Ni puta gracia

El martes pasado me enteré que Fernando Trueba no ve películas de Quentin Tarantino. Todo fue a raíz de una de las primeras secuencias de Pulp Fiction, esa en la que Vincent Vega (John Travolta) y Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) sorprenden a tres jóvenes en una habitación. Tienen algo que no les pertenece y para recuperarlo les interrogan. Disparos certeros y algún muerto que, en el contexto y universo de Tarantino, provocaban la carcajada de la platea. “Ese día decidí que nunca más vería una película suya”, apuntó Trueba. Según él, todo empezó a decaer el día que la cultura dejó de “estar asociada a un sistema de valores”.

Creo en el sistema de valores, creo en la educación como un valor supremo, pero no creo que Trueba tenga razón. Porque él, y yo, y con seguridad usted, que me está leyendo en estos momentos, tenemos claro qué principios ideológicos o morales entendemos como referencia. Pero también somos conscientes de que el poder acaba inculcando en la sociedad los valores que le interesa promocionar. Los valores, como las drogas, funcionan de manera diferente dependiendo del organismo que los consuma.

¡A mí la Legión!, por ejemplo, la película de Juan de Orduña, defendía unos valores que eran los que el poder aceptaba como ejemplares y la sociedad de los años 40 asumía como propios. Esos valores me provocan un rechazo absoluto. Sin embargo, son los mismos que hay en Platoon, de Oliver Stone, pero contados desde otro lugar, reaccionando en otro organismo.

Pero no hace falta hacer cine político y social para lograr ese efecto. No solo hay principios ideológicos respetables (no olvidemos que será el gobernante de turno y su religión de cabecera quienes decidirán qué valores son o no respetables) en el cine de Ken Loach o de Icíar Bollaín. También los hay en Pepi, Luci y Bom de Pedro Almodóvar o en Pink Flamingos de John Waters. Porque es un cine de nos habla como espectadores libres, que entienden la libertad como el único valor que no acepta matices. Y en esa educación en libertad, en esa ilustración del ser humano, es donde aprendemos a discernir. Gracias al intelecto, distinguimos una cosa de otra sin tener que elegir entre ambas. Podemos desternillarnos con los perritos que mueren en Un pez llamado Wanda sin que eso signifique que carecemos de respeto hacia los animales. Podemos reírnos con la lapidación de La vida de Brian sin que eso suponga que ignoramos los Derechos Humanos. Podemos carcajearnos con Travolta y L. Jackson acribillando al hombre que sale del baño, y vacía un cargador sobre ellos sin darles ni una sola vez, sin que eso nos convierta en seres violentos o insensibles al dolor ajeno.

Por supuesto que las cosas que nos divierten, que aquello que sirve de resorte a la carcajada o la mera sonrisa, también hace país. Es un reflejo de lo que somos. Pero parece un rasgo muy humano reírse con las desgracias que les suceden a los demás. Tragedia más tiempo. La fórmula no falla. Y cuando lo hace es porque no ha transcurrido el periodo suficiente y el chiste se convierte en inoportuno. Quitando ese matiz, todo es susceptible de poder tratarse con sentido del humor e ironía. Eso sí, siempre que hablemos de ficción.

Nuestra sociedad padece un peligroso déficit de valores. Pero no lo aprecio cuando el director busca la risa del espectador, aunque lo que está narrando no sea divertido. Otra cosa sería ver un patio de butacas desternillándose con La lista de Schindler o Apocalypse Now. Donde noto esa carencia es en la vida real. Cuando observo a youtubers gastando bromas con cámara oculta –siempre detesté ese género; ya en los tiempos de To er mundo e güeno me parecía que no tenía ni puta gracia- que consisten en provocar a una persona llamándola ‘caranchoa’, darle a un mendigo galletas rellenas de pasta de dientes o rociar una pizza con gas pimienta y abrirla delante del repartidor. Ahí es donde veo la laguna. Cuando personas que no crean nada ofenden, hieren, humillan a otras buscando la carcajada y la notoriedad. Medio millón de seguidores tenía MrGranBomba, el youtuber que se llevó una hostia y que encima reclama judicialmente que le pidan perdón. Eso hace que tengamos que plantearnos los valores no solo del youtuber sino de los miles de fans que le aplauden.

Sé que alguno buscará justificar esos comportamientos en la ficción. Pero ahí no está la causa. La ficción puede estar asociada a un sistema de valores pero no tiene la obligación de educarnos. Las familias, las escuelas, los gobiernos, sí. Tal vez nos hubiese bastado con inculcar esos valores en casa y en la escuela; con enseñar a discernir a nuestros menores en una sociedad menos individualista y egocéntrica. Si no para evitar esas bromas, sí para que no nos hagan gracia. Basta con saber discernir. Y si no sabemos, algo falla en el sistema pero, desde luego, no es el cine de Quentin Tarantino.

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