El informe PISA

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Nunca he entendido muy bien lo del Informe PISA. Resulta que existe una Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) que se dedica, desde 1961, a promover políticas que mejoren el bienestar económico y social de las personas. Ya solo con este enunciado podríamos confirmar que la OCDE no funciona bien, pero no vamos a romper el juguete antes de haber empezado a jugar con él. Uno de los cometidos de esta organización es elaborar el Informe PISA, una especie de evaluación a los alumnos de todo el mundo para conocer su nivel, rendimiento académico y, ya de paso, muy de paso, valorar la calidad de su formación.

El pasado miércoles conocimos los datos de 2015 y yo volví a no entender nada. Era la primera vez que España aparecía con referencias a todas sus comunidades autónomas, con sus respectivas competencias en Educación, y todas hacían una lectura positiva de los resultados, aunque no fueran favorables. Es evidente que un político no sabe perder. Y lo peor no fue comprobar como cada Comunidad valoraba los datos como si fuesen escaños en una noche electoral; lo más desolador era confirmar cómo algunos deslegitimaban las conclusiones restándole valor al informe. Para que me entiendan, el clásico “el profe me tiene manía” en versión adulta.

No creo mucho en el Informe PISA. No solo soy escéptico cuando los resultados son malos; también cuando pecan de un excesivo optimismo. Con él me pasa como con la lista de las playas con bandera azul, que nunca son las mejores, o con los resultados del EGM, que supuestamente dictamina cuántos oyentes, lectores y espectadores tiene tu programa, tu revista o tu canal mediante una fórmula tan antigua como discutible. Creo que el PISA sí muestra indicios, tendencias, que cualquier gestor con dos dedos de frente apuntaría en una lista pero ni el informe es un oráculo ni una pantomima. Son los propios gobiernos, en cada país, comunidad y ciudad, quienes lo convierten en una farsa perfectamente ejecutada. Escribo esto porque ningún responsable en Educación ha ampliado el presupuesto de ese área tras unos malos resultados en el informe. Lo que hacen es presionar a los centros educativos para que suban la nota al año siguiente. La nota, y el puesto en el ranking de mejores colegios, así implican el prestigio del centro en la estrategia.

A los gobiernos, que son los principales responsables de la calidad educativa de un país, o comunidad autónoma, porque son los que crean las leyes y las dotan de presupuesto, lo único que les importa es alcanzar (ni siquiera se plantean superar) el promedio de la Unión Europea y de la OCDE. Y como invertir en educación, en conocimiento, en cultura, es algo que da beneficios a largo plazo, los gobiernos no le prestan demasiada atención porque siempre es más sugestivo lo inmediato, aunque sea efímero, porque eso es lo que da votos. De esa manera, en 4º de la ESO, es más que probable que se pasen gran parte del curso preparando la prueba para el informe. Como si fuese una especie de selectividad donde los únicos que se juegan la plaza son los centros educativos y sus gestores políticos. El aprendizaje del alumno está en tercer lugar. A partir de Semana Santa, se abandona el temario y solo se prepara ese examen -que evalúa matemáticas, comprensión lectora, ciencias y un idioma, en los centros bilingües-, sobre preguntas, problemas y cuestionarios similares a los aparecidos años anteriores. Hay centros que obligan a su profesorado a realizar simulacros de la prueba dos o tres veces durante el curso. Por eso, el mejor resultado del Informe PISA, al menos en España, no está señalando a la comunidad autónoma con una mayor cualificación de su alumnado ni a la que tiene el mejor sistema educativo. Está señalando a la comunidad autónoma que mejor ha preparado a su alumnado para ese examen. El prestigio del centro y del político por encima del conocimiento del alumno. Así se trabaja en España con el Informe PISA.

Tal vez si la formación, el conocimiento, no solo se contemplase como una acumulación de saber sino como un crecimiento personal, inculcando a los estudiantes el espíritu crítico, la capacidad de conectar ideas, la curiosidad por aprender, sería más costoso programar un examen. Eso sin entrar en que los países en los primeros puestos del ranking son países que llevan años apostando por la educación, no trabajando a un año vista. Son países que hacen una apuesta a largo plazo, que optan por educar en el placer de aprender y no en la obligación del deber, que han transformado su profesorado, no solo en formación y reciclaje sino también en reconocimiento social y, por supuesto, en salario.

Leía esta semana a Xavier Sala, catedrático de economía en la Universidad de Columbia, que explicaba que en el futuro que les espera a nuestros adolescentes, todo lo que no se valora en el Informe PISA tendrá un peso fundamental. El mundo de la innovación, de la inteligencia artificial, va a necesitar chicos y chicas con capacidad para cuestionarse la realidad, que sepan discernir, que exploren, que tengan curiosidad, que comprendan que toda teoría es importante porque mañana podrás tener la libertad de ignorarla y crear la tuya propia.

 

 

 

 

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Un Comentario

  1. En Chile no hay un organismo determinado, lo ve el Ministerio del Desarrollo, con encuestas y estadísticas pinceladas, para que venga el inversionista extranjero y vea un país bonito y estable

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