidades de Protección Civil y Bomberos para poder cambiarle el colchón. 

El protagonista de esta historia y su amiga conocieron la historia de amor del hombre más gordo del mundo mientras ahogaban sus penas en alcohol de ranchera y la risa contagiosa se les fugaba entre los lamentos. Es cierto que cinco años después de la boda Manuel pesaba 494 kilos y denunciaba en la prensa que su matrimonio estaba siendo un infierno porque Claudia le hacía la vida imposible. Según ella, porque Manuel le había sido infiel. 

Y las carcajadas ebrias del protagonista de esta historia y su amiga estallaron en una palmera de fuegos artificiales. Recordó aquella noche que se materializaba de nuevo, cada catorce de febrero, con la llegada de ese mensaje. Independientemente de que el protagonista de esta historia y su amiga estuviesen emparejados o no.

Salió a la calle. Caminó buscando el contacto de unos ojos que pudieran ser lo más parecido a un flechazo. Pero la calle era una lluvia de miradas fugaces que le envolvían como los paisajes que se precipitaban tras la ventana de un tren de alta velocidad. La culpa de todo la tiene Disney, pensó. Y se imaginó que si el padre de la animación estuviese realmente criogenizado, él estaría dispuesto a desenchufar la máquina sin ningún cargo de conciencia. Un pequeño escenario rojo llamó su atención. Pensó que debía ser una insensible campaña publicitaria con motivo de San Valentín. Y ese fue el undécimo pensamiento del día. La gente hacía cola para retratarse en pareja y ver cómo su fotografía pasaba a componer un enorme corazón que podía verse, a través de una pantalla, a varios metros de distancia. Se concentró en lo que sería capaz de rodar Alex de la Iglesia con esa situación. Y sonrío discretamente. 

Mientras avanzaba entre la gente aceptó que solo dolía cuando faltaba. Como el síndrome del miembro fantasma, en el que la percepción de un miembro amputado persistía más allá de la mutilación. Pero el protagonista de esta historia empezó a cansarse de sí mismo. Sabía que las penas de amor solo son atractivas en la ficción. Nada provocaba más rechazo en la sociedad que una persona enferma de desamor. La paciencia tenía un límite y con el desamor nunca tendía a infinito. Y admitió que lo que sentía eran celos, rencor al no poder seguir amando, aunque fuera a otra persona, y tener que aceptar que quien ayer celebraba a su lado el día más cursi del calendario, hoy era el protagonista de otra historia en otra mesa, en otra cama. Porque todo, hasta el amor, acaba siendo una puta competición. 

Y el protagonista de esta historia entendió que no existía propósito de hacer flashbacks con su corazón, que lo que anhelaba era enamorarse de nuevo para no sentirse un número impar, el invitado que llegaba a la fiesta un día tarde, el diploma acreditativo que le entregaban al que ni siquiera había sido capaz de colgarse la medalla de bronce. Y pensó que quizá ese sentimiento fuese el que le estaba enfermando. Y en lugar de arrepentirse, inventó que sería precioso poder introducir la mano, como garra, en el pecho de todos esos gilipollas que estaban celebrando el amor que a él se le negaba y arrancarles el corazón en un apocalipsis de serie B. A uno, a otra, a aquel, a esa, a aquella, hasta que alfombrase de sangre y entraña la calle peatonal.

Mientras el protagonista de esta historia comía un plato de espaguetis boloñesa, con mucho parmesano, en un restaurante con aspecto de decorado de sitcom, rodeado de números pares, deseó ser de esos que glorifican la soltería, de los que creen que follando mucho se cauteriza la herida, de los que se arman de paciencia como si fuesen seres eternos, y no tener que admitir que era un hombre al que le gustaba estar en pareja, que aceptaba su soledad sin problemas pero que no la deseaba, como quien tolera un atasco. Porque el protagonista de esta historia se había autodiagnósticado una adicción a la dopamina que se administraba por vía intravenosa, esnifándola, lamiéndola, tragándosela, acariciándola, compartiéndola. Y en pleno viaje, enajenado de felicidad, el protagonista de esta historia se notaba invencible, como Danny Boodman tocando en el océano.

Una camarera interrumpió su ensoñación y solicitó, con amabilidad, si le podía retirar el plato. Añadió que necesitaban la mesa ya que había muchas parejas esperando para tomar asiento y el servicio debía acelerarse. La necesidad de una pareja para sentirnos un todo. Hijos de la gran puta, pensó, qué envidia me dais. Y ese fue el pensamiento número veinte que, el pasado catorce de febrero, sábado, circuló por la mente del protagonista de esta historia.

Porque todo, hasta el amor, acaba siendo una puta competición. 

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