La mejor serie de mi vida

Políticos corruptos, ultracatólicos en pie de guerra contra las libertades individuales, sagas familiares de millonarios que, curiosamente, dirigen empresas que dan pérdidas, redes sociales sobre las que sustentar nuestro odio, desprecio y rabia,… No hablo de las noticias de los últimos quince días, hablo de las series de televisión.

Sabemos que el impacto que han tenido las series en la configuración del pensamiento social en la última década ha sido enorme. El politólogo Dominique Moïsi escribió sobre ello en su libro “Geopolítica de las series o el triunfo global del miedo” y partía de un dato tan notable como que las series no solo retrataban la vida sino que proponían una clase de vida a la que aspirar. Algo que nosotros, como espectadores convencidos, aceptamos. Y eso también tiene una percepción política. Para Moïsi podemos analizar la crisis de los refugiados, el triunfo de Trump o los atentados yihadistas a través de las tramas de “Juego de tronos”, “House of cards” o “Homeland”.

Esta semana, mientras comenzaba la segunda temporada de “El cuento de la criada” me dio por pensar si sobreviviría en las series de televisión que estaba viendo. Si de repente me convirtiese en un personaje, con las características que me avalan en la vida real, ¿resistiría una primera temporada? La respuesta fue desoladora.

En una sociedad como la que retrata “El cuento de la criada”, a la que llamamos distopía pero que nos aterra precisamente por lo contemporánea que la sentimos, tendría los días contados. Un personaje ayuda a June –Defred- y ella le pregunta si es valiente o estúpido. Yo, como el personaje, valiente no soy así que supongo que sería lo segundo. De esos estúpidos que en lugar de asegurarse su bienestar personal, en lugar de bloquear cualquier empatía con el sufrimiento ajeno, no pueden evitar rebelarse contra las injusticias y los abusos de poder. Esos que acaban ajusticiados para dar ejemplo.

En “Oz”, la serie de los noventa sobre una cárcel estadounidense, duraría un asalto. No llegaría a temporada completa. Medio capítulo. Medio capítulo piloto. Exactamente lo mismo que en “The walking dead” donde, cada vez que veo a los protagonistas matar zombies de una puñalada certera en el cráneo, me imagino dislocándome la muñeca en el primer intento y, acto seguido, convirtiéndome en un zombie al que, por supuesto, anularían al instante de una puñalada certera en el cráneo.

Veo “Fariña” y pienso: no sé pilotar una lancha, no tengo tanta ambición como para forrarme adentrándome en la ilegalidad, fijo que en un desembarco nocturno, descendiendo por esos acantilados gallegos, me precipitaba solito al vacío pisando la típica roca mal anclada. Vaya cuadro de personaje. Pienso en “House of cards” y me imagino como un periodista de investigación dispuesto a destapar todas las corrupciones de los Underwood pero cobrando mil euros brutos al mes, lo que me obligaría a vivir en un piso compartido con una actriz y un diseñador gráfico o, en el peor de los casos, regresar al hogar familiar donde, con seguridad, votarían a los Underwood. Si con ese panorama aún fuese capaz de sacar adelante mi investigación, tal y como está el clima en los medios de comunicación, sería despedido esa misma tarde tras recibir la llamada del político o empresario de turno.

Con “Trust” llego a la conclusión de que mis habilidades artísticas pondrían frenético al patriarca Paul Getty que, además de hacerme sentir una vergüenza para la familia, acabaría desheredándome. Con “El ministerio de tiempo” estoy casi convencido de que mi intento por viajar al París de la Belle Époque o al Verano del Amor en San Francisco se frustraría al equivocarme de puerta y acabar en la Inquisición o en plena guerra civil, en bando nacional para más putada. Tengo un problema de concentración y atención que no me ayudaría nada en esos pasillos tan lúgubres con tanta puerta igual. Hasta para sobrevivir en “The Deuce” me faltan unos centímetros y algo de potencia.

Antes de caer voluntariamente en el consumo de azúcares y grasas saturadas pensé en obligarme a buscar una serie que no me supusiera más problemas de adaptación. Medité que en el sofá de “The Big Bang Theory”, debatiendo sobre si le sientan mejor las mallas a Spiderman que a Superman, podría destacar. O en el “Flying Circus” de los Monty Python. Por lo de convertir el absurdo en obra de arte. Luego sonó el teléfono. Era un amigo invitándome a una caña. Y en ese momento comprendí que la mejor serie era en la que ya estaba viviendo, la que llevo escribiendo cincuenta años. Porque, aunque tenga temporadas espantosas, con tramas incomprensibles, algunos problemas de ritmo, espontáneos giros de guion, mucho monólogo interior y algunos personajes despreciables, en general, es la mejor serie de mi vida.

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