No es morbo, es información

Robert Capa retrató la muerte de un miliciano en la Guerra Civil española y la publicó en la revista Life. Esa foto, hoy, es Historia. Exactamente igual que las escalofriantes imágenes de la niña de Napalm o la ejecución de un soldado del Viet Cong. La fotografía de Pere Tordera en la que un guardia civil ensangrentado llevaba en sus brazos a una niña herida tras el atentado de ETA en la casa cuartel de Vic es algo más que una portada. Es Historia. Como lo es la foto de un hombre lanzándose al vacío desde una de las Torres Gemelas el 11S, la del hambruna en África, el linchamiento de Gadafi o la del cadáver del niño Aylan Kurdi en una playa de Turquía. Sí, el fotoperiodismo hace historia al perpetuar el instante, aunque ese instante esté rodeado de horror, y así ayudar a que el mensaje siga vigente, a que nadie sucumba a la tentación de alterar el relato. Sin embargo hoy, una buena parte de esta sociedad habría censurado esas imágenes precisamente en nombre de la conciencia social.

Hace quince días, me sorprendió que la primera reacción de una sociedad, en esencia violenta, fuese juzgar a los medios de comunicación que retrataban el horror. Cuando aún estábamos confusos por el atentado de Barcelona, había quienes animaban desde las redes sociales a colgar fotos de gatitos en lugar de contar la verdad. No se me ocurrió mayor ofensa a la historia, a las víctimas y a sus familiares, que colgar fotos de gatitos mientras estábamos hablando de dolor y muerte. Asistí a personas que insultaban violentamente a periodistas porque su medio había publicado una foto que hería su sensibilidad. Este es el siglo XXI.

Es cierto que ni Twitter ni Facebook son modelo de conducta, por suerte, pero llamó mi atención que se llamase ‘sensacionalistas’ a los medios que estaban informando sobre la tragedia. Quizá se trate de un problema de valoración. Tengo claro que un medio de comunicación debe mostrar el horror cuando el horror se manifiesta. Es su obligación. Otra cosa es hacer espectáculo del horror. Pensaba que tras aquel programa de televisión posterior al hallazgo de los cadáveres de las niñas de Alcàsser todos, medios y espectadores, teníamos clara la diferencia. Pues no.

No me gusta el horror, evito enfrentarme a él, ni siquiera puedo sostenerle la mirada. Pero siento que una sociedad que pretende sobreprotegerse de las consecuencias del mal, utilizando la loable excusa de la sensibilidad para censurar imágenes (no confundir con la lógica e inmediata advertencia de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado), solo está contribuyendo a crear una ficción contraproducente.

La vida real no es La lista de Schindler, donde Spielberg puede hacer poesía sobre el horror mostrando el abrigo rojo de una niña. Los medios de comunicación no pueden hacer poesía del horror porque estarían mintiendo. Cuando se les niega a los medios de comunicación su capacidad para narrar la realidad, se abandona el relato en manos de seres anónimos, sin filtro, que mandan el video a sus doscientos contactos de whatsapp antes de colgarlo en Twitter. Entonces es cuando estamos convirtiendo el horror en ficción, cuando nos insensibilizamos ante el dolor ajeno.

Una imagen de la realidad, por cruel que sea, nunca es censurable. El uso que hagamos de esa imagen, de esa realidad, es lo que podría llegar a serlo. Y mostrarla es la responsabilidad de un periodista y de un medio de comunicación. Conozco pocos periodistas que ante un atentado como el de Barcelona, ante un bombardeo en zona de conflicto, saquen la cámara pensando en vender más periódicos. Sin embargo, sí sé de individuos anónimos que llaman a los medios de comunicación para vender las imágenes del horror que ellos mismos grabaron. ¿Quién es responsable aquí? ¿El que vende o el que compra? Quizá ambos pero con esa pregunta ya tenemos para pensar un rato.

Por supuesto que los medios de comunicación cometen errores. Pero nosotros también tenemos, como lectores y espectadores, una responsabilidad en la elección del medio que nos informa y del uso que hace de esa información. Yo no quiero que un medio de comunicación me mienta, ni me sobreproteja, ni me trate como a un niño. Quiero que me cuente la verdad, que ya seré yo quien marque mis propios límites. A veces, apartando la vista de la pantalla cuando el terror, sus consecuencias y su significado, me ofende. Todavía no he visto un solo video de la furgoneta entrando en la Rambla. Ni voy a verlo. Nadie me obliga a sostener la mirada ante el horror. Pero me niego a que me sustituyan el horror por gatitos.

Vietnam Napalm 1972

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  1. Paz

    Magnífico post sobre el cinismo de nuestra sociedad ..y muy muy acertado.Aunque difícil saber dónde está la línea divisoria entre mostrar exponiendo una verdad o abundar en el sensacionalismo y el morbo.
    ¡Difícil muy difícil !

  2. Juan

    Quizas es porque la mirada de aquellos que critican solo esta en lo superficial, en “esto me afecta” y no en, por ejemplo en la foto que ha puesto para la entrada “¿qué pasa para que esa foto haya podido sacarse?, ¿qué hacen unos críos, algunos desnudos en medio de la carretera rodeados de militares?” Cuando pensamos en lo que significa la foto, todo lo que hay detrás de ella, no paramos tanto en la sensacion de disgusto de la imagen en sí y, al menos en mi caso, se hace soportable verla. Es una parte del mundo, una parte inmunda, injusta, violenta, deleznable, pero que escondiendola lo unico que conseguimos es caer en la injusticia de ignorar a aquellos que sufren solo por resultarnos “feo” su sufrimiento.

    PD: espero que le vaya bien todo, Sr. Paco Tomás, aunque las palabras (y menos de anonimos como yo) no den de comer ni paguen las facturas.

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