Debajo de la bandera

Las sobredosis matan y voy a morir de una sobredosis de banderas. En mi barrio, los balcones llevan semanas disfrazados de Corpus Christi y su imagen me intranquiliza. Recuerdo que hace unos meses estuve en Barcelona y la estampa era exactamente igual aunque, en ese caso, dominaba la estelada.

Respecto al sentimiento independentista catalán y sus símbolos hemos escuchado, dicho y escrito lo suficiente como para frenar un AVE. Sin embargo, muy pocos cuestionan la exaltación del nacionalismo español que parece haber infectado al resto del país. Parto de la base de que no albergo sentimiento patriótico alguno. Necesito diez minutos en Manhattan para sentirme neoyorquino. Pero me preocupa la condescendencia con la que la mayoría está tratando ese enardecimiento de la bandera y de la identidad patriótica cuando son implacables frente al nacionalismo catalán.

A estas alturas del debate convendría saber diferenciar entre soberanía, independentismo y nacionalismo. La soberanía no solo es digna de elogio sino que la anhelo. El independentismo me atrae menos porque ya habla de fronteras, de territorio. Pero el nacionalismo me aterra porque convierte a la nación en el único referente identitario.

No he visto esa unanimidad con la que se ha combatido el más mínimo conato de nacionalismo catalán para frenar el español. Mientras que uno ha sido comparado con el nazismo, el otro se manifestaba por la unidad de España junto a las fuerzas democráticas. Por debajo de la bandera española, entre los cánticos de “yo soy español, español, español”, se está colando algo muy peligroso.

Hubo un tiempo en el que esa exaltación desproporcionada de la patria nos servía para detectar a los nostálgicos. Recuerdo aquellos años en los que una banderita española en la correa del reloj nos alertaba del peligro. Cuando España ganó el Mundial sentí que esa bandera volvía al pueblo, libre de prejuicios, de rencores, y me alegré. Pero quienes llevan siglos amortizado políticamente esa bandera, dotándola de una ideología, nunca estuvieron dispuestos a abandonar su bagaje. Son los que siempre sacan la bandera para oprimir, para diferenciar, para ondear España contra el divorcio, contra el aborto, contra el matrimonio igualitario, para saludar al Papa, para defender el autobús tránsfobo, para imponer el 155,… Claro que hay que romper ese patrimonio insano que una parte de este país tiene con la bandera pero siento que esa misión ya no me corresponde a mí.

Ahora, cuando la mayor parte de este país, cuando los demócratas, adoptan esa vieja actitud nostálgica y cuelgan la bandera de su balcón, y la estampan en su perfil en las redes, y convierten España en una razón suprema, es más difícil identificar al demócrata del que no lo es. Y de eso se están aprovechando las fuerzas de extrema derecha, de esa confusión, para ocupar un lugar en el tablero que la sociedad española, con ese poquito de memoria que le queda, le había negado.

Es un pensamiento supremacista y beligerante que algunos toleran en nombre de la unidad de España y contra los separatistas. Solo escribirlo ya me ha provocado un escalofrío. En los últimos días se han producido agresiones en Palma, en Zaragoza, en Madrid, en Valencia, en Cádiz, contra personas que, en muchos casos, simplemente pedían diálogo. Definir esa actitud violenta como un ‘hecho aislado’ es ser condescendiente con lo intolerable. Porque también fueron hechos aislados los vividos tras el 1-O en Catalunya, porque estuvieron protagonizados por una minoría radical del nacionalismo catalán pero se señalaron sin matiz alguno. Y sobre esa falta de responsabilidad es sobre la que sustenta nuestro fracaso.

Pensar que el nacionalismo catalán es el responsable del resurgir del nacionalismo español es justificar ambos, no combatirlos. Someter con la fuerza y la altivez del nacionalismo español a la arrogancia nacionalista catalana solo da alas a las organizaciones radicales que necesitan introducirse en el arco parlamentario español aprovechando el clima revanchista que contamina España. Para los demócratas, agitar la bandera española es solo un símbolo. Para los no demócratas, es la oportunidad de sembrar un discurso que en el resto de Europa ha funcionado con la precisión de un puntero láser.

No me siento representado por un Estado que pretende convencer de lo vano de una estrategia política, de una crisis constitucional, con la fuerza. Se convence, se gana, con argumentos, con diálogo, no con un vanidoso sentido de la patria. Necesitamos más discursos conciliadores y menos banderas. Porque resulta evidente que algo se está haciendo mal si PP, PSOE o Ciudadanos pueden manifestarse junto a fuerzas que celebran el 20-N.

 

 

 

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