Los 50

Aquellos, que una vez se me antojaron lejanos e inalcanzables, están aquí. No estaban tan distantes. El horizonte es una ilusión óptica. Se sitúa tan lejos como uno desee localizarlo. Y yo siempre lo quise a muchos kilómetros de distancia. No sé en qué momento la vida metió el turbo. No sé con qué me entretuvo para que no me diese cuenta de la velocidad de crucero. No sé por qué demonios le doy tantas vueltas a la cabeza cuando cumplo años. Como si existiese otra alternativa.

He tenido edades que me estimulaban, que me sacrificaban, que abrían universos de posibilidades o que me invitaban a una reflexión. Y de todas, los cincuenta me tienen acojonado perdido. Tampoco es una novedad. La crisis de la mitad de la vida se estudia desde mediados del siglo pasado aunque apenas hayamos evolucionado en su diagnóstico.

Los años pesan. Vaya si pesan. Pesan como los reproches, como la culpa desamparada, como los deseos incumplidos, las promesas rotas y los sueños desvanecidos. Pesan como una indiferencia aleatoria, como los putos finales, como un murmullo al fondo de la biblioteca o la condescendencia de cinco mil amigos en una red social. Por eso detesto esas columnas que pretenden venderme que los 50 son los nuevos treinta. Me gustaría meterles cincuenta velas por la nariz a cada redactor que firma un artículo con ese argumento. Encendidas. Que sí la edad es un estado de ánimo, una percepción, un punto de vista. Unos cojones. La edad es la edad. E indiscutiblemente, los cincuenta son una edad rotunda. Siento que ahora empieza la bajada. Que llegué a un puerto de montaña y ahora inicio el descenso hasta la meta final. Cierto que queda mucho camino por delante, nuevas ilusiones, tal vez nuevos compañeros, puede que hasta tenga delante los mejores años de mi vida pero, en cualquier caso, serán el paisaje del descenso. Acabo de recordar a una amiga mía que no entiende cómo puedo sonreír tanto con esta manera de pensar tan deprimente. Quizá sea solo un disfraz. Como escribió François de La Rochefoucauld, allá por el siglo XVII, “estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”.

Y ya no es tanto lo que tú sientes, que es, sino la percepción que los demás adquieren de ti. Los modelos sociales que marcan que a los 50 tienes que haber llegado a alguna meta en tu vida. Las metas siempre son las mismas: formar una familia, la pareja, el éxito profesional, la estabilidad. Y te buscas en ese catálogo de objetivos y no te encuentras. Quizá a mis 50 aún no haya llegado a mi meta. Vaya suerte la mía.

Debo ser una variable que no encuentra su ecuación. Eso me digo cuando miento sobre mi edad en las aplicaciones de contactos para poder mantener viva una ilusión que cada vez me ilusiona menos. Me lo repito cuando llego a los 50 cobrando menos de lo que cobraba a los 30. Me lo repito cuando asisto a una desproporcionada glorificación de la juventud en detrimento de la madurez. Cuando la edad se convierte en un inhibidor del deseo. Cuando te das cuenta que, en este sistema, estás empezando a perder valor de mercado.

Las expectativas tienen la culpa de todo. Haber estado tantos años imaginando cómo me gustaría ser y estar a los 50 y ahora que ellos están aquí, soy yo el que no ha sabido, o no ha podido, o tal vez no ha querido, cumplir la promesa. Solo espero que la bajada no me vuelva huraño. Que entre Lester Burnham, el personaje de American Beauty, y Brigitte Macron, el destino me permita ser Brigitte. Y si este carácter de mierda me empuja a morir cada día, poder resucitar de entre los muertos para entonces, como canta Eva Amaral, no tener freno. Y ahora, si me lo permiten, voy a buscar mi Macron.

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