Como machos cabríos

He notado que, de un tiempo a esta parte, me adentro en las redes sociales con la misma disposición con la que me coloco ante un buen documental de vida salvaje: buscando la acción que me ayude a comprender los mecanismos que rigen la condición humana. Confieso que no he logrado satisfacer mis ansias de interpretación y entendimiento –o tal vez no quiera descifrar y mucho menos entender-, pero del mismo modo que descubrí la mejor secuencia de acción del año viendo a una iguana recién nacida huir de un escuadrón de serpientes en el arranque de la nueva temporada de Planet Earth, sospecho que algún día, un usuario de Facebook o Twitter logrará desmarcarse de los batallones que emplean la opinión como arma y quiero estar ahí para verlo.

No pretendo juzgar. Sería muy hipócrita por mi parte sabiendo que, en el estadio virtual, uno forma parte de un ejército sin haberse alistado siquiera. Pero sí exponer una apreciación que observo al alza en los últimos tiempos. Como un documental, las redes se han convertido en un escenario, la auténtica aldea global de McLuhan, en el que los seres humanos nos despojamos de todos los condicionamientos sociales que permiten la convivencia y nos mostramos salvajes en la opinión, como depredadores, buscando el liderazgo por la fuerza. La fuerza de nuestros argumentos (sensatos, ecuánimes, ilustrados o todo lo contrario) pero, básicamente, la fuerza del grupo. Pero lo curioso, y me encantaría que ahora sonase en su mente la voz de David Attenborough, en las redes el grupo se comporta como un único individuo para que el enfrentamiento se polarice y no pueda contemplarse el matiz, que siempre estropea cualquier opinión y su inmediata sugestión. Pura psicología de masas. De hecho, este documental se parecería más a una arcaica lucha de machos cabríos topando sus cornamentas. Eso sí, rodado en alta definición.

La vida salvaje es estremecedora. La humana, más. Y con el mismo desasosiego con el que seguí la secuencia de la iguana y las serpientes, asisto, una vez por semana mínimo, al enfrentamiento como representación del valor máximo de la sociedad contemporánea: la polarización. No importa que hablemos del anuncio de la lotería de Navidad, de PSOE, del PP, de Trump, de OT o de la reaparición pública de Isabel Pantoja. Lo importante es conseguir enfrentar dos puntos de vista –por eso funciona el bipartidismo- para que la sensación de unidad ante el contrario nos sirva como mecanismo para alcanzar el liderazgo. No es nada nuevo. Está en el adn del pensamiento político.

Pero lo que me llama la atención de la oposición en las redes sociales es que el argumento abandona ese significado seductor, que busca persuadir o convencer con la razón, y pasa a ser un arma dialéctica con la que ridiculizar al contrario, subestimarle y ponerle en evidencia. En las redes, no basta con dar nuestra opinión. Debemos caricaturizar la del contrario. Lo que aún no he descubierto es si lo hacemos por puro sectarismo o porque ya no creemos en la capacidad humana de discernir.

Educar en el binomio de opuestos es la manera más primitiva de involución humana. Siempre que antepongamos una idea a otra, un concepto, una ideología, una opinión, estaremos jugando en el terreno de los absolutos (el bien y el mal, lo malo y lo bueno), cuando si algo ha caracterizado nuestra historia es la relatividad. Ilustrar es más complejo que influir. Y para educar a una sociedad en el noble don del discernimiento, en la capacidad de distinguir, hay que instruir en libertad, sin censuras ni prejuicios, tratando al ser humano como un ser capaz, dándole información plural y permitiéndole trabajar su propia capacidad para, sin necesidad de dogmas ni consignas programadas, poder diferenciar con conocimiento. Eso haría al pueblo más poderoso y a los poderosos, menos perniciosos. Por eso la ideología y su brazo político rechazan toda educación que ilustre al individuo, porque con conocimiento se desactiva a la masa. Ellos son más partidarios de sembrar desigualdad, que es el factor que mejor polariza y ayuda a la persuasión. Pero, ¿por qué las personas no trabajamos más, aunque sea de un modo autodidacta, nuestra capacidad de discernir? Lamentablemente, y solo actuando como espectador de las redes sociales, he llegado a la conclusión de que no lo hacemos porque nos falta interés y nos supone un esfuerzo. Así funcionamos. Nos resulta más sencillo, y hasta entretenido, seguir actuando como machos cabríos que desarrollar un instinto de supervivencia que nos ayude a escapar de las serpientes cuando ya parezca demasiado tarde.

 

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