La cultura del entretenimiento

Los datos también embisten. Como un toro, como un camión descontrolado. Hace unas semanas, el crítico Antonio Sempere comentaba, en su red social, la taquilla que cuatro películas españolas habían tenido en su primer fin de semana en la cartelera. El dato era desolador. La mejor parada había sumado 3.000 espectadores en 52 salas. Se preguntaba Sempere si íbamos a seguir fingiendo que no pasaba nada. Recuerdo que aludí a los éxitos de Cuerpo de élite, que recaudó 1,2 millones en su primer fin de semana, Kiki, Ahora o nunca o los apellidos vascos y catalanes para desmontar esa idea de que el cine español no interesa y no es rentable.

Hace unos días, choqué con otro dato. La sonata del silencio, la adaptación televisiva de la novela de Paloma Sánchez-Garnica ambientada en el Madrid de finales de los 40, caía en su segundo capítulo a un 9% de share mientras que Gran Hermano, en su convocatoria número diecisiete, subía a un 14,1%. Y recuperé aquella conversación virtual con Sempere, que se mezcló con la educación, las subvenciones, las nociones de gusto y el papel determinante que las cadenas privadas de televisión están teniendo en nuestro cine. Porque, en el fondo, esos temas tienen que ver con lo mismo: la banalización de la cultura.

Deberíamos empezar a reconocer que la cultura nunca fue una industria; lo fue el entretenimiento, eso sí, que puede nacer de una creación cultural pero no necesariamente culta. Umberto Eco, que para la cultura masiva es el autor de El nombre de la rosa, ya apuntó que la cultura era una forma de vida social y que, por lo tanto, tenía sus reglas, sus prácticas y sus vínculos. Esa cultura, en prácticamente todo el mundo, se rige por unos parámetros básicos de evasión y distracción. El entretenimiento dirige la cultura. Digamos que el hijo revoltoso acabó dominando a su madre. Y si bien durante décadas ambos convivieron dignamente, asumiendo sus lugares, sus reglas y sus lazos, ahora, en la era de la rentabilidad, parece que solo el entretenimiento puede sobrevivir, provocando un serio empobrecimiento de la cultura.

No es un problema exclusivamente español. Por ejemplo, la mayor parte de los estadounidenses no ha visto series como Mad Men o Fargo. Prefieren Anatomía de Grey o CSI. Van en tropel al cine a ver Transformers o Jurassic Park, no Inland Empire o Shame. Leen a Nora Roberts, no a Paul Auster. Pero, y aquí si percibo una diferencia con España, su sistema, conocedor del papel que juega la cultura en la construcción de su identidad, logra que todos convivan, en sus propios star systems, con sus reglas particulares, con el único fin de convertir su cultura en una especie de instrucción universal. Desde Noam Chomsky a Paris Hilton. Todo vale, cada uno tiene su público y emplea su propia área de influencia para construir país. Y claro, casi 320 millones de habitantes dan para crear símbolos como Steve Jobs o Donald Trump.

Sin embargo, en España, el juego se ha inventado unas reglas nuevas. Pese a ser un país de infinita riqueza cultural, sus pilares en la sociedad eran tan débiles que la rentabilidad económica ha acabado imponiendo un modelo de cultura asentado en la banalidad, dándole todo el poder al mero entretenimiento, entorpeciendo la convivencia con otra cultura –y otro entretenimiento de calidad- y relegando la autoría, la reflexión, el compromiso, el discernimiento, a un desnutrido underground. Y eso es causa y consecuencia. Consecuencia de un país que carece mayoritariamente de interés cultural, que tiene una ley de educación que considera marías a la plástica o la música, que utiliza la crisis para convertir la cultura en un erial, que recorta las ayudas a la creación cultural, que delega la producción cinematográfica exclusivamente a los intereses de las televisiones privadas (que tratan las películas como si fuesen parte de su programación, lo que supone invisibilizar al resto), que está gobernado por personas molestas con la ideologización de la cultura cuando despojar a la cultura de ideología es tan despropósito como arrebatarle la fe a la religión. Ese país, el mismo que habita entre el speed y la sedación, el mismo que vota mayoritariamente al partido que da por perdidos los 26.300 millones en ayudas públicas a la banca pero ha difundido la idea de que la cultura está poblada de ‘subvencionados’, acaba siendo lo que consume. Y si consume más entretenimiento que cultura, si prefiere no pensar a construir un pensamiento crítico, acabará siendo un lugar carnavalesco y parodiable. Si no lo somos ya.

Como en Estados Unidos, aquí la taquilla la hacía Ozores, no Saura. Pero si, por desidia o preferencias, supeditadas o no, impedimos que nos contamine toda esa otra cultura, la del discernimiento, la de la reflexión, la del pensamiento, y nos volcamos en la rentabilidad cultural de la moda dominante, acabaremos siendo, exclusivamente, lo que consumimos.

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