Se supone que no lo sabe nadie

Unas horas antes de que Moonlight ganase el Oscar a mejor película –no voy a entrar en polémicas estériles-, acudí a una sala de cine y compré una entrada. Este año, y espero que no sea un precedente, era la única película nominada que veía. Ni La La Land he visto. No sé si eso me hace santo o demonio pero, desde luego, me ha mantenido alejado de otra polémica estéril y eso, a la larga, es saludable.

Moonlight me gustó, me emocionaron sus interpretaciones, pero confieso que sentí estar ante un documento social mas que frente a una gran película que, en ocasiones, podía ofrecer una narrativa algo pretenciosa. Entendí la necesidad de mantener vivo un mensaje: el de la visibilidad, el de romper los armarios en nombre de tu propia dignidad y felicidad. Pero también advertí que esa película llevaba viéndola desde hace años y empezaba a sentir, como espectador, la necesidad de enfrentarme a otras historias protagonizadas por la población lgtb. Hasta que mi amigo Gerard Aching, ya les hablé de él en estos artículos, el profesor del Centro de Investigación y Estudios Africanos de la Universidad de Cornell, en Ithaca (Nueva York), me habló de un compañero suyo, C. Riley Snorton, y del concepto de los down low. Seguramente no tiene nada que ver con el germen de la película, ni con la historia que escribió Tarell Alvin McCraney, pero me abrió otra dimensión que acabó enriqueciendo mi perspectiva sobre Moonlight.

 
Desde principios de los años 2000 se hablaba, dentro de la propia comunidad afroamericana, de la conducta de algunos hombres negros que tenían relaciones sexuales con ambos sexos sin identificarse como homosexuales o bisexuales. Esa pauta fue identificada en el slang (jerga coloquial) afroamericano como down low. Durante todo ese tiempo, el comportamiento no había dejado de ser una particularidad casi desconocida para el gran público hasta que el cantante de R&B estadounidense R. Kelly sacó su ópera rap Trapped in the closet (Atrapado en el armario) en 2005. Son piezas musicales, de unos tres minutos, en formato videoclip, en las que por primera vez se habla, para una audiencia mayoritaria, del down low.

 
De la aparición y la incursión de los down low en los medios de comunicación contemporáneos y en la cultura popular estadounidense habla el profesor C. Riley Snorton en su estudio Nobody is supposed to know: black sexuality on the down low, publicado por la Universidad de Minnesota. Al situarnos ante esa teoría no solo estamos profundizando en una vuelta de tuerca del concepto ‘estar en el armario’ sino que nos adentramos en unas percepciones de masculinidad y sexualidad, respecto a la comunidad negra, en las que la cultura blanca también tiene parte de responsabilidad.
Continuando la teoría del ‘armario de cristal’ de Eve K. Sedgwick, Snorton profundiza en esa dicotomía entre el deseo y la necesidad, entre la hipervisibilidad y el confinamiento, entre el espectáculo y la especulación que somete a la comunidad afroamericana de una manera mucho más lacerante. Para Snorton, el down low no es un conjunto de prácticas ocultas sino que realmente pone en escena la representabilidad del negro, mostrándolo como alguien sexualmente peligroso, promiscuo, hipócrita y contagiando el ViH a sus desprevenidas mujeres. Como si el armario afroamericano fuese un armario más ínfimo que el de la población blanca.

 
El fenómeno del down low, que podríamos pensar que está detrás de la línea de pensamiento del personaje de Kevin, interpretado por André Holland en Moonlight, en el fondo es un ejemplo de cómo la cultura popular juzga y criminaliza la sexualidad del negro. La película ganadora del Oscar solo adquiere su verdadera magnitud cuando comprendemos que esa historia, protagonizada por hombres blancos, no tendría ningún interés más allá del puramente activista. Ha desencadenado esa ola de admiración en Estados Unidos porque habla de algo de lo que no se habla. Y no es la homosexualidad. Ni el armario. Es el concepto de sexualidad y masculinidad en la comunidad afroamericana. Una comunidad en la que los hombres tienen casi la obligación civil de ser modélicos dentro del relato de la institución familiar. Hombres homosexuales que, en muchos casos, han crecido con un padre ausente –el número de hombres afroamericanos en las cárceles o asesinados es mucho más alto en Estados Unidos que el de la población blanca- y sienten la obligación antropológica de crear una familia con la que sanar esa ausencia, aunque sea por encima de sus propios deseos. Un hombre down low nunca se identificará como gay o bisexual porque, ante todo, es negro. Y para ellos, eso equivale a ser inherentemente masculino. Piensen en el personaje de Black en la película. Alguien muy frágil con una imagen de gimnasio que se percibe como hipermasculina y, por lo tanto, invulnerable. Seguro que nos reconocemos ahí.

 

Un dato. La serie Empire, sobre una poderosa saga familiar afroamericana en la industria discográfica, comenzó siendo un éxito en 2015 pero empezó a perder audiencia afro cuando mostró un beso de amor entre dos hombres negros. Curiosamente entonces inició un incremento de espectadores blancos.

Siento que tras profundizar mínimamente en la realidad afroamericana, Moonlight adquiere una interesante nueva dimensión. Y el Oscar a mejor película es una excusa más que válida para elevar el debate del down low a la superficie.

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