El mal pensamiento

Admito que no sé si me equivoco al dejar por escrito lo que voy a explicar a continuación. Ni siquiera soy capaz de intuir si me estoy contradiciendo pero cada vez tengo más claro que únicamente existen dos tipos de pensamiento: el bueno, que alenta, que dignifica, que desarrolla, que asiste, que abriga; y el malo, ese que separa, que discrimina, que despoja, que impide, que envilece. Puede que les parezca una perogrullada pero siento que los tiempos nos obligan a reflexionar sobre la calidad de nuestro pensamiento más allá de la vanidad.

Todas las opiniones son válidas porque forman parte de la condición humana y negar su valor sería tan demencial como rechazar la propia humanidad. Pero no todas las opiniones, todas las líneas de pensamiento, son respetables. Y mucho menos las decisiones políticas y sociales que se desprendan de ellas. El hecho democrático puede convertir un pensamiento despreciable en mayoritario y, por lo tanto, en categórico. Discutible, sí, pero, por desgracia, concluyente.

No pretendo vaticinar un futuro apocalíptico y mucho menos después de que ya lo hiciese esta semana el ex presidente José María Aznar en un acto organizado por la fundación ‘Valores y sociedad’, presidida por el ex ministro Mayor Oreja. Pero sí me atrevo a aventurar que cuando se votan pensamientos malos, aunque formen parte de una ideología, se está cometiendo un error. Y no me vengan ahora con el matiz de qué es bueno y qué es malo porque más allá de los gustos hay una idea universal que nos permite marcar la diferencia con absoluta precisión.

Observo a Donald Trump y siento que es un error que ese señor esté en la Casa Blanca. Pero asumo que los votantes de Trump no se han caído de un guindo. Son personas que piensan igual que su líder, aplauden sus exabruptos, se expresan como él y, por lo tanto, han ejercido su derecho al voto con coherencia. No me produce mayor sorpresa ver a Trump entrando en la Casa Blanca que la que me produjo volver a ver como el Partido Popular, tras cuatro años de desahucios, suicidios, mareas, recortes, corrupción, sobornos, manipulación y hasta algún que otro ejercicio de crueldad, volvía a ganar las elecciones. No es cuestión de comparar países, ni sociedades ni inquietudes. Pero es hora de que reflexionemos sobre la naturaleza de nuestro pensamiento.

Nos han educado para que asumamos que un buen demócrata es aquel que acepta que las decisiones del pueblo son soberanas pero no nos han enseñado qué hacer cuando el pueblo se equivoca. O peor aún: cuando la mayoría del pueblo decide no hacer uso del derecho democrático del voto y deja en manos del error la gobernabilidad de su país. No estamos hablando de puntos de vista, de matices, ni de colores. Puede que el sistema esté preparado para ver como un jurado popular deja libre al delincuente pero ¿es lo suficientemente estable la democracia como para soportar las embestidas en sus propios pilares?

Ya dijo Churchill que la democracia era el menos malo de los sistemas políticos. De ahí que permita que la peor de las ideas, el mal pensamiento, pueda llegar a liderar el mundo, marcar las políticas y, posiblemente, limitar nuestros derechos y libertades. Pero algo estamos haciendo mal cuando un ser humano manifiesta el peor de sus pensamientos y es arropado por una mayoría.

Un razonamiento que promueve el enfrentamiento entre personas, que fomenta la discriminación, el odio, que convierte los derechos humanos en privilegios dependiendo de las fronteras, ¿es un pensamiento respetable solo porque lo apoya una mayoría de votos? Sabemos que si sometiésemos a referéndum la pena de muerte, ganaría el sí. Con matices, pero el sí. No lo planteamos porque sabemos que el asesinato como venganza, como pedagogía, como castigo, es un mal pensamiento. ¿Qué podemos hacer cuando un mal pensamiento cala en el grueso de la sociedad?

Habrá excepciones, siempre las hay, dentro de todas las ideologías, incluidas las más crueles. Pero la política de un país nunca se mide por la excepción, se mide por lo habitual. Y a no ser que una mayoría suficiente vote al ser excepcional, lo admirable, lo extraordinario, se desvanecerá en un recuento.

Somos consecuencia. Consecuencia de nuestra ignorancia, del orgullo con el que defendemos nuestra intransigencia, del analfabetismo ético, del individualismo feroz, de la ausencia de educación en el discernimiento. Consecuencia del pensamiento raso que casi siempre está respaldado por un exceso de verbo que más que convencer pretende confundir. Somos, lamentablemente, consecuencia de la incapacidad para decirnos la verdad a nosotros mismos.

 

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  1. Bravo otra vez!!! Orgulloso de usted estoy.

  2. J

    No me acuerdo qué periodista dijo que para ser buen periodista hay que ser buena persona, en el sentido (entiendo yo) de que uno sepa suspender los intereses personales y los sesgos en la mayor medida posible y ponga a prueba la veracidad de los datos que apoyan sus juicios, aunque encontrar la Verdad suponga que la verdad de uno se desmorone. En el fondo, ésta es la verdad que se ha defendido durante la historia de la filosofía occidental, en lineas generales, durante bastante tiempo, igualando la verdad con el saber pensar y discernir las cosas más allá de las pulsiones que acechen en cada esquina y, por lo tanto, volviendo esta práctica en una cuestión moral. Concuerdo en la línea general de la entrada en este asunto.

    No concuerdo, sin embargo, con lo expresado acerca de Trump. Durante el mandato de Obama ha habido muchos movimientos “liberales” que han abandonado las líneas generales de la izquierda (organización de los trabajadores -de la nación al menos-, defensa de derechos mínimos garantizados…) y se han volcado con el feminismo de género y el apoyo a las minorías. Ésto, que en un principio nos puede parecer una posición de izquierdas correcta al defender a ciertos grupos olvidados históricamente, se desmadró al aplicar la lógica marxista de clases al plano género/raza/identidad étnica: el marxismo cultural. Supongo que tiene más conocimiento que yo de la situación en EEUU así que no le sobrarán ejemplos de las catervas de gente denunciando prácticas (supuestamente opresivas)más superfluas. Si disientes con esa línea, aunque sea en su matización, es decir, comportándote como alguien bueno en el pensar, te van a censurar. No va a ser una censura desde los poderes gubernamentales, sino cercano a un linchamiento público (a veces literalmente).

    ¿Quién es el que es linchado? El hombre de raza blanca (o una persona de raza negra, hispana… que comulgue “en contra de sus intereses”). Al hombre blanco, y en menos medida a la mujer blanca por su status de oprimida, se le recuerda constantemente lo privilegiado que es, los derechos que detenta y de los que otros carecen, en parte de los medios de comunicación. Hay censura en las universidades porque el debate de ciertos temas produce parraques (en España me temo que esto empieza a ser realidad) aun y cuando sea en favor del conocimiento de la situación de aquellos más desfavorecidos o que han sufrido innumerables justicias por pertenecer a cierta raza, género o clase social. A Trump se le ha dedicado con total saña (merecida) los insultos clásicos de esta ideología: racista, sexista, homófobo, racista (otra vez). Y a Trump se la pelaba. Era el discurso que se esperaba. Puede que sea un payaso, pero sabe por viejo y por diablo.

    Y mientras que en la tele veían los movimientos de este calado, el hombre blanco desempleado, en ciudades semiabandonadas, pasto de la marginación y el trabajo precario, que recuerda los viejos tiempos de ciudades construidas alrededor de industrias, ese hombre, además de los tradicionales republicanos, han votado a Trump. Han visto en él la reacción a la globalización y el multiculturalismo que les ha quitado la dignidad tanto material como simbólicamente. El que les ha prometido lo que quieren: el final de las políticas paternalistas, el final del discurso sentimentalista por parte de unas élites políticas con el culo calentito en sus cómodas casas, el final de su miseria.

    No ha ganado Trump, ha perdido el discurso que les ha valido a los “liberales” durante años y todos se han quedado estupefactos. Quizás la victoria de Trump sea algo bueno en cuanto sea un prolegómeno de las dificultades que tiene el discurso de ciertos sectores de la izquierda actual. Espero que nos sirva para aprender y no volver a cometer los errores de, entre otros, el gobierno de Zapatero.

    Un saludo, señor Paco Tomás. Esperemos salir de esta mejor de lo que estabamos.

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