Elogio al bloqueo

Hubo un tiempo en el que creí que lo más interesante de esta era digital, de esta aldea global en la que habitamos gracias a las redes sociales y su influencia, era abrir la ventana a las opiniones ajenas, al conocimiento de otros puntos de vista, al debate siempre enriquecedor que surge cuando nuestro parecer se incorpora al de los demás. Por eso aceptaba que mis columnas recibiesen comentarios de extraños que, a mi entender y en determinadas ocasiones, no solo eran escasos de reflexión y carentes de criterio intelectual sino que, en muchos casos, resultaban ofensivos. Por eso intentaba explicar en Twitter lo que había querido decir en mi artículo ante el enojo irracional de individuos a los que solo les interesa el enfrentamiento si al final pueden asegurarse la foto de cazador sonriente con la presa abatida a sus pies. Lo hacía porque consideraba que bloquear esas opiniones podía poner en entredicho mi compromiso con la libertad de expresión; que si yo defiendo mi punto de vista debo ser profundamente respetuoso y tolerante con el de los demás. Hoy, tras largas discusiones infructuosas en Twitter, Facebook y otros lugares de desordenada opinión, les cuento a ustedes que el bloqueo es la experiencia digital más saludable que puedo recomendar.

Rechazo esa sentencia hipócrita que nos hace creer que todas las opiniones son igual de respetables. No. Pueden despertar interés, como quien lee una entrevista a Ramzan Kadyrov, el presidente de Chechenia, en la que declara que no hay homosexuales en su país para negar así la existencia de campos de exterminio, pero bajo ningún concepto son respetables. Cualquier opinión que cuestione los derechos humanos, que alimente un discurso de odio, es detestable. Para lo único que sirve es para marcar el nivel del discurso y comprender que nunca hay que caer tan bajo. Ni siquiera admite debate.

Rechazo que las opiniones formadas, con criterio y equidistancia, tengan que competir, en igualdad de condiciones, con los comentarios demagogos de barra de bar. El día que los medios de comunicación que abren un espacio a la opinión de sus lectores debajo de cada noticia les exijan una fotografía y la verificación de su nombre y apellidos, el día que el anonimato no sea una coartada para el exabrupto y la mezquindad, ese día opinaremos en consecuencia. Porque mi opinión me identifica, aparece junto a mi cara y mi nombre. No me parece descabellado exigir que quien piensa rebatirla con argumentos –o con insultos y ofensas, que también los hay- muestre su cara y su nombre para que todos, como hacen conmigo, les podamos identificar. Y en el caso de que su opinión derive a un discurso de odio, denunciar.

Leo que es de flojos e inmaduros bloquear en las redes sociales. Yo creo que es higiénico. Considero esos espacios como prolongaciones del ámbito personal, como una dirección de mail o un contacto de whatsapp. Del mismo modo que no nos gustaría tener a nadie en el salón de casa menospreciando a aquellos que queremos, aquello que pensamos, insultando nuestra inteligencia, no tenemos ninguna obligación a soportar esos desprecios en una red social y menos en nombre de la libertad de expresión. Quienes disfruten y se sientan identificados con esa opinión seguirán chapoteando en ella. Lo que deseo es que no me salpique.

No alimento el ego del hater, ni del polemista oficial, ni siquiera de aquel que siente la imperiosa necesidad de dejar claro que el libro que te acabas de comprar es una mierda o que la película que tanto te gusta, apesta. Alguna vez entré en muros ajenos a opinar y me arrepiento. Que cada uno utilice su espacio como más le convenga. Yo decidiré si me conviene tener a esa persona y a sus opiniones cerca o no. Ellos argumentarán que están en su derecho y pienso que bien a la baja lo valoran. Su derecho es tener una sanidad universal y eficaz, una educación de calidad y sin dogmas de fe, votar cada cuatro años,… ese es su derecho, no entrar en una red social o foro de opinión a soltar mierda, por muy libre que se sienta al hacerlo.

Las opiniones nos identifican. Son las únicas etiquetas que nos colgamos nosotros mismos. Cuando esas opiniones nos agreden, nos humillan, mienten a conciencia, apestan a prejuicio, disfrutan con la lapidación, podemos bloquear. Bloquear a quienes nos molestan. En nombre de mi libertad y del sacrosanto sentido común.

bloque

Anuncios

  1. Virginia Galiano

    Aplaudo completamente este texto.
    Detesto a las personas cobardes q se aprovechan de las redes sociales para decir “las verdades”. Por qué? Yo no necesito tu verdad si esta destruye y no está argumentado en cimientos de reflexión.
    Ninguno de estos individuos es suficientemente valiente para decirlo cara a cara. No valen, no saben…
    Gracias

  2. Me has solucionado un problema que tenía y que me cuestionaba muchas veces. Porque tengo que aguantar en mis redes sociales a gente que lo único que hace es vomitar sin sentido comentarios fuera de lugar. Gracias Sr Paco Tomas por hacerlo tan fácil para los lectores!!, escribir y transmitir de forma sencilla y clara es un arte del que usted tiene mucho. Gracias estos estupendos articulos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: