El chalet

Es muy fácil ser de derechas. Ese fue el primer pensamiento que se instaló en mi cabeza cuando conocí la noticia del chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero. Pero a veinticuatro horas de conocer la opinión de los militantes de Podemos al respecto, en esta ridícula consulta que solo espero que no sea imitada por la organización criminal PP porque entonces implosionamos, me aventuro a escribir que hay dos aspectos en esa noticia que deberían hacernos reflexionar como sociedad.

El primero es ese concepto casposo y demodé de que una persona de izquierdas tiene que sufrir penurias y cobrar 500 euros brutos al mes para que su discurso tenga legitimidad. Como si el discurso no fuese suficientemente legítimo en sí mismo. Es esa idea conservadora de asumir que el dinero tiene ideología y esa ideología es, naturalmente, de derechas, algo que deja a las políticas de izquierdas absolutamente desamparadas, huérfanas de un soporte real y saturadas de ideas utópicas y poéticas que nadie se toma en serio pero que nos componen unos titulares preciosos.

Esta semana, leyendo los comentarios iracundos contra el chalet, recordé a esa izquierda regañona que cuestionó a la actriz Irene Escolar por llevar vestidos de firma y decir que el capitalismo le hacía llorar. Es la misma que hace treinta años bromeaba diciendo que Ana Belén y Víctor Manuel no eran ‘rojos’, eran ‘color salmón’, por vivir donde vivían y poder veranear en Menorca. Eso es demencial. Que eso lo piense un conservador, que siempre se han caracterizado por tener reservado el derecho de admisión a su feudo, puede ser hasta lógico. Pero que sea el argumento de una persona de izquierdas es auto condenarse a los márgenes de la historia. Aceptar que solo podemos tener conciencia social desde la precariedad, que es la mejor manera de desnutrir la conciencia social.

Pero el segundo aspecto me interesa aún más. Tiene que ver con ese argumentario trasnochado de izquierda regañona al que me refería antes y la responsabilidad del propio Pablo Iglesias, y Podemos, en la conservación de ese discurso que, curiosamente con el chalet, se ha vuelto en su contra.

Es cierto que Pablo e Irene han viajado de un extremo a otro de la fábula, que no han transitado el término medio, que hasta pecan de ostentosos, pero debemos recapacitar sobre la necesidad de un discurso de izquierdas válido, comprometido, sin necesidad de tener que demostrar cada segundo que los calcetines están rotos y solo hay un abrigo para todo el invierno. Y ese discurso no ha sido el de Pablo Iglesias. Al contrario. Y claro, ahora no puedes enfrentarte a tus votantes para explicarles la conveniencia de algo que ayer les dijiste que era malo. Cuando Pablo Iglesias criticó a personas por vivir en chalets y áticos caros estaba haciendo pedagogía, estaba contribuyendo a la conciencia social de sus votantes con un principio tan absurdo como el de insinuar que vivir bien es de ser insolidario, como mínimo.

Por supuesto que un discurso de igualdad y progreso no lo deslegitima una casa de más de 600.000 euros. Pero un discurso represor y censor sí puede deslegitimarse con este tipo de actos. Y ese ha sido su error. Ese es el gran error de la izquierda occidental de este nuevo siglo: seguir defendiendo un discurso clasista y antiburgués en una sociedad que nada tiene que ver con aquella; apostar por la polarización, la analogía simplona (dinero=malo), en lugar de dejar claro que la meta es igualar por arriba, no que todos cobremos poco y mal.

La solidaridad, la empatía, no está reñida con un buen salario y hasta con un casoplón. No es cuestión de coherencia porque la congruencia la definirá mi política, mis leyes, mis actos, no mi nómina ni mi residencia. Porque si seguimos creyendo eso, convertiremos el pensamiento de izquierdas en una ideología de transición, en algo que debemos abandonar a cambio de una estabilidad acomodada. Y ese discurso ha sido el de Podemos. En lugar de construir una nueva izquierda ha optado por revivir una vieja izquierda. Y esa vieja izquierda es la que ahora juzga a la pareja y se siente decepcionada por haber decidido hipotecarse por 30 años para vivir en un chalet de más de 600.000 euros a las afueras de Madrid.

Quiero cobrar 3000 euros al mes, quiero tener una casa con terraza o balcón amplio y si tuviera piscina, mejor. Mientras el dinero con el que la pague sea el de mi salario y no responda a comisiones ilegales ni especulaciones varias, no veo el conflicto. Y si alguien cree que eso me invalida para denunciar el acoso de los bancos, la especulación del suelo, el neoliberalismo o la política de refugiados, que se haga mirar su escala de valores. Porque los míos están claros. Los problemas, los dolores y los compromisos siguen siendo los mismos y mal lo vamos a llevar si seguimos pensando que el compromiso social lo avala mi cuenta corriente.

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