El terror según Charlie Brooker

Cada época histórica ha creado sus propios miedos y amenazas. Nos hemos construido, destruido y reparado después en torno a esos temores, a las terapias para afrontarlos y a las resoluciones para combatirlos. Hemos comprendido que la semilla del miedo es la que mejor germina, la única que es capaz de dar frutos a corto, medio y largo plazo. Los hemos visto retroalimentarse, renacer de sus cenizas y encarnarse en semejantes dispuestos a sembrar el terror para sentirse a salvo del terror. No hay mucha diferencia entre lo que experimentaba un habitante de la Edad Media y lo que podemos adivinar nosotros ante los fantasmas que genera el miedo. Sentimos lo mismo aunque las causas de los miedos sean otras. Hace ochocientos años, solo se temía a la muerte. Podía llegar a través de epidemias, de invasiones o de inclemencias del tiempo. Ahora, tememos a la vida y a la muerte.

En la representación artística de esos miedos, el cine ha creado todo un género. Desde el monstruo, que a día de hoy, comparado con nuestros temores actuales, nos resulta enternecedor, hasta los virus mutantes pasando por los insectos gigantes, los espíritus y los psicópatas. Pero el miedo adquiere una dimensión perturbadora cuando renuncia a los temores atávicos para instalarse en la cotidianidad. Cuando no tememos a lo desconocido sino a lo conocido. Hace dieciocho años, cuando Michael Haneke presentó Funny Games en Cannes, críticos y espectadores abandonaron la sala quejándose de la violencia, gratuita para ellos, que despedía la película. No era una película de terror. No pretendía serlo. Pero hoy en día lo es. Porque refleja el peor de los terrores: el reconocible. Hemos aceptado la violencia como protección y excusa ante el horror sin comprender –o lo que es peor, entendiendo- que la violencia es horror. En lo esencial, que es el hábitat propicio para el miedo, hay muy poca diferencia entre los jóvenes protagonistas de Funny Games y los violadores de San Fermín, con esos mensajes en un grupo de whatsapp llamado Manada. A ese temor me refiero.

Por eso opino que lo que ha logrado el guionista Charlie Brooker con Black Mirror es histórico; porque convierte en angustia nuestra vida cotidiana, nuestro instante en la historia, nuestra relación con las nuevas tecnologías, convirtiendo una costumbre perfectamente reconocible en el origen del horror. Le diría que si aún no ha visto esta serie –su tercera temporada se estrenó hace una semana en Netflix- deje de leer esta columna y corra a buscarla. Pero si prefiere seguir leyendo, solo puedo prometer no hacer spoilers.

El miedo, para Brooker, no reside en la oscuridad, ni en las casas encantadas, ni en los cenobitas. Coloca ese temor en el smartphone, en las aplicaciones que nos descargamos, en las webcam de los ordenadores, en las empresas de desarrollo de software, en las redes sociales, en nuestra cuenta de Instagram y en nuestro perfil del Facebook. Lo instala en nuestra vida, en nuestro presente inmediato, para hacer un ejercicio de distopía que la realidad actualiza en apenas unos años. En el capítulo Tu historia completa, en la primera temporada de Black Mirror, la humanidad puede acceder a una tecnología que graba todo lo que vemos y escuchamos. Por lo tanto, recuperamos o borramos un recuerdo como si fuese un video almacenado en la memoria del móvil. Hoy sabemos, con absoluto recelo, que a través de la excitación de ciertas zonas del hipocampo se pueden crear recuerdos artificiales. Existe un documental, Memory Hackers, en el que una doctora, experta en la ciencia de la memoria, le implanta un recuerdo falso a una persona. ¿Acaso lo que ha sucedido con el Pokemon Go no es algo que ya convirtió en terror Black Mirror hace tres años?

Pero lo aterrador de la propuesta de Brooker es que no sataniza las nuevas tecnologías. No son el monstruo malvado al que hay que destruir para estar a salvo. El peligro somos nosotros. El enemigo no es la realidad aumentada, ni los videojuegos, ni un software perfeccionado, ni Instagram, ni el doble check del whatssapp. Somos nosotros, emocionalmente inestables, macerados en miedos, inseguridades o arrogancias, quienes manejamos esa poderosa tecnología sin estar a su altura. Cualquier progreso tecnológico nace con una vocación de bienestar, de encontrar soluciones prácticas a dilemas concretos. Es nuestro uso el que envilece el avance manifestando más carencias que virtudes y conquistando el más amenazador de los finales: la pérdida de perspectiva que nos hace olvidar que detrás de los alias, los likes, los perfiles, hay personas.

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