¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor?

Eso pregunta Mel McGinnis, el amigo cardiólogo que protagoniza uno de los relatos más conocidos de Raymond Carver. Yo, como el autor, creo que un cardiólogo es una persona sobradamente autorizada para poder hablar de amor pero como he convertido el discernimiento en mi única religión, mis creencias se han instalado en una constante rivalidad. Mente y corazón. Si fueran los patrones de un traje, el mío saldría rojo como un atardecer y prudente como la digestión del desengaño.

Lo malo del 14 de febrero es que siempre vuelve. En el día de los enamorados deberíamos celebrar el dolor, si es que una percepción sensorial molesta puede ser celebrada. El dolor que nos causaron aquellos que fueron cobardes, egoístas y traidores y el dolor que inflingimos al comportarnos como cobardes, egoístas y traidores. Tal vez eso sea lo único que sabemos del amor. Porque, como diría Mel, en el amor siempre seremos principiantes.

No tener pareja hace que San Valentín duela. Como estar en el armario y ver la ciudad iluminada por las celebraciones del Orgullo LGTB. Luego podemos estudiar las razones, las causas, nuestra actitud, pero negar esa molestia desafinada es igual de incómodo. Y más ahora que sé que las posibilidades que tengo de encontrar pareja responden a complejos planteamientos científicos. Douglas Kenrick, psicólogo evolutivo de la Universidad de Arizona, lleva décadas intentando resolver cómo y con quién decidimos emparejarnos. Y es una cuestión de selección natural. Unos imperativos biológicos que aplicados a lo emocional, a la gestión de los sentimientos, precisan de un duro e incómodo aprendizaje para que no provoquen dolor y frustración.

Según Kenrick, nuestra actitud y potencial a la hora de encontrar pareja se gesta en la adolescencia, una etapa en la que empezamos a ser conscientes de nuestro atractivo físico. No sabemos si somos un diez, un siete o un dos. Es el propio entorno el que nos da un valor. Kenrick reunió a diez hombres y diez mujeres de atractivo medio para realizar con ellos varios experimentos sobre dinámica social. Los vistió de forma neutral e idéntica. Todos llevaban un número en la cabeza, del 1 al 10, asignado de forma arbitraria. Los participantes veían el número de los demás pero no podían ver el suyo propio. El ejercicio se basaba en ofrecerse a la otra persona tendiéndole la mano. Si eras aceptado, unías tus manos y te retirabas del experimento. Si el resultado era un rechazo, debías seguir buscando hasta encontrar a alguien. Ninguna persona podía quedar sin pareja. Eso sí, el objetivo era tratar de conseguir el número más alto posible.

En la investigación, como en la vida real, los participantes –que no saben su grado de atractivo porque desconocen el número que llevan en la frente- tienden a aspirar a lo más alto. A medida que se produce el rechazo, van rebajando sus aspiraciones hasta encontrar a alguien que los acepta. Casi un premio de consolación antropológico. Ese conocimiento de nuestro propio atractivo va a marcar nuestra manera de seducir y emparejarnos en el futuro. El propio Kenrick reconoce que es un aprendizaje desagradable pero fundamental para no herirnos en el proceso.

Las personas con los números más altos notaban como todos les tendían la mano. Comprendieron que eran un número alto y decidieron esperar más ofrecimientos. Aguardar al mejor candidato. Sin embargo, quienes mostraban los números más bajos apenas recibieron ofrecimientos y eso o bien les obligaba a pelear más por un candidato o se limitaban a aceptar el único ofrecimiento que les llegaba. Confieso que el experimento solo logró deprimirme aún más.

Sé que la atracción física no es el único criterio que rige nuestra elección de pareja pero sí resulta determinante. De ahí que haya tantas dudas martilleando nuestra cabeza cada vez que se celebra el amor y no hay amor. Me bastaría con saber que nadie va a burlarse, ni a etiquetarte, ni a prejuzgarte por desear una pareja. Así que, aviso para navegantes, contestaré muy mal a aquellas personas que el próximo martes intenten aplacar mi pensamiento con cualquiera de estas cuatro frases: “el amor es una invención medieval” (y la imprenta, no te jode, y mira el saber que nos ha proporcionado), “estás solo porque quieres” (esa frase es tan insultante como presentarse en una oficina del INEM y decirle a todas las personas en paro que están en esa situación porque quieren, porque trabajo hay mucho. Puede que no sea el que desean, ni esté bien pagado, pero ante la carencia…), “es que no te vendes bien” (‘marketing personal’ lo llaman. Cuidar el envoltorio del producto. No importa que sea bueno, lo que importa es el packaging. De ahí que ahora todo el supermercado esté lleno de productos con el mismo envase. La mejor manera de invisibilizar a aquellos que no cumplan con la pauta estética que marca el publicista, reduciéndolos a un mercado prácticamente residual), y “hay que aprender a estar solo” (como si no supiésemos. El discurso activista de la soledad. Un insulto a la inteligencia del soltero que sabe lo que quiere).

Avisados estáis.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: