Los hombres trofeo

Un Oscar, la estatuilla dorada más anhelada de la industria cinematográfica, tiene un coste de fábrica de unos 400 dólares, un poco más de 350 euros. El iPhone7 cuesta el doble. Y les aseguro que lo tienen actores, actrices y directores muy malos. Una medalla olímpica de oro, por ejemplo, apenas contiene el noble metal. De hecho, está fabricada con un 92,5% de plata, el metal que simboliza el segundo premio, y tiene un valor real de unos 600 dólares. Son distinciones prestigiosas, selectivas, que señalan a unos pocos entre la multitud para formar parte de un olimpo privilegiado. Pero no dejan de ser objetos de cobre con mejores o peores baños de oro.

Exceptuando los afamados, la inmensa mayoría de los trofeos o galardones que se entregan en actos, festivales, ceremonias, aquí o fuera de aquí, pueden adquirirse, por apenas unos euros, en un polígono industrial de las afueras de cualquier ciudad. Un trozo de metacrilato, un metal, una escultura, en contadas ocasiones bella, con una placa acreditativa que te elige a ti, entre todos los demás, como digno merecedor de la distinción, de la categoría, del complemento que, durante un instante, te hace singular entre la pluralidad. Como si Cenicienta hubiese perdido el zapato antes de llegar al baile y, aún así, decidiese quedarse a la fiesta.

El valor del Nobel, de la medalla olímpica, incluso un premio de cualquier asociación vecinal, nunca puede tener un valor real porque, como el Halcón Maltés, está hecho con el material con el que se fabrican los sueños. Su coste es simbólico y somos las personas quienes dotamos de valor al trofeo y no al revés, aunque parezca que es el trofeo el que nos distingue a nosotros. El coste de una medalla de premio Nobel puede ascender a 5.000 dólares. Cuando en una subasta llega a la cifra de 660.000 es porque su dueño era el político belga Auguste Beernaert, premio Nobel de la Paz en 1909. Prácticamente lo mismo se recaudó, también mediante subasta, por el Oscar que ganó Orson Welles por Ciudadano Kane. Los poseedores del galardón son quienes proporcionan el auténtico valor al objeto, en ocasiones incluso por encima del mérito. Deseamos el objeto sin darnos cuenta que somos nosotros quienes, con nuestra propia valía y talento, dotamos de valor al objeto.

Puede que no me crean pero llevo tres párrafos hablando de hombres. Confío en que ustedes, lectores heterosexuales, puedan reinterpretar el texto como yo hice con sus historias de amor durante toda mi vida. Llevo un tiempo observando a los hombres trofeo y a las personas que los desean. Los primeros, poblando las redes sociales y las aplicaciones de contactos, han optado más, a primera vista, por el baño de oro que por potenciar el material del que realmente están hechos. Sin intención de generalizar, pero asumiendo el riesgo de poder caer en ello, parece como si algunos hombres se hubiesen dado valor a sí mismos imitando la forma, el acabado, el satinado, de los galardones prestigiosos. Hombres convertidos en trofeos cuyo valor reside en el deseo que los demás encuentran en poseerlos. Aparentemente no les molesta la cosificación –juegan libremente con ella en las redes- y creen que son ellos, con sus likes, con sus comentarios, con sus muestras de interés o con su desprecio absoluto, quienes ponen en valor a los demás. De ahí que muchos de esos hombres trofeo acaben flirteando con otros hombres trofeo, porque no se plantean el material con el que están fabricados. Solo prestan atención al baño de oro. Solo quienes tienen un baño de los mismos quilates pueden entrar en el olimpo que ellos mismos han creado. No son hombres florero. Ellos son trofeos. Un florero está al alcance de cualquiera. Un trofeo, no. No hace falta ser heterosexual para ser machista. Curioso panorama pero sin mayor trascendencia.

Una sensación distinta me provocan aquellos hombres que buscan el trofeo. Ellos, poblando las redes sociales y las aplicaciones de contactos, reaccionan como águilas sobrevolando un bosque, buscando el destello que merecen, sin comprender que es su calidad, humana y profesional, la que dará valor al premio, si es que podemos seguir manteniendo este símil sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Observo, con cierta inquietud, a personas ambiciosas que trasladan su pretensión al terreno de sus relaciones afectivo sexuales. Si tienen que coquetear, que dar un like, que encontrar una pareja, tiene que ser una persona trofeo, un hombre por el que me admiren, me envidien. Pero lo curioso es que solo les interesa el baño de oro, no el valor simbólico del trofeo. Necesitan que el destello ciegue a primera vista. No importa si el candidato ha descubierto la vacuna contra el VIH; si no tiene un buen baño de oro encima será, con toda seguridad, ignorado. Pasaría a ser un premio de metacrilato en esta ceremonia. Son ese tipo de personas que cuando un individuo como yo está con un hombre que ellos consideran ‘trofeo’, se dan de cabezazos contra la pared porque no pueden comprenderlo. Ese tipo de personas, que en algunos casos acaban modificándose para parecer ellos mismos trofeos y así pensar que tendrán más opciones de ganar uno, me provocan una pereza infinita. Tanta que estoy por cerrar esta columna abruptamente, como el final de La matanza de Texas, para que algunos crean que me quedé sin argumentos y no podía seguir escribiendo. Para que algunos crean que…

 

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