Meryl Streep en los Goya

Hace seis días todo el mundo hablaba de los Globos de Oro. Sorprende cuando la sección de cultura abre los informativos, encuentra un hueco en las portadas de los diarios y, a la vez, es trending topic. Pero la noticia no era estrictamente cultural. O quizá sí. Trataba sobre el discurso que pronunció Meryl Streep al recibir el premio Cecil B. DeMille por su trayectoria. Sus palabras estuvieron comprometidas con su tiempo y con su país. No mencionó el nombre de Donald Trump pero no fue necesario. Un discurso que, en ese momento y en ese lugar, alude a la multiculturalidad de Hollywood y llama la atención sobre la necesidad de una prensa libre e independiente solo podía tener un destinatario.

Observé las reacciones. La mayor parte de ellas eran elogios a Meryl Streep. Y confieso que eché de menos esas alabanzas cuando Candela Peña, Maribel Verdú o Luis Tosar hicieron sus discursos de agradecimiento en los Goya y denunciaron las injusticias y desigualdades de nuestro país. En aquel momento no sentí tanto apoyo, sí percibí una persecución mediática –especialmente contra Verdú y Peña- e incluso noté esa aversión que determinados sectores de nuestro país sienten por el cine y sus profesionales a los que suelen definir, desde hace años, como ‘subvencionados’.

Cuando existe oposición y crítica, todo gobierno tiene la tentación de callarte la boca. En España y en Estados Unidos. Incluso fuerzas políticas que parecen haber nacido con las palabras ‘libertad’ y ‘democracia’ tatuadas en la piel. En Estados Unidos también se debatió sobre si era apropiado o no hablar de política en una ceremonia de entrega de premios. Exactamente lo mismo que defienden aquí algunas voces, incluso del propio mundo de la cultura y el espectáculo. Y lo que me sorprende es que aún haya alguien que opine que no.

La cultura es eso; es opinión, es crítica, es análisis, es compromiso, es denuncia. No entiendo otra manera de dedicarse a la creación que no sea involucrándose, comprometiéndose con su historia, con su tiempo y con su país. Y esa responsabilidad también implica tener que enfrentarse a un poder injusto, mezquino y egoísta. Está implícito en la propia esencia de la profesión. Hasta los bufones medievales hacían denuncia social. Un artista que trabaja con sus emociones, que crea, reproduce, interpreta textos, partituras y personajes comprometidos, pero que opina que la ceremonia de los Goya no es un lugar para criticar las injusticias de un sistema y su gobierno deja de ser un creador para convertirse en un simple intermediario entre el arte y el espectador. Nadie se cuestiona si los abogados, arquitectos, fontaneros o taxistas, profesiones que se pueden ejercer maravillosamente sin implicarse en temas espinosos, como desde hace años lo es la política en nuestro país, critican o no al Gobierno. Aquí lo que molesta es que lo hagan los creadores. Y muy especialmente, los profesionales del cine. Porque les aseguro que ARCO está lleno de piezas con una tremenda carga política pero no despiertan la misma rabia entre los poderosos y un determinado sector de la población. No sé si hubo alguna persona en España que aplaudiese el discurso de Meryl Streep y luego criticase el posicionamiento de los actores españoles. Lo lógico sería que no, por pura coherencia. Pero también es verdad que si de algo adolece este país en los últimos cinco años es de coherencia.

A nuestro favor podemos añadir que jamás ningún presidente del Gobierno contestó a las críticas y ataques de los actores con mensajes como los que Trump difundió por Twitter horas después. También es verdad que en España no nos ha gobernado Rafael Hernando, que es lo más parecido a Trump que tenemos por estos lares. En España somos más de putear a la sordina. Tirar de agenda, de contactos influyentes, para vetar, impedir que trabaje, cancelarle campañas de publicidad, para ver si así aprende quién manda aquí. Eso en Hollywood no pasa. A no ser que critiques la política de Israel respecto a Palestina que, en ese caso, ya puedes abrir un puesto de hot dogs. Pero a nadie se le ocurriría vetar a Meryl Streep. De hecho, estoy convencido de que le seguirán llegando guiones. Más aún. En eso hay que reconocer que nos ganan.

Desearía que Bayona o Amenábar, que son directores que trabajan mucho con actores anglosajones, le den un papelito a Meryl Streep en alguna de sus películas españolas para que, como hacemos siempre, podamos nominarla a los Goya para que asista a la ceremonia y nos aporte prestigio. Incluso podríamos darle el premio solo si promete un discurso reivindicativo, el mismo que le negamos a nuestros actores. Como muy bien dijo Meryl Streep hace una semana, cuando los poderosos usan su posición para oprimir, vetar, discriminar, perseguir o ridiculizar a otros, todos perdemos. Porque en su actitud está implícito un permiso para que todos los demás lo hagan. Y callarse ante eso no es una cuestión de educación o prudencia; es una vergonzosa irresponsabilidad.

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Un Comentario

  1. Para mí es primordial y espero de la gente que tiene una profesión cara al público su compromiso, no me gustan los políticamente correctos. Los actores españoles saben mucho de ello a pesar de que también son conscientes de los vetos que les hacen. No solo a actores también a presentadores que por hacer bien su trabajo, cuestionando las tropelías del gobierno de turno les quitan los programas, Las cadenas a cambio de algo obedecen sus órdenes. La libertad está supervalorada porque libertad lo que se dice libertad como que no. Además se suma la pasividad cada día mayor de la ciudadanía.

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