Pedro Sánchez que estás en los cielos

Vivimos buenos tiempos para la observación. Para los que nos gusta mirar –si esto fuese tele, les guiñaría un ojo-, hace dos semanas que vivimos en una orgía de impresiones. No he visto rayos brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser pero sí he visto cosas que me costaba creer. Y no me refiero al lamentable y muy escalofriante suceso histórico de principios de octubre, cuando un partido político centenario decidía inmolarse a la vista de todos. Les aseguro que después de escuchar descripciones sobre cenas de Nochebuena de muchos ciudadanos de este país, una deshonesta lucha por el poder me parece hasta razonable. Me refiero a las consecuencias de todo aquello.

Para muchos, precisamente para quienes valoran la estabilidad siempre y cuando el equilibrio les favorezca a ellos, Pedro Sánchez es un cadáver. Muchos de esos cambiaron los abrazos y las manos estrechadas por puñales y encías ensangrentadas. Sus estrategias no me sorprenden. He visto House of Cards. Otros, los que le ridiculizaban y le retaban en el Parlamento, ahora le echan de menos. Los mismos que asaltaban las redes explicando las razones por las cuales Podemos no debía pactar con la ‘casta’, lamentan su muerte. Quienes pactaron con él, ahora celebran el cambio. Y mientras, periodistas que aparcan la profesionalidad y enarbolan la ideología, van haciéndole la autopsia al cadáver supongo que para comprobar si hay algún órgano con el que poder traficar. Apasionante de ver y penoso de soportar.

Asumiendo que la táctica del Partido Popular, desde que las arenas movedizas les impiden dar un paso sin que brote un escándalo de corrupción a sus pies, es intentar pasar desapercibido y dejar que el espectáculo lo monten los demás, sorprende que un partido como el PSOE haya aceptado el papel de gladiadores en este circo romano. Me sorprendió no porque creyese que Pedro Sánchez era un líder al que estaban echado a los leones. En absoluto. Me extrañó porque precisamente se convirtió en líder unas horas antes de ser devorado por los leones. La noche del 30 de septiembre, cuando Sánchez anunció que dimitiría si el Comité Federal rechazaba la abstención a Rajoy y la convocatoria de un congreso, cuando obligó a los barones del partido a quitarse la máscara, cuando se reafirmó en sus razones para el NO, fue entonces cuando muchos, que antes no le habíamos prestado ninguna atención, vimos un líder. Precisamente lo que necesitaba el PSOE desde los tiempos de Felipe González. Porque los líderes se proyectan en la adversidad. Y no hay mayor adversidad que la de sentirte traicionado por los tuyos. De hecho, estoy convencido de que si el Comité Federal del PSOE no hubiese articulado ese pseudo golpe de estado, con esas estrategias tan poco democráticas, y tras el día de los cuchillos largos que se vivió en Ferraz, la postura de Sánchez hubiese sido la vencedora, el PSOE hubiese remontado asombrosamente en las encuestas y en intención de voto. Seguro.

Porque el desencanto de los votantes con el partido, la sangría de votos y escaños, no es responsabilidad de Pedro Sánchez. Viene de la segunda legislatura de Zapatero, de las políticas económicas y laborales que firma, del cambio express de la Constitución de la mano del Partido Popular, del despropósito de la era Rubalcaba. De ahí viene la debacle. Si bien el cometido de Sánchez era frenar esa sangría y no lo consiguió, también es pertinente hacer otra lectura: si al acercarse al PP, el PSOE perdió la fidelidad de sus votantes, ¿qué lógica tiene abstenerse para permitir un gobierno del PP? Cada vez que el PSOE piensa igual que el PP, pierde un votante. Eso es así. Y ese votante, o no se recupera y pasa a engrosar la ya preocupante cuota de abstencionistas de este país, o bien busca consuelo en otras fuerzas de izquierda que puede que radicalicen su discurso pero, ¿acaso no es radical el discurso del FMI, de la Troika, de Montoro, de las energéticas?

La estrategia de Sánchez, basada en el enfrentamiento con las fuerzas de izquierda del arco parlamentario, ya fuese por Venezuela o por Catalunya, pretendía dejar al PSOE solo en el amplio territorio del centro izquierda ideológico. Y no lo consiguió. Al revés, lo asimilaba al centro derecha cuando sus políticas consumadas y sus pactos por consumar se parecían mucho a los del PP. De hecho, Ciudadanos solo pacta con el PP y con el PSOE. A la vista de los datos, ¿no sería lógico intentar un cambio de maniobra? Eso pretendía Sánchez cuando diecisiete dimisionarios de la ejecutiva del PSOE comenzaron su particular representación de Julio César. Cuatro días después, Javier Hernández, presidente del gremio de zurcidoras que cose el partido, declaraba que ‘mataron’ a Pedro Sánchez porque había “podemizado” al PSOE. Bueno, supongo que la vida es eso: puntos de vista. Pero, con los datos en la mano, al PSOE no le sale muy rentable ‘pepeizarse’ ni ‘ciudadanizarse’ así que…

Inquieta ver la luz de un líder justo antes de que le corten la cabeza. Muy Juego de Tronos, por otra parte.

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