La amabilidad es gratuita

No es la primera vez que me sucede. Suelo ir al gimnasio por las mañanas, para evitar las aglomeraciones de las tardes y mitigar también el influjo negativo de ese cachitas de mancuerna que suele jadear en polifonía cada vez que hace un ejercicio. A esos los suelo llamar sharapovas. A lo que iba. No es la primera vez que me sucede que al entrar en los vestuarios, con unas tres o cinco personas dentro como mucho, diga ‘hola’ y no me conteste nadie. En esos momentos se apodera de mí una especie de Edward Hyde que desearía repetir, subiendo cuatro tonos más, ‘¡he dicho hola!’ Pero no lo hago. Me callo y lo dejo pasar. La acción suele duplicarse cuando llega la salida. De un vestuario con media docena de personas, con suerte uno contestará, tímidamente, a tu ‘hasta luego’ de despedida.

Tras encontrarme con vecinos en la escalera que tampoco responden a tu saludo, camareros que te atienden con un desprecio inaudito, cajeras del banco que te hacen sentir como si fueras a vomitarlas en el regazo, me he preguntado las razones que nos han empujado a ser tan poco amables con los demás. ¿Tanto le cuesta a algunas personas pronunciar un ‘hola’, un ‘hasta luego’, un ‘gracias’?

Cuando leo que la crisis económica ha sentado los cimientos de una sociedad mucho más solidaria y comprometida con los demás me pregunto si estaré yo viviendo en una realidad paralela en la que cada vez se mira más por uno mismo, la disculpa se ha devaluado y la amabilidad se ha confundido con un gesto de servilismo. Tal vez sea un mal inherente a la vida urbana, siempre caótica e impersonal, pero en cualquier caso nada insignificante cuando ha llamado poderosamente mi atención.

Acepto la lectura ejemplarizante de los medios de comunicación que encuadran el plano en la virtud y no en el defecto. De hecho, es un tipo de información mucho más estimulante. Pero confieso que la sensación que recibo, como puro peatón, es que hemos hecho de la mala educación un rasgo de estilo. Porque la amabilidad a veces no tiene nada que ver con la cortesía. Basta con escuchar tu música con cascos, no desde tu móvil para todo el vagón; basta con mirar a tu alrededor y no solo a tu ombligo; basta con pronunciar las palabras mágicas ‘por favor’ y ‘gracias’. Pero eso, en esta colectividad que ha debido creerse que estamos en una revolución y los revolucionarios no sonríen, se ha embarullado con una sensación de servilismo, incluso de valores de viejo beato, que han acabado por hacernos, aunque solo sea una pose, menos afables.

No estoy reivindicando un discurso cumbayá. La cordialidad no es una característica de la fragilidad. Hace unas semanas escribía en esta misma tribuna mi escasa tolerancia al abuso de poder, a la arbitrariedad, con la que algunos pagan la prudencia de los demás. Ser una persona amable, sonriente, educada, alérgica al conflicto y que trabaja mucho mejor desde el compañerismo, la confianza y el respeto, puede ser interpretado como un síntoma de docilidad, como si se fuera más permeable a la sumisión, en una lectura que solo pone de manifiesto lo mucho que aún nos queda por aprender en lo que a inteligencia emocional se refiere.

A riesgo de pecar de infantilismo, creo que no es tan complejo ser amable con los demás. Bastaría con ser conscientes de ello, no entender la amabilidad como una manifestación espontánea sino como una conducta voluntaria y consciente. No estoy hablando de ir por la calle como si te hubieses desayunado una seta. Hablo de volver a aceptar de buen grado la gratuidad del saludo, el salvoconducto de la sonrisa y el ejercicio mental de ponernos, por un instante, en la piel del otro. A mí me compensa. A veces he sido amable sin ninguna gana de serlo pero les confieso que convertirme en un ser antipático, aunque solo fuese por un momento, me generaba más ansiedad.

Hoy volveré a salir a la calle intentando que la falta de amabilidad de los demás no me provoque una respuesta agresiva. Puede que alguno crea que mi actitud no es más que una pose, un protocolo para socializar. Bueno, y si fuera así, ¿cuál es el problema? Puede que la amabilidad, como decía Schopenhauer, solo sea una almohadilla sin nada por dentro pero, en cualquier caso, sigue amortiguando las embestidas.

VIVE1

  1. Muy acertado como siempre.Yo siempre he pensado que es este un rasgo muy de Madrid. Algo que, por otro lado, me parece curioso siendo Madrid una ciudad con una gran capacidad de acogida, sin embargo lo de saludar al vecino con el que te cruzas y el ejercer una mínima cortesía diaria es verdad que a algunos parece que les doliera físicamente
    Un saludo

  2. cipripedia

    Fantástica reflexión, yo mismo también he experimentado escenas parecidas en mi lugar de trabajo, que para más inri es un centro educativo… en fín, si ni los compañeros levantan la cabeza de sus papeles ante un “buenos días” de un compañero, imagina si lo pronuncia un extraño. Gracias como siempre por poner negro sobre blanco pensamientos tan afines. Un saludo.

  3. Me gusta muchísimo y lo suscribo absolutamente. Gracias por la amabilidad de ofrecernos tus amables palabras!

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