La susceptibilidad del poderoso

Desde que el mundo es mundo, el poder, en todas sus variables, formas y posturas, ha transmitido un mensaje de deseo, de meta, que lo ha hecho intocable, incuestionable. Ha campado a sus anchas cometiendo injusticias, barbaridades y, en la mayor parte de las ocasiones, siendo cómplice de esos desmanes pero, si eres el poder…¿quién va a cuestionarte?

Es lo contagioso del poder: lo aceptamos, incluso con sus errores y abusos, porque, en el fondo, todos queremos saborear el enorme placer de practicarlo. Todos buscamos una minúscula parcela de poder para demostrar a los demás quién manda aquí. Aunque mandemos una mierda.

El poder, en una sociedad capitalista con importantes valores neoliberales, es estatus, es una élite a la que está feo cuestionar porque ella misma ha desarrollado su mejor estrategia: si me discutes, tu único argumento es la envidia, porque deseas lo que yo tengo; son tus frustraciones, tus complejos, los que hablan por ti y, ante semejante categoría en el ataque, no podemos hacer otra cosa que ignorarte. Fin del debate.

Formar parte del grupo envidiable, del selecto, es el objetivo que la sociedad marca a sus ciudadanos, especialmente aquellas que convierten en mercancía el bienestar, la satisfacción personal y el deseo. Desde hace décadas, nos han valorado y catalogado según el barrio en el que vivimos, la empresa para la que trabajamos, según el salario que cobramos, el coche que conducimos, la ropa que vestimos y nuestro destino vacacional. Ahora, ese estatus también se traslada al cuerpo.

No quiero decir que antes la belleza no fuese un valor supremo, en absoluto; quiero decir que ahora se ha estandarizado una belleza y en esa construcción social del deseo se ha invisibilizado cualquier margen donde, antes, la variedad y la diversidad eran un valor. Hace 30 años también existían modelos con cuerpos magníficos pero no había tantos gimnasios ni tanta obsesión por la belleza física. La mayoría se repartía entre los márgenes, creando una gran “clase media” del físico, mucho más inclusiva, menos agresiva, donde se desarrollaba la vida real. Ahora no. Ahora, en el relato que construye la publicidad, las portadas de determinadas revistas, la televisión, los fotógrafos de desnudos, los flyers de discoteca, lo deseable es un tipo de cuerpo y los demás, los corrientes, ven cada vez más reducido su margen para que, como sucede con todo en este sistema, si no puedes luchar contra la marea, te dejes llevar por ella.

Hace unos días, el Ayuntamiento de Zaragoza paralizó un calendario solidario de bomberos con poca ropa porque no reflejaba la pluralidad que existe en la sociedad, en el cuerpo y que reducía todo a un canon de belleza y masculinidad que nadie discute.

Partiendo de la base de que censurar me parece la menos pedagógica de las decisiones –aparte de la más sencilla- y considero que no aporta nada a la salud democrática de una sociedad, lo que de verdad me llamó la atención fue que las voces molestas eran de hombres “de gym” –expresión que detesto pero que utilizo para que ustedes me entiendan- y hombres a los que les gustan, físicamente, los hombres “de gym”. Lógicamente, se sentían agredidos, cuestionados por la decisión. Eso lo entiendo. Confieso que me gustaría tirar de hemeroteca para saber qué opinaban esos hombres cuando, a principios de los 2000, los casos de anorexia en chicas adolescentes obligaron a las semanas de la moda a vigilar la imagen que sus modelos daban en la pasarela. No les recuerdo tan ofendidos. Y resulta que ahora, que se les cuestiona, un poquito nada más, su estrategia, se enfurecen y se indignan.

Pero lo que me costaba entender era esa victimización de su causa, como si hubiese una corriente mundial que persiguiese a los hombres musculados, con abdominales marcados, y les impidiesen mostrarse públicamente. Y aquello sí empezó a molestarme porque se enmarca precisamente en la susceptibilidad del poderoso. Un colectivo que, amparándose en las posibilidades de su poder, ha dictado, durante siglos, las reglas del juego y que cuando una voz se atreve a cuestionar no ya el juego sino sus consecuencias, levanta la voz como si realmente estuviesen siendo hostigados y estigmatizados por estar buenos, por tener un casoplón o por trabajar en el consejo administrativo de una eléctrica.

El dinero y el físico son los dos poderes supremos. Por encima del intelecto. Y todos lo sabemos. Ser rico y quejarse de que la gente te critica por vivir de puta madre en época de vacas flacas es tan insultante como tener un cuerpo 10 y sentirte víctima porque hay una corriente de pensamiento en la sociedad que cuestiona los cuerpos normativos. O sea, no. Hasta ahora, el poder asumía que generaba envidias y eso le servía de profilaxis para protegerse de la opinión pública. Ahora, como no puede hacerlo, opta por convertirse en víctima. Y no. Las víctimas son otras. Las víctimas son ese altísimo porcentaje de hombres homosexuales que han desarrollado trastornos del comportamiento alimentario, esos adolescentes que salen del armario y se encuentran con flyers, con carteles de fiestas, con portadas de revistas, que les están diciendo cómo debe ser su cuerpo si quieren encontrar novio, si quieren ser deseables, si quieren ser felices. Esa exigencia que antes se ejercía de una manera implacable sobre las mujeres ahora ha contaminado al hombre homosexual generándole más inseguridades, complejos e insatisfacciones que añadir a la enorme tarea de reconocerte como eres.

Es cierto que todos estamos expuestos a esa presión social y no todos caemos en un trastorno alimentario pero sí hay personas más vulnerables a eso. Y si nosotros, como sociedad, y en especial desde lo público, no contemplamos a esa minoría, a los vulnerables, a los más débiles, estamos contribuyendo a una sociedad déspota y mezquina.

Es muy complejo aceptarte como eres cuando toda la presión social te dice que tu elección es errónea. Precisamente solo la actitud crítica nos salva. Y ahora, hasta esa actitud se nos quiere arrebatar. Nuestra responsabilidad, como sociedad, reside en construir una autoestima sólida identificada con otros valores que no sean los físicos. Puede que no lo logremos nunca pero me resulta muy injusto que no se nos dé la oportunidad de intentarlo.

Por supuesto que buscar un cuerpo con el que identificarte no es algo patológico. Solo lo es si se convierte en obsesivo. Pero las consecuencias de esa construcción social del deseo no pueden ser ignoradas. A mí no me gusta el poder pero, contradictoriamente, me gusta el dinero y algunos cuerpos “normativos” pero eso no me invalida para cuestionar los desmanes que se cometen en su nombre.

Les voy a contar un hecho. Hace tiempo, cuando saqué este tema en un grupo de amigos, todos objetaron que no estaba siendo coherente con mi forma de pensar cuando en mi Instagram siempre que aparecía un hombre conmigo, en ropa interior o desnudo, ese hombre estaba musculado. Y es cierto. El porcentaje de hombres que no quieren posar en esas fotos porque se sienten acomplejados por su cuerpo es mucho más alto que el de aquellos que no tienen ningún problema con hacerlo. No importa que yo les diga que precisamente todos los cuerpos son bienvenidos, que tenemos que ampliar el relato del deseo, demostrar que también somos deseables, para poder empezar a cambiar las cosas. No funciona. Por eso aparecen más hombres de cuerpo homonormativo. La cuestión que les planteaba a esos hombres era, ¿te atreverías a hacerte las mismas fotos si tuvieses mi cuerpo? Y ¿saben cual suele ser la respuesta? No

No culpabilizo. Esta sociedad es demasiado compleja como para tener culpables definidos. Pero sí tenemos la obligación, y más desde el ámbito de lo público, de intentar atenuar el impacto nocivo que determinados mensajes puedan tener en esta sociedad. Revistas como Shangay, Men’s Health, por ejemplo, venden un tipo de masculinidad, un tipo de físico, y contribuyen a construir un relato de lo deseable, un discurso aspiracional, basado muy exclusivamente en el físico. Pero son empresas privadas que han decidido su target y elaboran productos para ese sector. Pero en el ámbito público, siempre es preferible que el discurso se fije en los vulnerables, esté atento a las minorías, a aquellos que precisan atención, para que el tsunami de la presión social no se lleve por delante nuestra convivencia y los valores primordiales de una sociedad.

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  1. Pere

    Ya que sacas a colación tu defensa del desnudo sin complejos y a que fuistes defensor del fin de la censura en las redes sociales, ¿podrías explicar por qué cerraste por una horas tu Instagram y lo limpiaste de fotos de desnudos cuando Maxim Huerta anunció que te daban un cargo en el Ministerio de Cultura? Después de aquello no me creo nada de lo que cuentas…

    • En primer lugar tendría que dejar claro si tengo que darle a usted explicaciones de las decisiones que tomo en mi vida y en calidad de qué me las reclama usted. Pero voy a ser amable con usted y le voy a decir que borré esas fotos por mi madre. Si usted es capaz de entender eso, fenomenal. Si no, allá usted. Y hágase mirar como tiene el nivel de empatía en sangre.

      • Pere

        No tienes que dar explicaciones, pero como vas de timonel de las causas LGTB, pues opino. Y lo que opino es que en cuanto oliste poder y dinero, corriste a borrar las fotos de desnudos y me imagino los tweets que pudieran escarbar del pasado y que te pudieran comprometer. Entonces tu discurso ahora no es creíble (la excusa ñoña que pones mejor ni la califico). Antes me gustabas, pero con el affaire Maxim demostraste una incoherencia que te inhabilita como opinador. Por cierto, soy anónimo porque aquí no me puedo identificar, pero yo no me oculto. Un saludo.

      • Igual que usted se toma la libertad de juzgarme sin conocerme, yo voy a hacer lo mismo: es usted un miserable, porque su opinión es puramente miserable además de indocumentada, y un cobarde porque no veo su cara, solo veo un Pere anónimo. No me venga con la chorrada esa de que “por aquí no me puedo identificar” porque eso no se lo cree nadie. Lo que pasa es que es muy fácil hablar sin conocimiento de causa desde el anonimato, haciendo alarde de su cobardía. ¿Cómo se atreve usted a juzgarme siendo tan cobarde? Mire, lo único que lamento es haberle gustado alguna vez porque tener a alguien como usted entre mis seguidores sería una vergüenza para mí. Buenas tardes.

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