Y Portugal nos salvó la vida

Fue como un sueño o algo así. De esos que te acompañan hacia el amanecer calmo, que dejan entrar la luz con un sereno abrir de ojos. Como el despertar de una tarde de verano.

Comprendo que estén hasta las narices de Eurovisión y sus circunstancias. No pretendo incidir más en ello. Solo voy a intentar contextualizar un sueño, si es que eso es posible.

Quienes me siguen por redes sociales sabían que era fan rotundo de la canción italiana Occidentali’s Karma que interpretaba un hombre extraordinariamente atractivo llamado Francesco Gabbani. Comprenderán que una canción festivalera inspirada en El mono desnudo de Desmond Morris llamase mi atención. Aunque solo fuese por efecto contraste. No escuché ninguna otra. Ni siquiera la ganadora.

La escritora Elvira Lindo entrevistó a Salvador Sobral para El País y nos contaba lo muy especial que era él y su canción. Aún así, no escuché el tema. La primera vez que me adentré en Amar pelos dois fue durante el propio festival, rodeado de amigos y fiesta. Y en ese momento volví a darme cuenta de lo importante que es reivindicar la diferencia. No tanto porque tú seas distinto sino porque todo tu entorno sea igual. Ganó Portugal con una canción que, ya les aviso, es toda una putada cuando no tienes al lado un regazo amado sobre el que acurrucarte. Tras la victoria, Sobral apuntó que la música no eran fuegos artificiales; que la música era sentimiento y debía decir algo. En ese instante pensé: ‘Hombre, el Baby Love de The Supremes es maravillosa y su letra no es precisamente un alarde de prosa’. Pero luego comprendí que tras la frase de Sobral había una crítica a la sociedad occidental de los últimos 30 años. No estoy contra los fuegos artificiales pero sí me molesta que todo deba ser fuego artificial, ritmo, evasión, hasta la banalidad encuentra más respaldo que la reflexión pausada. Lo lento aburre, lo rápido estimula, el fuego artificial hace que levantemos la mirada al cielo y dejemos de preocuparnos por el estado del suelo.

Esa noche soñé que Portugal salvaba Europa. Ese país, menospreciado por los países ricos, ninguneado por los españoles, que les visitamos sin el más mínimo esfuerzo por hablar su lengua, como si ellos tuvieran la obligación de entendernos –y lo hacen, porque nos dan sopas con hondas en idiomas-, nos enseñaba una lección.

Hace dos años, toda Europa miraba a Grecia y a Portugal como si fueran los camarotes encharcados de un crucero de lujo que había topado contra un iceberg. Europa impuso austeridad. Grecia aún se arrastra en ella. Portugal, sin embargo, hizo lo que Europa y los mercados no querían: una coalición de izquierdas que acabase con las políticas de austeridad y desigualdad del anterior gobierno conservador. Una coalición entre marxistas, comunistas y socialistas –eso que en España dos personas no quisieron hacer- y que fue definida como una alianza de radicales de extrema izquierda -¿les suena?-. Al frente del gobierno, en 2015, se colocó el socialista Antonio Costa, con todos los análisis políticos y económicos en contra. En 2014, con las políticas impuestas por la UE y el FMI, el crecimiento del PIB de Portugal era negativo y su tasa de desempleo del 15%. Hoy, la economía de Portugal lleva creciendo tres años consecutivos. En menos de dos años, el desempleo ha bajado al 7%, han aumentado los salarios y las pensiones, las exportaciones han crecido, ha reestablecido gran parte de los servicios sociales suprimidos en los peores años de la austeridad, ha cancelado privatizaciones (como las de los transportes públicos o la TAP, su compañía aérea), ha aumentado el salario mínimo, ha reducido el número de colegios concertados para invertir más en la red pública, y el déficit se ha reducido al 2,7%, por debajo del 3% exigido por Europa. Incluso, no descartan que los salarios y las pensiones puedan llegar al nivel que tenían antes de la crisis. Si Portugal es un milagro, ¿por qué no estamos hablando más de ello?

Portugal es la poesía que necesita Europa para dejar de adoquinar las calles con papel de estraza. Hasta sus revoluciones son poéticas. Es la confirmación de que la diferencia solo es la demostración de que todos los demás son iguales. Al día siguiente, vi a Sobral llegar al aeropuerto de Lisboa. Una multitud le estaba recibiendo, como estamos acostumbrados a que se reciban los equipos campeones de fútbol. Ese día, el héroe nacional era un cantante. Y un artista como él, ojo, que no es Justin Bieber. Sentí una emoción profunda y pensé… ¿y si Portugal fuese la salvación de Europa?

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