BCM

No recuerdo con exactitud la primera vez que entré en la discoteca BCM de Magaluf. La memoria es caprichosa y si por ella fuese ubicaría la visita en los ochenta aunque la realidad se decantase por la década posterior. De cualquier manera, hace casi treinta años. Lo que no olvido fue aquella primera conversación con las personas que ejercieron de anfitriones.

-¿Sabes qué significa BCM? –me preguntaron entre el estruendo de la música importada. Negué con un movimiento de cabeza.

-Banco de Coca Mallorquín.

Y se echaron a reír. Con el tiempo llegué a saber que existía hasta un versión de la chanza que ampliaba la influencia del peculiar banco a todo el Mediterráneo. Eso fue lo primero que supe de BCM. Incluso antes de saber quién era Bartolomé Cursach Mas, su propietario y la persona que utilizó sus iniciales, como un millonario hortera de Miami, para crear la marca de su propio imperio de la noche.

Hoy, cuando BCM se desdibuja en el paisaje de granito de Magaluf, abandonada en el tiempo y la vergüenza, cuando su propietario y parte de su corte duermen en la cárcel acusados de un delito de corrupción, dentro de la trama que implica a varios agentes de policía municipales, me pregunto cómo es posible que una sociedad sea capaz de convivir con la delincuencia, conocer su existencia hasta el extremo de trasladar al imaginario popular chistes como los de BCM durante casi cuatro décadas y aquí no pasase nada.

Lo de Cursach, o la “organización criminal” insertada dentro de la Policía Local de Palma, vendría a sumarse a todo un catálogo de miserias que no solo están hablando de morales particulares, de las conductas reprobables de los demás, sino también de nosotros mismos. Cuando llegué a Palma para realizar mis primeras prácticas como periodista ya escuché historias, entre compañeros y habitantes de la ciudad, sobre alcaldes y burdeles o sobre José María Rodríguez, ex presidente del PP en Ciutat, y lo que le gustaba hacer en sus noches de fiesta antes de cumplir con su moral católica en la procesión del Corpus. Yo acababa de aterrizar en la isla y ya me había enterado. ¿Cómo se puede convivir con semejante grado de mezquindad y que no pase nada? Exactamente igual sucedió con Rodrigo de Santos, con Jaume Matas, y con tantos y tantos políticos y empresarios mallorquines o que hicieron de la isla su centro de operaciones. Personas sobre las que todo el mundo ‘sabía’ pero a las que nadie cuestionaba. De hecho, hasta se les volvía a votar. La complicidad del votante. Quizá algún día sea punible. Y pobre del que se atreviese a denunciar ese clima corrupto. Mola atacar al corrupto cuando tu voz se funde con el grito de la masa. Lo valiente de verdad es alzar la voz cuando nadie se atreve a hacerlo.

Y esto no tiene que ver con sexo, drogas y moral. No seré yo quien juzgue la vida privada de las personas. Tiene que ver con el uso del sexo, de las drogas y de la falsa moral en el ámbito político, en los negocios, en las estrategias, en los sobornos y en las venganzas. Como bien definió el guionista de The Wire, David Simon, Mallorca es como Baltimore pero con bonitos paisajes y playas. Todo lo que estamos conociendo de individuos como Cursach, Rodríguez y Álvaro Gijón no puede sorprendernos. Son hechos y ninguno inverosímil. Por eso escribía antes sobre lo que todos estos casos de corrupción evidencian sobre nosotros mismos. Y pienso en ese carácter mallorquín que tantas veces he detectado a mi alrededor. Esa serenidad con la que afrontamos que mientras a mí me vaya bien, lo que hagan los demás es asunto suyo. Hemos convertido la indiferencia en una seña de identidad, en un diploma de buen comportamiento. Como cuando le explicamos al visitante que los famosos están muy cómodos en Mallorca porque los mallorquines respetamos su intimidad, no les molestamos, les dejamos tranquilos. Y nos hemos creído ese artificio que en el fondo no es otra cosa que apatía, desinterés, falsa neutralidad; una indolencia bajo la que subyace un carácter perfecto para edificar sobre él todo un imperio corrupto y de talante mafioso.

En cualquier rincón del mundo, y en España con especial entrega, los escándalos se destapan por venganza. Puteros, sobornos, palizas, amenazas,…todo va bien mientras no me salpique a mí; mientras mi parte llegue puntualmente. Pero en Mallorca hemos convertido eso en una religión. Actuamos ante la corrupción con el gesto de los habitantes de un suburbio de Colombia o del Nápoles de la Camorra: fingiendo que no hemos visto nada, que no sabemos nada. Y continuando nuestras vidas con un aplomo indecente. Nos conformamos con que sea el tiempo el que coloque a cada uno en su lugar. Rezar a la Virgen y confiar en que otros nos saquen las castañas del fuego. ¿Ese es nuestro compromiso con nuestra historia, con nuestro tiempo, con nuestra ciudad y nuestra isla? ¿Seguir apostando por mirar hacia otro lado mientras está sucediendo el delito? Nunca una filosofía de vida fue tan tóxica.

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