Doscientos días hablando de Trump

Vuelvo a escribir sobre Trump. No estoy obsesionado, créanme, pero considero que Donald Trump ya se ha convertido en una metáfora de una decadencia ética y moral perfectamente extrapolable a cualquier punto del planeta. Cuando hablamos de Trump hablamos de nosotros mismos, de nuestra sociedad, de sus valores y de nuestro propio proyecto de futuro. Desde el 20 de julio del año pasado, cuando fue elegido candidato republicano a las elecciones presidenciales de Estados Unidos, no hemos dejado de hablar de él, de escribir sobre él. Hemos pasado de la carcajada condescendiente al estupor para instalarnos en la indignación. Pero lo importante ya no es por qué Trump está ocupando uno de los sillones más significativos del mundo. Lo relevante ahora es saber si hemos aprendido la lección. Y visto lo visto, leído lo leído, me temo que no.

Algunos ya se han dado cuenta de que estamos viviendo un clima pre bélico. Son aquellos que no se habían percatado de que hace tiempo que estamos en guerra. Pero eso no se puede verbalizar. Eso es una exageración, es sensacionalismo, es peligroso, es una irresponsabilidad. Pero solo un planeta sumido en la polarización y el enfrentamiento como estrategia ante un cambio en las relaciones de poder es capaz de generar monstruos y dotarlos de autoridad.

La semana pasada cené con mi amigo Gerard Aching, profesor titular en el departamento de Literatura y Lenguas Románicas, en el Centro de Investigación y Estudios Africanos y adjunto en el Atkinson Center for a Sustainable Future de la Universidad de Cornell, en Ithaca (Nueva York). Escribo solo una pequeña parte de su extenso currículum para que valoren su criterio tanto como su opinión. Y, como no podía ser de otra manera, hablamos de Trump.

Si tuviese que resumir la larga conversación en tres ideas esas serían ‘miedo’, ‘información’ y ‘desconfianza’. Tres conceptos que perfectamente pueden explicar la política interior y las relaciones internacionales de la inmensa mayoría de países del mundo.

Ambos comprendíamos que si se quiere despojar a una persona de toda su humanidad basta con asustarla. Que tema por su vida, por la de sus hijos, por su propia estabilidad, su hogar, su trabajo,… y tendrás a una persona dispuesta a todo. Ese miedo destruye cualquier ápice de solidaridad y convierte a la masa en un conjunto de seres individualistas unidos por el único argumento de la fuerza pero sin ninguna intención de ceder un espacio del territorio que sienten como conquistado a otro ser humano que lo necesite. Ese fue el mensaje de Trump.

Gerard me habló del gran debate que se estaba viviendo en los medios de comunicación estadounidenses. Ellos, responsables en gran medida de los muchos minutos de televisión y los titulares de prensa que cedieron a Trump, en nombre del espectáculo, durante la campaña, se han convertido en las primeras víctimas de su rentable estrategia. Las televisiones buscaban audiencia y Trump daba audiencia. Como la proporciona Inda en La Sexta Noche o Aída Nízar en la casa de Gran Hermano Vip. El enfrentamiento es espectáculo. Los medios sucumben a la estrategia de Trump para no enfrentarse al debate de los datos contrastados y cuando quieren volver atrás, retomar el rigor, la profesionalidad, el hecho, ya es tarde porque quien ahora maneja a la audiencia es el presidente y en ese escenario Trump siempre gana. Cualquier otro presidente estaría acojonado ante las protestas en los aeropuertos. Trump no, porque identifica a todas esas personas como vagos, haters de una red social o los responsables de una mala crítica a su reality televisivo. La política como espectáculo y los fans aplaudiendo. En ese momento es cuando los medios de comunicación comprenden que es necesario abrir un debate perfectamente extrapolable a España. Se han dado cuenta de que el dato ha dejado de importar. Hay un amplio segmento de la sociedad que no da valor al hecho ni al dato informativo que desenmascare su apuesta porque no se lo cree. Así de simple. El espectáculo ha desvirtuado la información, la ha despojado de credibilidad para convertirla en un objeto de consumo. Y uno consume aquello que le gusta, no aquello que le incomoda. Nuestra sociedad se ha convertido en un espacio puramente visceral donde la reflexión se considera algo exclusivo de intelectuales y el impacto emocional es lo único que cuenta. Un mundo ultradesarrollado tecnológicamente que sigue reaccionando como una tribu ante su chamán. Ese contexto debe procurar, con urgencia, un debate en los medios de comunicación, en sus profesionales y directivos, sobre la necesidad de dignificar su papel en esta sociedad.

Y en esa polarización, ante esos bloques enfrentados, implacables, se filtra una sensación desfavorable para cualquier comunidad y positiva para cualquier tirano: la desconfianza en el pensamiento ajeno. Gerard me contaba como cada vez más estadounidenses desconfían entre ellos de la ideología real de sus familiares, vecinos o compañeros de trabajo, algo que antes ni se planteaba. Y la opinión deja de ser libre cuando solo puede ser defendida en grupo, nunca a título personal. Pensé que en España sucedía lo mismo. Muy pocos afirman votar al PP pero luego barren en las urnas. Eso sin contar con la nociva influencia de los profetas del “todos son iguales”, del “ya no creo en nadie”, del “ninguno me representa”. “A mí eso me sorprende más que lo que sucede en Estados Unidos”, dijo Gerard. Le miré extrañado y él apuntó con lógica: “Tenéis más partidos entre los que elegir. Nosotros solo tenemos dos”. Y comprendí que daba igual la cantidad de partidos que tengamos. En eso Estados Unidos y España somos iguales. Porque todos los países que han sufrido una guerra civil sobreviven, eternamente, partidos en dos.

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  1. Trump, un loco peligroso, racista, homófobo, pendenciero, no paga impuestos, con ansias de poder, de protagonismo. ¿Por qué le han votado? Su actuación es la misma que en la campaña. ¿Los votantes piensan como él? Cada uno a su escala denigra al que cree inferior. Ese es el verdadero problema. ¿Los medios de comunicación con sus mentiras, manipulaciones tienen el poder de convencer? ¡Todo por la audiencia! Segundo problema. No se cual es la solución ¡Ya me gustaría! Siempre achacamos, por lo menos yo, a la falta de cultura, a no saber cuestionar lo que ves, escuchas o lees. Sería un factor, pero hay más que eso, porque gente con cultura también vota a descerebrados como Trump, me refiero a gente normal. La tolerancia, la empatía ¿Dónde la hemos dejado? ¿El género humano va degenerando en vez de avanzar? La política es muy importante, tendemos a decir que todos los políticos son iguales, no es así, pero sí somos culpables de no amonestar, castigar con el voto al partido que no cumple. Por supuesto estoy de acuerdo contigo en que después de una Guerra Civil cualquier país queda dividido en dos. Pero con la esperanza o el convencimiento de que con el paso del tiempo las personas rechazarían el fascismo en todas sus variedades aunque sus antepasados hubieran participado en ese bando. ¡Va a ser que no!

  2. En Chile pasa algo parecido

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