No tener planes no es un plan

Hubo un tiempo en el que la frase más habitual que decía mi madre cuando me llamaba por teléfono era: “Desde luego, si se cae el techo de tu casa, no te pilla debajo”. Formaba parte de esas estrategias paremiológicas que empleaban las madres para censurar un comportamiento como quien daba una opinión trivial. Ahora pienso en esa frase mientras me paso fines de semana enteros sin salir de casa, encerrado en un hogar que ya no sé si he convertido en prisión por puro agotamiento o es que soy un tipo fiel a la única relación estable que he tenido en los últimos meses: HBO y Netflix. Sí, somos un trío. Hay que abrir la mente en nombre de la posibilidad.

Parece ser que lo que yo entendía como una vida patética, una demostración de pereza, soledad, pésima gestión del tiempo, hastío de un ocio masificado, ausencia de pareja con la que compartir planes, contraste con mi entorno –cada vez más lleno de parejas, por cierto- y un montón de valoraciones negativas más, los estadounidenses lo han bautizado como ‘nesting’ y resulta que es la hostia.

Hay quien ha decidido que quedarse en casa el fin de semana, mola. Y mola más si empleas un neologismo para dar a entender que pasar el tiempo libre en tu hogar, en vez de salir por ahí, es tendencia. Que es una manera de iluminar tu mente y reducir toda la ansiedad de la semana. “Convertir tu casa en un nido seguro cuando el exterior se vuelve aterrador”, leo. “Redescubrir el arte de vivir el momento”, leo. “Gozar de tu espacio y de los seres que habitan en él”, leo. Y miro a mi alrededor. Y no veo a nadie. Solo veo los papeles y apuntes sobre mi próximo libro alfombrando mi casa, la ropa amontonada de los dos últimos días, cinco pares de deportivas bailando el Time Warp, el escritorio abarrotado de notas, las llaves, las gafas, los mandos, los cascos, la taza con el rastro del café ya reseco en su seno, como las marcas de humedad que cicatrizan en los muros tras una inundación, todo encima de la mesa. Y en ese instante me siento un ser muy desgraciado.

En esta sociedad, capaz de vendernos miedos nuevos como ese que, otros estadounidenses, llamaron FOMO (Fear of Missing Out) –miedo a perderte un acontecimiento social, a que no te convoquen para el estreno, a la invisibilidad, a la exclusión-, uno puede llegar a sentir que quedarse en casa es el principio del fin. La edad juega a mi favor y siento que la vida social ya no es una exigencia, aunque mi profesión me la imponga. Disfruto de mi casa, de mis normas, de mis defectos y de mis vicios, que son los mejores aliados de mi soledad, pero ya no sé si ese placer es causa o consecuencia. Porque más allá de que no me apetezca pagar diez euros por una cerveza en el local de moda o esperar una larga cola para acceder a un recinto incómodo y abarrotado, es cierto que mi casa –como espacio emocional, no geográfico- siempre ha sido un refugio. Desde muy pequeño. Precisamente por ese miedo al exterior, miedo a que me hiciesen daño. Con el tiempo vas aprendiendo que el daño te lo puedes hacer tú solo, que no necesitas a los demás para eso, y es entonces cuando vuelves a jugar a la calle, aunque ya no tengas edad para eso. Pero el refugio ya está ahí, ya se ha quedado en tu subconsciente, y siempre vuelves a él cuando no tienes planes, cuando se olvidan de invitarte, cuando no tienes dinero para cenar fuera, cuando todos los chicos que no te miran se juntan en un bar para mirarse entre ellos, cuando abandonas, cuando te abandonan, cuando el teléfono no suena, cuando los amigos se van de vacaciones con sus novios, cuando el miedo te devuelve a los ocho años.

Mi casa es mi palacio, mi refugio, pero también mi prisión. Y me da lo mismo que lo llamen ‘nesting’, ‘housewarming’, ‘cocooning’ o como quiera inventarse uno de esos constructores de palabras. A veces, quedarse en casa no es una opción porque no hay posibilidad de elección. Por supuesto que he intentado, en la medida de mis oportunidades, adecuar el espacio a mi percepción del bienestar. Dotarlo de todas las infraestructuras tecnológicas necesarias para sentir que el mundo entero está al alcance de mi mano. Pero, tarde o temprano, echas de menos la verdad. La tuya.

El invento del ‘nesting’ me parece el argumento de una sociedad individualista, egoísta y desconfiada, que pretende dotar de honorabilidad la peor de sus características. ¿Cómo podemos sentirnos orgullosos de socializar a través del móvil? ¿Cómo podemos creer que nuestra vida es mejor por poder pedir cena y sexo a través de una aplicación de smartphone? Soy partícipe de esa vida pero no es la que soñé tener cuando me encerraba en casa huyendo del miedo.

Yo, que tengo un trío con HBO y Netflix, confieso que muchos fines de semana, cuando brilla el sol y escucho el murmullo bullicioso de los grupos en la calle, me doy cuenta de que no tengo ningún plan. Ni nadie que me lo proponga. Y puede que esté cansado de generarlos. Y sienta que visibilizarlo me debilita. Y con seguridad eche de menos tener la suficiente fuerza de voluntad como para salir a la calle solo, sentarme en una terraza solo y no sentirme desafortunado por eso.

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  1. Maribel

    Prohibido estar triste o solo cuando se es tan sensible 🤗

  2. David

    Curiosa la ínfima línea que separa el placer de un descanso en soledad al hastío de un encierro impuesto por el motivo que sea.
    Bellas palabras y hermosa reflexión que nos regala

  3. José Antonio

    Es un texto maravilloso. Certero, muy humano, hondo, y permite muy fácilmente​ reconocerse en lo que describes…

  4. Ya veo que no soy el único, pero eso no me consuela del todo.

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