Precariedad

Iniciar una semana celebrando el Día del Trabajo tiene sus riesgos. El principal es analizar tu salario y deprimirte. Pero a ese efecto hay que sumar la sensación de que no puedes quejarte, ni reivindicar más sueldo, porque siempre aparecerá alguien que te recordará que ‘por lo menos, tienes trabajo’. No existe mejor reforma laboral que aquella que anula la dignidad del trabajador. Esa que relaja las cuentas y obligaciones del empresario y somete al asalariado porque le plantea una alternativa sencilla: esto o nada. Y como es difícil pagar facturas con la nada, las personas aceptamos salarios, jornadas laborales, exigencias, presiones y demás mecanismos de control que, de otra manera, serían inadmisibles.

Hace cuatro años, el presidente de la CEOE, Joan Rossell, declaró que los parados debían aceptar cualquier trabajo, por malo que fuera y por malas condiciones que tuviera. La esencia de ese discurso es tan inmoral que ofende porque se articula desde una ingratitud escandalosa ya que convierte tu derecho al trabajo y a un salario digno en una especie de obra de caridad. Como quien da diez céntimos a un mendigo y espera que se lo agradezca con pleitesía.

Es cierto que uno de los mayores problemas de un país es su tasa de paro. Pero la precariedad laboral no anda muy lejos. Y eso por no entrar en la absoluta demencia que esconde el régimen de autónomos en España, donde tienes que pagar al mes casi 300 euros, trabajes o no. Pero eso se merece una columna aparte. Aún tenemos 3.750.876 personas sin empleo. Grave. Pero me atrevería a dejar por escrito que mucho más grave es tener a un 47% de la población activa de este país cobrando menos de 1000 euros. Ese dato, elaborado por el Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha), significa que casi 6 millones de trabajadores, que tienen que basar su economía en un único y precario salario, podrían encontrarse en riesgo de pobreza al recibir un sueldo por debajo del Salario Mínimo Interprofesional. Levantarte cada día para ir a trabajar, echar horas, trabajar festivos, para que tu familia se encuentre en riesgo de pobreza. A eso la CEOE lo llama competitividad y el Gobierno, asiente.

Aunque tengamos motivos de sobra para poder argumentar que el capitalismo, tal y como lo conocemos hoy, ha fracasado, especialmente como sistema social, sentimos que no podemos ni plantearlo porque lo primero que van a llamarnos es bolivarianos, anulando así cualquier debate. A mí no me preocupa el capitalismo; lo que me preocupa es este capitalismo. Si todo en este planeta es susceptible de ser reinventado, ¿por qué un sistema económico y social que ha acabado dirigido por un 1% de la población mundial y que ha fomentado una desigualdad salvaje en el planeta, impulsando la reaparición de ideologías de extrema derecha, xenófobas y racistas, debe quedarse como está? Aldo Olcese, miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras, publicó hace siete años El capitalismo humanista, un texto que ya explicaba la necesidad de enfocar las relaciones económicas desde una óptica menos mercantilista y más humanista. Debemos huir de un sistema económico que se asemeje a lo peor de la condición humana, convirtiendo defectos en valores, basando su actuación en términos de codicia, irresponsabilidad y mezquindad.   Urge reinventar el capitalismo, convertirlo en algo más cercano al individuo, a sus necesidades, que al puro dinero. La desigualdad en el reparto de cartas hace que la partida sea muy ingrata. Las empresas valoran nuestro trabajo, nuestra experiencia o nuestro talento, a la baja. Podría hablar de mi sector, para que se llevasen las manos a la cabeza pero les voy a ahorrar el disgusto porque, fundamentalmente, aquí todos estamos sufriendo la misma humillación. Miren sin ir más lejos a los becarios de los afamados restaurantes que te cobran 150 euros por comer. Pero les aseguro que he recibido ofertas laborales en las que, cuando me dijeron lo que iban a pagarme, sentí como me daban un puñetazo en la boca del estómago.

Yo, en los últimos tiempos, he tomado dos decisiones respecto a mi trabajo, mi dedicación y mi vida personal:

-prefiero adaptarme a menos dinero, vivir con una serenidad modesta, muy modesta, a vivir sometido a una imposición empresarial mal pagada. No tengo hijos, vivo solo, no pueden chantajearme, aunque confieso que me gustaría sentirme más valorado. Y en un sistema como el nuestro, la valoración se materializa en más dinero.

-en el caso de que acepte tu oferta laboral, te daré la parte proporcional de mi experiencia, dedicación, talento, que corresponde a tu inversión en mí. Si me pagas 60 euros por columna, te daré 60 euros de mi tiempo, de mi talento, de mi experiencia.

Ya sé que a los gurús de la macroeconomía esta columna les sonará a redacción de preescolar pero me encantaría saber si ellos serían capaces de llegar a una mejor conclusión cobrando 100 euros brutos por sus reflexiones.

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Un Comentario

  1. gregorio diez garcia

    Absolutamente de acuerdo .

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