La credibilidad

La semana pasada, bajo esta misma cabecera, comenté el impacto del discurso de Meryl Streep en los Globos de Oro. Una parte de ese discurso, que fue muy aplaudido en esa ceremonia y también en las redes sociales españolas, fue aquella en la que la actriz aludió a la defensa de la prensa frente al veto de Donald Trump. Recuerden que el nuevo presidente de los Estados Unidos ha convertido la censura en una estrategia para no contestar preguntas ni asumir responsabilidades. Como la pantalla de plasma pero más espectacular.

Streep habló de la dignidad de una profesión dos días después de que el académico y economista Juan Torres tuviese que abandonar un plató de televisión tras negarse a servir de comparsa a un periodista y su estrategia circense de la confusión. Son dos hechos opuestos, completamente independientes, pero que reflejan una realidad innegable. Necesitamos creer en los profesionales de los medios de comunicación porque ellos también son garantes de los derechos y libertades de un país. Pero para eso hay que asumir una responsabilidad. Y no me refiero solo a la que ya tiene el propio medio y el profesional sino también a la que recae sobre el lector, el espectador, el ciudadano que acude en busca de información.

Ver a un académico como Juan Torres abandonar un plató de televisión –hablo de La Sexta Noche- ante el ejercicio de desinformación y antiperiodismo de un señor –hablo de Eduardo Inda-, por muy mediático que sea, es una puñalada a la dignidad de la profesión. Esa dignidad que defendía una actriz pero que, a veces, algunos periodistas venden al mejor postor.

En los últimos días, muchos columnistas, algunos absolutamente partidistas en sus opiniones, han reclamado un debate ético y deontológico sobre la responsabilidad social de los medios de comunicación a raíz del escalofriante caso de la niña Nadia. Como si la social fuese la única responsabilidad posible. ¿Y la política? Si la desinformación, la ausencia de rigor y profesionalidad está justificada por la ideología o el interés personal de aquel que nos tiene que informar, entonces ¿esa responsabilidad es matizable? Los medios dieron crédito a la historia que disfrazaba la estafa de los padres de Nadia convirtiendo la información en espectáculo. Cuando la rentabilidad es la razón fundamental de cualquier empresa, la información también es vulnerable de convertirse en un negocio. Precisamente por eso hay que proteger los medios de comunicación públicos y defender su independencia frente al interés propagandístico de los comisarios políticos. He escrito tantas veces esto en los últimos años que el ordenador ya lo escribe automáticamente.

Hay informativos en la televisión que se hacen a base de videos de Youtube. Las pasadas navidades asistí boquiabierto a una noticia en el noticiario de Antena 3 sobre un instagramer que se hacía muy buenos montajes fotográficos con celebrities. Solo eso. Es ahí donde nosotros, como ciudadanos, tenemos una responsabilidad máxima en el modelo de medio de comunicación que consumimos.

 

Durante años escuché que el periodismo había que ejercerlo con imparcialidad. No estoy de acuerdo. Soy parcial. Tengo opinión. Como hay que ejercerlo es con profesionalidad y eso se mide en valores de argumentación, de contraste de la noticia, de rigor en las fuentes, de veracidad, y jamás en el lanzamiento indiscriminado de rumores, bulos y puntos de vista malintencionados e interesados que conocen el enorme potencial de un buen descrédito.

Pero también hay una importante responsabilidad en los ciudadanos como libres consumidores de una determinada información. Observo con cierta inquietud cómo le damos credibilidad a cualquier panfleto siempre que se amolde a nuestro propio pensamiento. No tenemos interés en la confrontación de datos, no los escuchamos, bloqueamos nuestra mente hacia todo argumento que pueda poner en evidencia que estamos equivocados. Sentimos que rectificar o cambiar de opinión es un fracaso de la personalidad. Y así nos va. No buscamos información, buscamos líneas editoriales. Pero si pretendemos estar informados, no podemos conformarnos con eso y dar veracidad solo a aquellas informaciones que se ajustan a nuestro criterio, sin analizar nada más. Si un medio de comunicación miente sistemáticamente, manipula, ejerce su profesión con un sospechoso sensacionalismo, ese medio carece de credibilidad. Da lo mismo que hable de si el Estado pagó con fondos públicos el silencio de Bárbara Rey, estimulando de paso la gran leyenda urbana (o no) de la relación entre la artista y el rey emérito Juan Carlos. Si ese medio no se ha ganado su credibilidad, no podemos dársela solo porque la noticia nos vaya a proporcionar más audiencia. No es cuestión de prohibir. Hay libertades que están incluso por encima de una mala praxis. Es cuestión de soñar con un país en el que la mayor parte de sus ciudadanos sepa distinguir entre el agua cristalina y el agua turbia.

 

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