iLELUYA

Y, de repente, parecía que se habían separado las aguas del océano, que una luz cegadora iluminaba el cielo nocturno, que un nuevo mesías difundía la palabra. Hilillos, como los de Rajoy valorando la catástrofe del Prestige, entrelazaban Twitter y en mis cuatrocientos grupos de whatsapp se comentaba el advenimiento. Habemus iPhone. En la carta de San Apple a los cupertinenses, anunciada el pasado miércoles, se presentó todo un catálogo de caprichos tecnológicos de última generación liderados por un smartphone bautizado con algo tan apostólico como un número romano. El iPhone X salía al mercado para celebrar los diez años de un modelo de terminal que había revolucionado las nuevas tecnologías y la comunicación en este, aún incipiente, siglo XXI.

De repente, leí como la gente sentía necesario desbloquear su teléfono con un reconocimiento facial, poder trasladar su propia gestualidad a la de los emojis y emplear una cámara y una pantalla de altísima resolución para seguir haciéndose selfies en los anodinos pasillos de su oficina. Yo, que acababa de cambiar un 5S por un 7 –siempre suelo llegar tarde a la Historia-, asumí que no era buen momento para una permuta y menos si el precio de salida superaba los mil euros. Pero lo que llamó mi atención fue como el lenguaje de las nuevas tecnologías recurre siempre a la emoción, al sentimiento, como si los códigos binarios y el lenguaje HTML fuesen un camino hacia la espiritualidad. De hecho, la voz de un Steve Jobs intangible recordándonos que las emociones son las que nos hacen ser nosotros mismos, como el ítem de una homilía, retumbó en el Apple Park como solo podría hacerlo la palabra de Dios.

Entonces comprendí que los líderes de las empresas de alta tecnología son los nuevos profetas y que Silicon Valley es el nuevo Jerusalén. Necesitan nuestras almas para comercializar con ellas pero su discurso siempre es espiritual, filantrópico, como si realmente tener un smartphone de última generación, tener una cuenta en gmail o enlazar tus fotos de Instagram a Facebook nos ayudase a ser mejores personas y, por lo tanto, nos abriese las puertas de un nuevo paraíso. Como en el primer capítulo de Silicon Valley, la serie de HBO sobre la fiebre del oro de la alta tecnología, los nuevos profetas manejan miles de millones, hablan de multiplataformas, de software, de apps, de archivos comprimidos, de velocidad de descarga, y están convencidos de estar haciendo del mundo un lugar mejor.

Apple, AOL, Google, Facebook, Microsoft, Yahoo, YouTube,… son las nuevas religiones. Se sustentan sobre la imaginación de un gran profeta y se nutren de apóstoles, ya sean programadores o desarrolladores de software, que trabajan difundiendo la palabra, reclutando fieles allá donde la realidad se torna áspera e impermeable a la ilusión.

Y como en toda religión, su potencial no está tanto en el mensaje que transmiten como en el censo de fieles con los que comercializar. Ellos lo llaman ‘personalización’. Y ahí estamos todos. Las dos noticias más leídas de un importante medio de comunicación escrito, el pasado miércoles, trataban sobre el nuevo iPhone. Ni referéndum, ni los 40.000 millones del rescate a la banca,… solo el iPhone, el teléfono que todos tenemos para hacer cuatrocientas mil cosas con él menos hablar por teléfono. Son empresas que mueven cuarenta mil millones de dólares como quién reza un Ave María. Y si cree que son las primeras religiones inofensivas, piense en lo que usted sería capaz de hacer por cuarenta mil millones de dólares.

La estrategia de estas ‘religiones tecnológicas’ me llevaría a sacar el tema de las búsquedas personalizadas de Google, de las malditas cookies que invaden mi ordenador y que tengo que aceptar obligatoriamente para poder consultar una página o ver determinados vídeos, del maldito algoritmo que sugiere qué es lo mejor para ti, pero ese es un tema que merece columna propia.

El evangelista McLuhan ya lo explicó en sus sagradas escrituras: “Damos forma a nuestras herramientas para que luego ellas nos den forma a nosotros”. Como en un Aleluya, o iLeluya, alabamos a los elegidos sometiéndonos a sus invenciones hasta llegar a creer que la vida es inconcebible sin ellas. En unos meses, nuestras redes sociales se poblarán de aquellos creyentes que sientan el impulso de mostrarles a los demás que ya tienen el nuevo iPhone, cuando es posible que no hayan amortizado el anterior. Pero qué más da eso. La fe es indescifrable, inexplicable e incomprensible. Como dijo el evangelista Zuckerberg, “saber que una ardilla se muere delante de tu casa en este momento puede ser más relevante para tus intereses que el hecho de que la gente se muera en África”. Es palabra de Dios. Te alabamos CEO.

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