Miedo

Así de claro. Sin concesiones, sin matices, instintivo como el propio aliento de la supervivencia. Es miedo en un estrato superior, puro, inasumible pero que incorporamos a nuestra existencia como un complemento más. Llevo las llaves, las gafas, los pañuelos de papel y el miedo. Y con él salimos a la calle, bromeamos en una terraza, hacemos cola en una gran superficie comercial y disfrutamos de un concierto. No es que hayamos dejado de confiar en las medidas de seguridad; es que hemos aceptado que tenemos que seguir viviendo con este miedo.

No voy a teorizar sobre esa emoción. Y menos después de que ya lo hiciera José Antonio Marina en esa obra máxima del ensayismo titulada “Anatomía del miedo”. Pero cada vez que un acto terrorista, delictivo o acosador, nos hiere, arrebata vidas, surge el discurso poderoso de la valentía, de la superioridad de la razón frente al instinto primitivo del temor. No me caen bien los valientes. Entiendo el miedo porque solo la ausencia de humanidad te preserva de él pero también he aprendido a temer a los valientes. Al menos a los que se autodefinen como tal. A los fabricantes de valentías fraudulentas. A esos que te observan con condescendencia al evidenciar tus sentimientos, esos que confunden valor y bravura, esos para quienes alguien valiente es un héroe de acción y no el personaje de Pilar, que interpreta Laia Marull en “Te doy mis ojos”.

No es práctico que ningún sentimiento, por auténtico que sea, adquiera un poder excesivo en nuestra vida. El exceso de optimismo me resulta tan incómodo como la aguda desesperanza. Pero negar que el miedo es una consecuencia, no una opción, resulta ofensivo. Como intentar bloquear el llanto de quien siente dolor. Esa frase que siempre alguien pronuncia tras la muerte de un ser querido –“ahora tienes que ser fuerte”- y que me resulta hasta inmoral. No es lo mismo tener miedo que ser un cobarde. El miedo es una emoción y la cobardía un comportamiento. Y como muy bien explicaba Marina, solo podremos identificarlos si creemos que entre emoción y acción no hay intermediarios, si negamos la libertad. “La libertad es un escándalo para la ciencia”, apunta Marina. Qué gran frase.

El ser humano es paradójico. Yo lo soy. Esta columna lo es. Necesito que mis sentimientos me orienten pero no quiero vivir a merced de ellos. No quiero paralizarme ante la tristeza ni perder el control ante una sobreactuación del entusiasmo. No quiero encerrarme en casa por miedo pero no puedo evitar sentirlo. Ya buscaré la manera. Tiraré de psicólogos, de inteligencia emocional o de ética, pero no me vengan a dar lecciones sobre valentía por tener miedo cuando observo que un ser humano puede entrar con cargas explosivas en un  concierto y detonarse, cuando puede alquilar un camión y atropellar a cientos de personas.

La valentía se erige, voluntariamente, como un estatus superior ante el conflicto. No se siente responsable de lo sucedido y sí se adjudica la obligación de enfrentarse a ello con arrojo. Habitamos un planeta en el que los valientes no reconocen estar sometidos a un miedo mayor: el que les obliga a atacar por temor al castigo, al deshonor o al fuego eterno. Aquí solo hay miedo. El miedo que alimenta el valor y que le dota de argumentos que, en ocasiones, solo alimentan más miedo. ¿Trump es valiente? ¿El Brexit es una decisión valiente? No. Trump y el Brexit son una manifestación del miedo. La peor que existe, la que legitima el odio y la venganza como manera de enfrentarse al miedo. Tan salvaje como intentar calmar un dolor de muelas amputándote una pierna.

Esto no va a parar. Ojalá la ciencia se desarrollase con la eficacia con la que somos capaces de generar terror. Nuestro miedo no es más honesto que el de los demás. Solo es nuestro, que ya es suficiente. Me conformaría con lograr que este miedo no me haga peor persona. Eso ya me vale. Pero no puedo  pretender dejar de sentirlo. Ya ni busco culpables porque no voy a encontrar responsables de algo tan atávico en los errores de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en las razones históricas y políticas, ni siquiera en el causante directo del horror, en aquel que se inmola o arremete contra la multitud. Hasta en esas acciones hay miedo de fondo. Solo sé que generar terror es la más eficaz de las herramientas de poder y que hay dos valentías: la  natural y la ética. Y, normalmente, no van de la mano.

Cada atentado nos hace pensar en la posibilidad de otro, en todos los escenarios perfectos. Vemos la muerte en los informativos, en las redes sociales, como acciones en las pantallas de un videojuego. No es que nos hayamos vuelto insensibles; tal vez estemos aprendiendo a vivir con el miedo.

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