Por un puñado de followers

No es nada nuevo. Ya lo hizo Elvis con su tupé, Sarah Jessica Parker con los Hamptons o Miley Cyrus con la serie Grace and Frankie. Influir. Esa era una de las características notables de la popularidad en el siglo XX y algo de eso hemos arrastrado hasta el XXI. Admirábamos el trabajo de un cantante, una escritora, un actor, y a partir de ahí nos interesaba conocer algo más sobre sus gustos, aficiones, influencias, porque siempre pensamos que lo que era bueno para ellos tenía, obligatoriamente, que ser bueno para nosotros. De ese error ya hablaremos en otra columna.

Esa seducción fue aprovechada por las marcas y las agencias de publicidad que encontraron en los famosos la imagen y la credibilidad que necesitaban para vender sus productos. Repito, no es nada nuevo. Sin embargo, vivimos unos tiempos en los que Internet y las redes sociales han alterado las reglas del juego. Ese vínculo entre el que influye y el que se deja influir se acaba convirtiendo en una parodia de sí mismo, transformando en tendencia aquello que un chico mono –por joven, no por bello- se ha puesto en la cabeza en una foto de Instagram. ¿Por qué? Porque tiene 30 k (o sea, 30.000 seguidores) y muchos likes en sus fotos.

Es evidente que estamos ante un fenómeno social, tal vez cultural, y por eso no debemos cometer el error de ignorarlo ni tratarlo con sospechosa condescendencia. Pero me cuesta encumbrar a personajes como El Rubius por el mero hecho de que su video sobre maneras de molestar a tu compañero de piso interese a casi 30 millones de personas en su canal de Youtube. Sería apoyar un sistema basado en el poder del que la tiene más grande y, la verdad, no me interesa. No fuera de mi cama. El hecho de que Duele el corazón de Enrique Iglesias haya sido la canción más vendida del año no me va a hacer creer que es la mejor canción. La escala de valores es distinta. Y compatible, ojo. No se trata de subestimar el criterio de la masa. Lo que sucede es que, en la era de la rentabilidad, tengo la impresión de que el baremo lo marca, exclusivamente, la cifra. No el contenido, no la calidad, no el discurso, no el talento, no la trayectoria; solo las cifras.

Les sorprenderá saber que desde hace unos años, cuando un actor o actriz tiene que acudir a una prueba para una serie de televisión, puede ser determinante en su contratación el número de seguidores que tenga en Twitter o Instagram. Por encima de la calidad de su última interpretación. Eso que llaman ’presencia en redes’. Warhol hubiese disfrutado como un niño en estos tiempos en los que medimos la popularidad en k’s, m’s y likes ficticios (de hecho comprarlos no cuesta más de 20 euros y algunos se lo han tomado como una inversión muy rentable).

Y como siempre ha sucedido, esto tampoco es nuevo, alguien le saca rédito económico al momento. Aquello de que el famoso vende, que podría tener una lógica, se modifica con la aparición de nuevos modelos de ‘influyentes’: gente absolutamente desconocida que adquiere relevancia a medida que aumenta su número de seguidores y likes en las redes, especialmente en Instagram. No deja de fascinarme la ingenuidad de marcas y agencias de publicidad que siguen creyendo que porque un instagramer salga en una foto alojado en un hotel de 5 estrellas, sus 30.000 seguidores van a ir corriendo a reservar habitaciones en ese hotel. Pero mientras reservan o no, el instagramer ha ingresado entre 450 y 4.500 euros por foto y hasta 6.000 por tuit. Y si acuden a un evento, la cantidad puede dispararse hasta las cinco cifras.

Quizá deberíamos empezar a llamar a las cosas por su nombre y decir que los youtubers, los instagramers y los tuitstars, hacen publicidad. Nada reprochable sino fuera porque el consumidor, por ley, debería saber si eso es una opinión real o si están cobrando por ella porque, en ese caso, su punto de vista y discurso está condicionado por el dinero del que paga. Eso hizo la Warner Bros, que pagó a youtubers para que hiciesen comentarios favorables de un videojuego, y fue condenada, por la Comisión Federal de Comercio de EEUU, por “comentarios engañosos” para el consumidor. Si alguien recibe dinero a cambio de publicar un comentario, foto u opinión sobre un producto, debe revelar esa relación. Algunos instagramers ya lo especifican con el hashtag #ad, que significa que eso es un anuncio, no una simple foto de Instagram.

A veces pienso que, como sucedió con el mercado inmobiliario, algún día estallará la burbuja de los influencer en redes sociales y nos van a salpicar a todos las gotas de Moët Chandon.

captura-de-pantalla-2016-09-07-a-las-19-30-59

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: