Los oasis

 

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Habitamos un planeta que asegura ser real. Un mundo en el que todo lo que nos sucede, todo lo que vemos, todo lo que adquirimos y despreciamos, es auténtico. Pareciese como si, nada más nacer, se nos hubiera implantado un microchip de
practicismo a golpe de realidad. La realidad ES, de una manera absoluta e  incuestionable. Pero tal vez estemos pasando por alto el hecho de que nuestra realidad sea solo una apariencia.

Desde hace bastantes años pienso que los humanos –tal vez en las comunidades más privilegiadas de la especie-habitamos pequeños oasis en medio del desierto.  Lugares en los que procuramos rodearnos de comodidades, de lo que nos gusta, de los afines, sin que ningún elemento externo pueda distorsionar nuestra propia fantasía de la realidad. Digamos que nos hemos adaptado a una realidad hostil, áspera, ingrata, creando un paraíso artificial en el que, sin llegar a aislarnos, divisamos la vida como si fuese una irrealidad que les sucede a los demás porque nuestro oasis está edificado sobre la auténtica realidad. No sé si me siguen pero sería una especie de teoría epistemológica de andar por casa. Hace un mes, si alguien le preguntaba a un británico sobre el Brexit, este contestaba, con absoluta seguridad, que ganaría la permanencia. Cuando Donald Trump presentó su candidatura para ser el representante del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos, la mayor parte del planeta sonrió con la indulgencia del que aplaude al clown aunque no le haya hecho gracia. Escuchábamos a nuestro alrededor que la sonrisa de Unidos Podemos iba a acabar en un sorpasso que cambiaría este país desde abajo. Y tras los resultados de las elecciones del 20-D, la gente asumió que los nacionalismos eran ‘líneas rojas’ que determinados partidos no estaban dispuestos a cruzar. Y no mentían. Estaban, estábamos, seguros de ello. Y que ganase el Brexit, que Donald Trump esté un poco más cerca de la presidencia de los Estados Unidos, que el sorpasso acabase siendo una leyenda o que el Partido Popular pacte con partidos nacionalistas no es una consecuencia del factor sorpresa. Es que nuestra percepción de la realidad está distorsionada. Creemos que la realidad es equivalente a la percepción que tenemos de ella. Pero teniendo en cuenta que habitamos oasis en los que convivimos unidos por afinidades ideológicas, religiosas, económicas, culturales o activistas, nuestro contacto directo con la realidad es irreal porque no acepta la diferencia, la incógnita, el elemento desestabilizador. El oasis nos hace sentirnos protegidos, a salvo, pero dificulta nuestra captación de la realidad al negarla a cambio de una cierta familiaridad.

En nuestros oasis predicamos a conversos, a los que no necesitan cambiar de opinión porque ya opinan lo mismo que nosotros. Todos lo hacemos. Es posible que si usted lee esta columna todos los domingos sea porque opina, en parte, lo  mismo que este que escribe. Igual que no mantendríamos una relación con alguien que nos cuestiona, que nos critica, que nos discute todo el tiempo, no solemos leer medios de comunicación que puedan contradecir nuestra opinión. Y uno ya no  sabe si por cabezonería o por miedo a encontrar trazas de razón en el pensamiento contrario. Y aunque es cierto que somos libres de elegir nuestro discurso –y hasta de copiarlo si se ajusta a lo que queremos decir, ¿verdad Melania Trump?-acabamos por ignorar el de los demás y esa es la mejor manera de crear estadísticas fallidas y estrategias erróneas.

Creamos un veredicto, un criterio, que nos lleva a pensar que somos muchos, que el margen de error es minúsculo y que la victoria siempre está de nuestro lado. Observamos la realidad, como si fuese un Mordor lejano, desde lo alto de los muros que protegen nuestro oasis, persuadidos por nuestra causa que, si en algo es experta, es en ver la paja en el ojo ajeno e ignorar las luces de alarma que se iluminan en tu entorno más inmediato. Y uno ya no sabe si llamar a nuestra realidad oasis o directamente espejismo.

Creo que a partir de ahora me voy a definir como un idealista metafísico, un negador de la realidad que considera que todo lo que llamamos real depende de las construcciones mentales que creamos al respecto pero que dista mucho de lo que
realmente, si me permiten el adverbio, está sucediendo.

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