El turista no tiene la culpa

Llegué a Barcelona un viernes por la tarde. En la misma estación de Sants decidí que aquella temperatura tan agradable lo único que pretendía era invitarme a pasear, durante media hora, hasta la casa de mis amigos Roberto y Joan, que siempre acogen mis visitas a la ciudad. Fue un fin de semana motivado por la muy recomendable exposición ‘David Bowie Is’ que puede visitarse en el Museu del Disseny de Barcelona. Esa razón, y el buen tiempo, resumió mi equipaje en una de esas maletas trolley creadas con las dimensiones perfectas para poder viajar en la cabina del avión.

Mientras caminaba noté que el sonido que las ruedecitas de ese equipaje provocaba al entrar en contacto con el pavimento era inversamente proporcional al tamaño de la maleta. Confieso que me sentí avergonzado pero pensé que se trataba de una apreciación personal y que el ímpetu de la ciudad acabaría aplacando cualquier otro sonido. Además, ¿qué iba a hacer? ¿Trasladar a pulso la maleta? ¿Qué sentido tiene comprar equipaje con ruedas si vas a cargar con él? Como quien se acostumbra a un acúfeno, acabé ignorando aquel fastidioso sonido. Hasta que el gruñido de un ciudadano me devolvió a la realidad.

A medida que había ido adentrándome en el casco antiguo de la ciudad, el compás de las ruedas se había multiplicado hasta el extremo de aparentar ser una contaminación sonora. No era que mi maleta hubiese aumentado su sonido; era que me había mimetizado con un grupo de turistas que, seguido de otro grupo de turistas, arrastrando todos sus trolleys, llegábamos a la ciudad. El vecino que refunfuñó se había visto acorralado por algo más de una docena de personas con la vista perdida en las fachadas, desubicadas, inconscientemente invasivas, y sus equipajes con ruedas. Y se molestó en una queja muda, sin eco, como si él mismo luchase contra la sensación que le habíamos provocado. Y le entendí porque yo he gruñido en Palma, en las calles de Madrid, cuando los clanes de turistas invaden la calzada e interrumpen mi paso, mi vida cotidiana. Me asaltó el desconcierto.

Una pintada en un muro del barrio de Gràcia nos llamaba bastardos. Recordé una que el verano pasado encontré en el casco viejo de Palma que manifestaba ‘Tourist Go Home’. Y lo primero que hice fue pensar que debía evidenciar que yo era distinto, que no era como ellos, que no merecía ese insulto. Me detuve y marqué una distancia traidora respecto a los otros turistas. Y comprendí que ellos, que nosotros, no tenemos la culpa.

Es difícil entender lo que está sucediendo en Barcelona o Palma si no se padece. Pero seguro que hemos estado en Venecia o en Amsterdam y hemos actuado igual sin ser conscientes de ello. Y sería injusto que los habitantes de Venecia nos culpasen a nosotros de sus molestias y no a quienes han convertido el turismo en un asedio. Aquellos que en su ambición, convertida en estrategia de negocio, anteponen sus intereses particulares y empresariales a la convivencia. Esos a quienes les da igual el encarecimiento del alquiler, expulsar a los vecinos, los problemas de convivencia, la gentrificación de los barrios, que se destruya el tejido local, el gasto en limpieza, transporte público, porque, para ellos, nuestras molestias son sus contrapartidas. La oferta de alojamiento turístico ilegal es un problema pero no el único. El empresario hotelero lo señala porque en el fondo le roba parte del pastel. Por eso cada vez más hoteleros compran pisos y edificios para reconvertirlos en alojamientos turísticos. Amplían, innecesariamente, la oferta cuando lo lógico sería mantener la que existe, no crecer más, subir los precios, aumentar los impuestos turísticos y reinvertirlo en las necesidades de la población residente, no de la flotante.

El boom turístico en España es la consecuencia del fracaso de la revolución industrial. Y desde entonces hemos creído que lo único que sabemos hacer, nuestro único motor de recuperación económica, es construir hoteles, apartamentos, villas, y llenarlos de turistas, en una alianza del sector público y privado que puede resumirse en dos conceptos: socializar el gasto y privatizar los beneficios. El economista Miquel Puig señalaba, en un reportaje de TV3, que Balears, hace treinta años, tenía la renta per cápita –indicador de la calidad de vida- más alta de España. Hoy, no supera el de la provincia de Lleida. Eso demuestra que el turismo no nos convierte en una comunidad más rica. El empresario se hace rico pero sus trabajadores siguen cobrando mil euros, lo que alimenta un modelo económico de turismo y de ciudad que es un suicidio. Eso también ocurre en Barcelona, donde la redistribución de la riqueza y los puestos de trabajo que genera el turismo no son sinónimo de calidad de vida. Como explicaba Puig, solo se crea riqueza si la mano de obra que vive del turismo cobra mucho. ¿Saben cuánto gana un camarero en Suiza? 3.200 euros al mes. Eso crea riqueza, no ya porque ese ciudadano a su vez consuma y gaste sino porque fomenta la profesionalidad, la calidad del servicio y la presencia de un turista dispuesto a pagar altos precios.

Pensaba en todo eso mientras arrastraba mi trolley lentamente sobre el adoquinado de la ciudad, creyendo que caminar lento amortiguaba el ruido. Una chica con acento latino me invitó a comer paella en el restaurante en el que trabajaba. Rechacé la oferta y, conscientemente, agarré mi maleta y la llevé a pulso hasta el portal de mis amigos.

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  1. Antonio

    Creo que no sabes la diferencia entre un turista y un visitante. No ibas a un hotel, ibas a casa de amigos. Yo una época fui turista cuando era joven. Hoy sólo viajo para visitar amigos porque son responsable de mis actos y asumo mi parte porque no sólo son las agencias y hoteles, es el consumidor quien es parte de la trama. Si no hay demanda, no hay oferta.

  2. Encabronat

    La culpa es de los mossos, que a un autoctono le multa por parpadear 2 veces y a los guiris les permiten todo.

    Lo de los alquileres ya tal…

  3. Pues sí, lleva la maleta a pulso o ves en taxi. Yo hago eso para no molestar a mis vecinos.

  4. pedrojuangirones

    En realidad no se puede poner toda la culpa en quienes aumentan la oferta, igual que en las multinacionales que emplean trabajo esclavo del que somos conscientes. Como ciudadanos del planeta tierra debemos entender que el turismo de masas en sí es nocivo, que la sola afluencia de personas hacia una zona concreta del planeta tiene un impacto ambiental y social sistemáticamente nocivo a largo plazao. El consumo responsable también se aplica al turismo.

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