Ada Colau o la oportunidad de la forma

Una de las mejores canciones que se han escrito en lengua castellana está firmada por Luis Eduardo Aute. Se titula De paso y cada una de sus estrofas cae como plomo sobre nuestra voluntad. En su estribillo pensé cuando las redes sociales estallaron en una algarabía porque la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, había confesado su bisexualidad en Sálvame. “Que no, que el pensamiento no puede tomar asiento. Que el pensamiento es estar siempre de paso”, escribió Aute. Y cuando una sociedad se acomoda sobre un pensamiento polarizado está dejando de progresar, anulando la propia esencia de la reflexión, del debate sereno y del crecimiento, personal y plural. Y volví a sentir ese espíritu inmovilista cuando los comentarios que señalaban el oportunismo electoral de la declaración de la alcaldesa recibían críticas y menosprecios que en ocasiones cuestionaban la propia trayectoria ética de quien los defendía.

Escribo esto porque la única persona que se atrevió a manifestar públicamente lo que algunos pensábamos fue la escritora Rosa Montero y acabó siendo muy criticada por ello. Y como opino que el pensamiento jamás debe tomar asiento, aprovecho esta columna para apuntar que a mí también me pareció oportunista la confesión de Ada Colau. Eso no le quita importancia al dato en sí y mucho menos en una sociedad tan voluble como la actual, donde parece que estuviésemos viviendo un boom de visibilidad de la diversidad afectivo sexual (piensen en los besos de Operación Triunfo) pero es que por cada segundo de invisibilidad retrocedemos veinte años. Sin embargo, creo que no se ofende a nadie apuntando que Colau hace esta declaración en un programa de televisión de máxima audiencia, en el marco de una decisiva campaña electoral, cuando su partido Barcelona En Comú se hunde en las encuestas y cuando el más firme candidato a presidir la Generalitat es un hombre abiertamente homosexual, como es el caso del socialista Miquel Iceta.

No podemos ser tan ingenuos como para creer que la declaración de Colau es fruto de su espontaneidad –ha dado a entender que sus asesores no lo sabían-, de una buena entrevista o de su necesidad por contribuir a la visibilización de la bisexualidad como una orientación sexual en sí misma. No somos quienes para marcarle el calendario a nadie pero ¿por qué no haberlo hecho el año pasado, cuando la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales celebraba el año por la visibilidad bisexual en la diversidad y se las veía y deseaba para encontrar referentes en nuestro país? ¿Por qué no en la lista que cada año publica José Luis Romo en El Mundo cuando llega el Orgullo? ¿Por qué no un día cualquiera, sin connotación política? Yo mismo podría responder a esas preguntas con un ‘porque no’, porque lo digo cuando me da la gana. Pero yo no soy un político en campaña. Si lo fuera, no utilizaría ese momento porque sentiría que estoy aprovechándome de algo personal para generar una empatía social que se traduzca en rédito político. Y ese uso es lo que me incomoda. Esa misma declaración de Ada Colau hace tres meses hubiese sido exactamente igual de relevante y no habría levantado ninguna incómoda sospecha. Y si de algo sabe un político es de oportunidad. Y eso que soy de los que opina que declararse bisexual en un programa de televisión no va a asegurarte tantos votos como para ganar unas elecciones pero, como me dijo en una ocasión el asesor de un político, “todo suma”.

El hecho de que nos caiga bien Ada Colau, que admiremos gran parte de su lucha social y que su declaración añada un nombre más a la siempre escasa lista de referentes bisexuales en España no significa que no seamos capaces de asumir que un político en campaña electoral no da puntada sin hilo. Cualquier declaración o comparecencia pública de un candidato en campaña tiene un interés electoral. Ese interés es tan supremo que algunos candidatos han llegado a fingir sus verdaderas emociones para satisfacerlo (recuerden el fallido intento de Ana Botella de hacerse la foto amable en el barrio de Chueca). Y Ada Colau no es ajena a ese aliciente. Si una política en campaña hubiese declarado que sufrió malos tratos o un candidato reconociese haber sufrido acoso escolar, ambos estarían haciendo un uso electoralista de un hecho con el que todos empatizamos. No le quita relevancia al fondo pero sí abre el debate en torno a la oportunidad de la forma. Porque si Ada Colau puede hacerlo para arañar votos, ¿por qué nos ofende tanto cuando un personaje mediático lo hace en televisión para darle más audiencia a su programa?

 

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