Un puñetazo en la mesa

Soy de la generación Hudson. Somos aquellos que en los años ochenta oímos hablar de una enfermedad mortal pero no adquirimos conciencia de lo que significaba hasta que vimos a Rock Hudson en la televisión, junto a Doris Day. Recuerdo su aspecto, su sonrisa y su mirada, frágil y temerosa. Esa imagen me volvió del revés. Como quien mete la mano en un guante para convertir su reverso en piel. En esos años, los rostros se iban difuminando hasta desaparecer. Siempre era demasiado pronto. Algunos, además, estaban muy cerca. Pero Hudson fue quien, a miles de kilómetros de distancia, me hizo asumir lo que significaba ese virus, el de la inmunodeficiencia adquirida, y marcó mi posicionamiento ante lo que, en aquel momento, era más una duda, un temor, que una razón.

Han pasado treinta y dos años de aquella imagen y hoy todo es diferente. Los avances científicos han desterrado la enfermedad mortal, que en la actualidad se convierte en una infección crónica, tratada con una medicación que reduce los efectos secundarios y que permite una magnífica calidad de vida a aquellas personas que viven con el VIH. Pero siento que es mi responsabilidad no olvidar el rostro de Hudson. Es una manera de no desatender el compromiso con mi tiempo, con mi generación y conmigo mismo. Quizá por eso habito la advertencia cuando llega el 1 de diciembre, Día Mundial de la Lucha contra el VIH/Sida, y veo lazos rojos en las solapas, colgando de las fachadas de los ayuntamientos y protagonizando los informativos como si fuese una mera noticia estacional. Los símbolos están muy bien pero los símbolos no matan el virus.

Hace tres décadas, tal vez fuese una reacción inmediata a los prejuicios lo que movilizó a gran parte de la sociedad en la lucha contra el VIH. Pero también fue la responsabilidad de las instituciones públicas que, con campañas como aquel famoso ‘póntelo, pónselo’ o el ‘sí da, no da’, cimentaron una conciencia social. Hoy, cuando el Ministerio de Sanidad nos confirma que hay diez nuevos infectados de VIH al día en España, que las relaciones sexuales no protegidas entre hombres regresan al primer lugar en cuanto a probabilidad de infección, cuando este país está por encima de la media europea en tasas de nuevos diagnósticos por VIH, creo que empieza a ser urgente volver a dar un puñetazo en la mesa.

ONUSIDA, el programa conjunto de Naciones Unidas sobre VIH/Sida, ha popularizado unas medidas maravillosas como objetivo para 2020: 90-90-90. Que dentro de tres años, el 90 por ciento de las personas con VIH conozcan su estado serológico, que el 90 por ciento de las personas diagnosticadas estén en tratamiento y que el 90 por ciento de las personas que reciben terapia antirretrovírica sea indetectable, y lo que es lo mismo, intransmisible. Con esas cifras, en trece años, podríamos tener erradicada la epidemia. Pero, en España, se han abandonado las políticas de información y prevención, se ha recortado la financiación de las asociaciones que trabajan con la población y contra el virus y casi se ha abandonado a la población a su suerte. Y esa responsabilidad es política y, una vez más, no están haciendo su trabajo. Ni la administración central, ni la autonómica ni la local.

Desde 2011, cuando el Partido Popular llegó al gobierno, se ha reducido en un 75 por ciento las ayudas a las asociaciones que trabajan directamente con las personas con VIH. Ellos no lo hacen y además no abastecen de medios y financiación a quienes lo están haciendo. Ejemplar. Parece mentira que haya que explicarles a nuestros políticos que el virus no entiende de crisis, que se sigue replicando, y que si van a volver a soltarnos la excusa económica, siempre ha sido más rentable invertir en prevención que en tratamientos.

En España hay casi un 30 por ciento de las personas infectadas que no sabe que lo está. El índice de nuevas transmisiones es muy alto –diez al día-, al igual que los diagnósticos tardíos. Pero, ¿han visto ustedes un anuncio en la televisión recomendándole que se haga la prueba? ¿En el periódico? ¿En las marquesinas de los autobuses? Parece como si el VIH/sida solo fuese importante cuando la gente fallecía y eso es una irresponsabilidad atroz.

No niego que no exista un déficit de compromiso en una parte de la población, que puede que haya bajado la guardia ante la infección, pero es incuestionable que las políticas de información y prevención han desaparecido. Las únicas que existen son casi testimoniales y meramente simbólicas. Y eso no reduce el número de infecciones. Ahí están los datos, demostrando lo contrario. Es urgente un Pacto de Estado. No solo frente al VIH sino también contra el estigma y la discriminación. Porque cuando alguien teme hacerse la prueba es porque teme los resultados. Y eso, hoy, en España, puede llamarse estigma.

VIH-SIDA

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