Los grupos de whatsapp

Me apasiona comprobar cómo la especie humana tiene la capacidad de viciar un progreso tecnológico, creado para hacernos la vida más cómoda, y convertirlo en un sometimiento. He aceptado que el signo de estos tiempos viene marcado por tres conceptos: las tecnologías, la aceleración y la ilusión. Vivir al margen de las tecnologías nos convierte en los nuevos analfabetos. La aceleración hace que consumamos las ideas, las noticias, de una manera antinatural, a gran velocidad, logrando que el pensamiento se quede obsoleto al instante y tenga que ser sustituido inmediatamente por otro. Y la ilusión porque una gran parte de nuestra vida digital es ficticia, no es real. Es como si optásemos voluntariamente por el sucedáneo en lugar de elegir lo auténtico. Y por pura comodidad. No es como la persona que compra un bolso de Hermés falso porque no puede comprarse el original. Es que ya hemos asumido el sucedáneo como original. Y repito, por pura comodidad.

He contabilizado cerca de una docena de grupos de whatsapp en mi teléfono. Les escribo desde el interior de esa vorágine. Esos grupos, que nacieron como una posibilidad más de enviar mensajes instantáneos, se han convertido, en algunos casos, en sustitutos de las relaciones personales, en espejismos de una realidad ficticia que adquiere un valor inusitado al basarse en un uso masivo y desproporcionado. Miren el jaleo que tienen montados los concursantes de la primera edición de Operación Triunfo porque existe un grupo de whatsapp en el que están todos menos dos. Hemos dotado de características humanas a una aplicación sabiendo que, en el fondo, no tenemos que pagar un alto precio por la desidia, la dejadez, la renuncia o el rechazo, que siempre son más costosos en la vida real. No sé si me siguen. Es como si el grupo de whatsapp crease un falso vínculo. Todos los que participan de él lo saben pero ninguno dice nada. Aceptan las reglas de ese nuevo juego sin cuestionar lo perverso del juego.

Armándonos de sentido del humor podríamos hablar de los grupos de amigos, de los grupos familiares, ¡de los grupos que se crean para comprar un regalo de cumpleaños! –cuatrocientos números de teléfono de personas desconocidas y te sientes como Rick Grimes despertando del coma en The walking dead-, de los usuarios que escriben continuamente, de los que prefieren las notas de voz, de los que lo comentan todo y de esos que nunca participan -¿habrán fallecido?-; de los que te llenan el teléfono de memes, chistes, fotos de gatitos y citas de Paulo Coelho (casi siempre son familia y no los puedes bloquear), de los que dividen una frase en diez mensajes –malditos sean- y del pobre que una vez se atrevió a abandonar un grupo y desde entonces vaga sin rumbo por el desierto buscando un poco de agua con la que humedecer sus labios.

Pero dejando el humor a un lado, hay algo de ese sucedáneo de las relaciones en los grupos de whatsapp que me empieza a desanimar. Aunque los veamos como prolongaciones de la vida real, no lo son. De hecho, los vínculos reales se generan en torno a una afinidad que, con el tiempo y el trato, puede pasar a convertirse en amistad o quedarse en ese limbo, un poco cajón de sastre, que son los compañeros de trabajo, de gimnasio, de clase de inglés,… Esas relaciones humanas tienen sus propios códigos que se pervierten cuando son reemplazadas por un grupo de whatsapp. Mientras que la afinidad es el elemento aglutinador en la vida real, en la realidad paralela de los grupos de mensajería suele ser el instante, el proyecto en común, una relación puntual pero vivida con la misma intensidad que si fuera sincera. En esos grupos entran personas que puede que no tengan ninguna afinidad real, ningún interés las unas en las otras más allá del instante que están viviendo. Pero, sin embargo, se afianzan sobre unos pilares que fingen ser tan sólidos como los de una amistad incondicional. ¿Quién no ha sido víctima de grupos de whatsapp cargados de mensajes de amor, de amistad, de cariño, de citas para cenar, para comer, de buenos días y buenas noches, mientras duraba el proyecto en común y al finalizar esa tarea los hemos visto morir? Desaparecemos de la vida de esas personas, ya no estamos en sus agendas, ya no formamos parte de sus planes cuando nos hicieron creer que sí. Se abandonan las palabras, los buenos deseos, los lazos, como un electrodoméstico viejo, dejándolos oxidarse mientras son otros los que ahora, puntualmente, reciben los mensajes de amor y los buenos días en un grupo exactamente igual de efímero que el anterior. Días de ciento cincuenta mensajes por leer que dan paso al sonido del viento empujando una de esas nubes del desierto que siempre pasa por delante de la cámara minutos antes del gran duelo. Eso deja en evidencia la mala calidad del sucedáneo. Del producto que consumimos como bueno por la enorme pereza que nos provoca el esfuerzo de tener que vestirnos y salir a la calle para adquirir el ecológico.

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  1. Aguda reflexión como siempre…He echado de menos una mención a esos personajes (bastante comunes por otro lado) quedan a cenar o a comer y se sientan, ponen el móvil encima de la mesa y están chateando con otros grupos de forma intermitente mientras se desarrolla la velada…

  2. Somos testigos de una época en la que hemos sustituido las relaciones 3D por sistemas de mensajería que adolecen de la capacidad comunicativa de un gesto, una mirada, de una voz que te habla, y te escucha, no digamos ya de un roce. Incapaces de interpelar a la otra persona en real, nos deshacemos de las relaciones como si fueran prendas de quita y pon. Nuestra rica lengua entrando en barrena y nuestra capacidad de expresar emociones tirada por el barranco de las pantallas de plasma. Y así nos va. Me pregunto si como sociedad y como individuos seremos capaces de sobrevivir a esta pereza intelectual y sobre todo, emocional.

  3. Pepe Reyes Yahoo

    Eres una maravilla con patas. Disfruta de tus vacas

    Enviado desde mi iPhone

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