El bando perdedor

Ojalá la Historia fuese realmente una. No existiría margen de error. Los hechos, las conductas, las decisiones, serían causas y consecuencias incuestionables. Pero la Historia es una descripción de historias. Y depende de quién las cuente, esos hechos, esos personajes y actuaciones, sobrevivirán o se desvanecerán como aquellas lágrimas que despedían al replicante.

La Historia se creó para ensalzar la victoria y muy pocos son los que se detienen en el bando perdedor. Y ya ni les cuento el interés que suscitan los perdedores del bando perdedor. Y así hasta buscar un rincón en la Historia en el que construirse un hogar con cartones y plásticos. La historia de los que pierden solo le interesa al poder que pretende aleccionar con ella, señalar su culpa en la narración de los hechos y amedrentar posibles deseos que pongan en peligro, en los futuros próximos o lejanos, su propio poder. La Historia está llena de historias de hegemonías que es la manera más ostentosa de celebrar la conquista.

Leí una entrevista a la escritora Milena Busquets, a raíz de la publicación de su novela También esto pasará, en la que explicaba que el dolor siempre te sitúa en el bando de los perdedores. Volví a recordar esa frase cuando sentí que había vuelto a perder. No sé la razón que me lleva, desde muy pequeño, a alinearme con el bando perdedor cuando ni siquiera sabemos que vamos a perder, cuando las cantidades de ilusión en sangre embriagan nuestro optimismo. ¿Por qué siempre creo en las ideas, en las propuestas, en las que no cree la mayoría? De verdad que aún no he encontrado la respuesta pero quizá la sensación de haber conocido el dolor desde muy pequeño, el dolor de la discriminación, del rechazo, de la burla, me ha colocado inconscientemente en un lugar ante la vida. No es victimismo. Es creer en los postulados que defienden aquellos a los que nunca se les presta atención.

No bromeo, aunque pueda parecer que lo hago, cuando detallo que solo en una ocasión voté al partido político que ganó las elecciones. Creí en el líder de PSOE que fue decapitado por los que parecían ser los suyos. No creo que todos sean iguales y desee un gobierno estadounidense demócrata. Siempre he pensado ‘Sí’ cuando la mayoría creía en el ‘No’. Y al revés. Una discordancia francamente molesta. Hasta quise que La Casa Azul nos representase en Eurovisión y la mayoría eligió a Chikilicuatre. Desde entonces, soy italiano. Italia no gana desde hace veintisiete años. Hasta en la Historia que no viví creo en el bando perdedor incluso cuando conozco de antemano su derrota. Soy de días de vino y trece rosas. Con decirles que sentí que Iñigo Errejón era una promesa hasta que vi a los Lannister de Podemos afilar sus espadas.

No sé el motivo por el cual siempre he creído en las razones de los perdedores. Incluso en las razones de aquellos que cuestionan a los perdedores y por eso se les castiga con el escarnio público del sometimiento dentro del propio clima de derrota. Me gustaría preguntarle a un psicólogo evolutivo si esto tiene remedio, si la creencia en los valores que defienden aquellos que prácticamente nunca triunfan es contagioso, si soy un gafe espiritual. Pero mientras busco una respuesta sigo prestándole atención a las palabras que suenan distinto, que brillan distinto, que tienen un eco amable y nunca atronador. Sigo creyendo en las personas que construyen puentes frente a las mayorías que prefieren quemarlos para después edificar un puente exclusivo. Como si esa pasarela no fuese a unir dos puntos equidistantes y la interpretan como una rotonda imaginaria en la que solo hay un carril y una sola dirección: la suya.

Los que solemos perder vivimos en tierra de nadie. Nunca nos invitan a los salones de los triunfadores porque nunca nos tuvieron en cuenta como futuras promesas. Y si alguna vez lo fuimos, elegimos el bando equivocado. Para los que pierden no hay portadas en los suplementos dominicales, sus nombres no suenan en las reuniones en las que se gestan los grandes proyectos y hacen de la invisibilidad su mejor aliada.

Pero, ¿qué sucede con una idea cuando pierde? ¿Debemos dejarla morir solo porque una mayoría no ha creído en ella o, por el contrario, debemos aferrarnos a su credo con más fuerza si cabe? ¿Quién nos representa, quién habla en nuestro nombre? Si nadie ha creído en ti, si aquellos que lo hicieron no fueron suficientes, ¿significa eso que estabas equivocado? Creo que no.

No sé si el psicólogo evolutivo será capaz de darle respuesta a tanta pregunta pero lo que ya parece inevitable es que, si existiera solución a esta diacronía, posiblemente fuese yo quien no le pusiese remedio.

inigo_errejon

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Un Comentario

  1. No hace falta ningún psicólogo evolutivo para dar respuesta a tus preguntas. Con el paso del tiempo la respuesta la podemos dar nosotros mismos; tú mismo te la has dado. Estamos con los perdedores, sí, pero no con los equivocados. Cada uno somos lo que hemos vivido, los ideales que nos han transmitido, siempre con ejemplos, es decir, con el día a día de la familia, después los amigos, la calle, la lectura. Los ejemplos son los hechos. No hace falta pasar por situaciones de discriminación, de intolerancia porque ese hecho no siempre te lleva a alinearte con el perdedor, a veces te convierte en uno más de los que lo practican. Es un cúmulo de vivencias de sensaciones y ¿por qué no? puede ser algo intrínseco en la persona. No estamos con la mayoría, no por serlo llevan razón. Estar en el bando de los perdedores trae consecuencias y también enseñanzas si lo miramos desde otra óptica. Apoyamos al perdedor porque representa nuestras ideas y lo volvemos hacer para que al final triunfen. Si lo hacen y luego no cumplen volveremos a estar con los perdedores. Estar con el perdedor significa que tenemos pensamiento propio, difícil en los tiempos de antes de ahora y de siempre.

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