El fútbol apesta

Afirmarlo es una de las opiniones más arriesgadas que puede hacer un ser humano en este país y en este planeta. ¿Se imaginan qué decisiones se tomarían ante un espectáculo musical, una fiesta popular, una manifestación o evento multitudinario que cada poco tiempo generase una noticia que implicase violencia, agresividad, vejaciones, insultos e incluso muerte? Yo sí. Pero el fútbol se ha convertido en algo intocable. El número de sus aficionados y los millones que mueve lo han convertido en un estercolero de oro donde nadie cuestiona que un mal que se repite es un mal endémico y que quizá los valores que rodean a ese deporte han dejado de ser lo que fueron y se han transformado en el escaparate de lo más infame de una sociedad.

El fútbol apesta. Lo lleva haciendo años. Y la batalla campal entre padres durante un partido de infantiles en Mallorca no es la gota que colma el vaso porque ese recipiente lleva décadas agujereado. Podría llenar todo un periódico de sucesos, violencia, discriminación, agresiones y asesinatos relacionados con el fútbol. Esas imágenes del partido entre la Unión Deportiva Alaró y el Collerense solo vienen a sumarse a toda la miseria que acumula un deporte sin principios, sin ética y sin valores más allá de los puramente económicos. Si quieren recordamos el Caso Torbe. O cómo se filtra el video de dos futbolistas practicando sexo con una mujer y ellos solo piden perdón a la afición, en especial a los niños que les admiran, y no a la mujer que claramente rechaza esa grabación. O hablamos de los cánticos machistas que se corearon contra la ex novia del futbolista Rubén Castro en el estadio del Betis y que los periódicos deportivos calificaron de “lamentables”. Solo eso, lamentables. O si prefieren tratamos el tema de Jesús Tomillero, el árbitro gay que tuvo que abandonar el fútbol porque niños de seis y siete años le gritaban maricón, imitando las conductas de sus padres. O mejor opinamos sobre los hinchas del PSV y sus vejaciones a las mendigas que pedían limosna. O tal vez prefieran que comentemos las reacciones que provocó el hecho de que una asociación lgtb invitase a diferentes clubes de fútbol españoles a atarse las botas con un par de cordones arcoíris para celebrar el Día Internacional contra la LGTBfobia en el Deporte. Esta fue la respuesta de una parte de esa afición futbolística: “Hace años no se hacía caso a esas gilipolleces. Parecemos una asociación de quedabienes en vez de un club de fútbol”; “El fútbol es un deporte de hombres, si jugaran maricones se llamaría de otra manera. Dejad de tocar los cojones, basura”. Y voy a parar aquí por respeto a los valores que promulga el preámbulo de la ley del Deporte aprobada en 2007. Y con estos ejemplos no cubro ni el 0,01% del problema.

Más vale que empecemos a reflexionar sobre las razones que hacen que una afición violenta encuentre satisfacción en el fútbol. O que el fútbol alimente a una afición machista, homófoba, que reconoce la agresividad como un mérito y que asume, con total irresponsabilidad, que un campo de fútbol está para soltar adrenalina, insultando a voz en grito, con tu hijo de la mano. Que resulta que asistir a la nueva versión de La bella y la bestia puede ser perjudicial para los críos pero ver a su padre y a su madre insultar o pegarse con los hinchas rivales es un ejemplo de lo más admirable. Luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando se prohíba la entrada de menores al campo. Los peores valores campan a sus anchas en las gradas de los estadios con toda la permisividad y condescendencia de la sociedad, da igual que sea de la liga profesional o de un encuentro infantil.

Ya no me vale el argumento de que la sociedad es intrínsecamente violenta y eso se refleja en el fútbol. O ese de que los clubes no son responsables de las conductas de las personas que llenan sus gradas durante un partido. No me vale porque los actos de violencia a los que asistimos con estupor en el fútbol no existen, de esa manera generalizada, en otros deportes. Ya sé que ahora alguien vendrá a decirme lo equivocado que estoy y mis argumentos serán rebatidos con más agresividad. Casualmente, esos defensores suelen ser los mismos que creen que todos los políticos son iguales porque hay una docena que roba. Los mismos que reclaman el boicot al cine de Almodóvar tras su aparición en los papeles de Panamá pero que callaron ante el fraude fiscal de Messi o prefieren ignorar los 230 millones que los clubes deben a Hacienda. Los mismos que menosprecian la cultura al grito de ‘subvencionados’ pero les parece lo más lógico que siete clubes de fútbol españoles recibiesen 68,8 millones de euros en ayudas públicas. Y lo curioso es que ese no es otro tema.

Desde siempre, las hinchadas de los equipos –si, estoy generalizando- han asesinado, insultado, agredido, humillado, y tengo la sensación de que no pasa nada. Todo se traslada al ámbito judicial y a la responsabilidad penal pero los clubes y los aficionados siguen tan tranquilos, como si la cosa no fuera con ellos. Basta de paños calientes con el fútbol y sus hinchadas. Le toleramos a ese deporte cosas que no aceptaríamos a otros colectivos u organizaciones. Si te indignan las noticias sobre corrupción, violencia, fanatismo, ¿nunca te has preguntado la razón por la cual estás anestesiado ante una noticia similar relacionada con el fútbol? Amar los colores de tu equipo te obliga, precisamente, a participar en su transformación. El día que las hinchadas de los equipos muestren una tolerancia cero a cualquier conato de violencia, discriminación o corrupción, quizá ese día las cosas empiecen a cambiar. Mientras tanto, seguirá apestando.

 

Diez-mandamientos-para-los-padres-con-sus-hijos

 

 

 

 

 

 

 

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