Las placas conmemorativas

Fue en Londres. Hace una semana de eso. Paseando por la capital, redescubriendo la ciudad en cada esquina y plaza, me encontré con una placa conmemorativa de esas que, aferradas a los muros de los edificios, recuerdan los hechos históricos que sucedieron en ese lugar o a las personas que nacieron, vivieron o murieron en esas casas. La placa estaba dedicada al grupo Pink Floyd. Explicaba que ahí se alzaba el centro en el que estudiaban tres de sus componentes y que sirvió de punto de encuentro para crear una de las bandas más influyentes de la historia de la música. Ese mismo día ya me había encontrado con una placa que señalaba la casa en la que vivió Bernard Shaw y Virginia Woolf –en siglos diferentes, obviamente- y otra que rendía tributo al número 23 de Heddon Street, la localización de la mítica fotografía que sirvió de cubierta al The rise and fall of Ziggy Stardust and the spiders from Mars de David Bowie.

Aunque en un principio pensé en la enorme influencia que la cultura anglosajona tiene en el resto del mundo y en el mérito de una sociedad que ha sido capaz de convertir su bandera, y hasta a su reina, en un icono pop –eso es algo que los estadounidenses también han conseguido-, pronto me trasladé al incómodo espacio de la comparación. Puede que sean dañinas para el crecimiento personal pero suelo caer en la (quizá provinciana) tentación de confrontar políticas municipales, leyes e inquietudes públicas y privadas con las de mi ciudad o país. Y pensé en el poco peso que las artes tienen en la conmemoración pública del hecho cultural e histórico de nuestras ciudades. No voy a equiparar Palma con Londres. No es el caso. Pero sí voy a acercarme a Madrid.

En Madrid hay unas 350 placas conmemorativas en diferentes fachadas de distintos puntos de la ciudad. Comenzaron a instalarse en 1990, como parte del Plan Memoria de Madrid, dentro de las propuestas pensadas para la capitalidad cultural europea que se celebraría dos años después. Los políticos tienen sus placas. También los hechos históricos y, por supuesto, los santos, en clara mayoría. La cultura también, ojo, pero me atrevería a decir que lo más ligado a la sociedad contemporánea que el Ayuntamiento, durante décadas, ha considerado digno de mención son los nombres de Gloria Fuertes y Casimiro Mahou. Berlanga tiene su placa, como Pío Baroja, Sorozábal o Buñuel. Pero hay una actitud decimonónica en la valoración del hecho cultural frente a la cultura popular. En Madrid hay placas que evocan el paso puntual por la ciudad de Casanova, Verdi o Victor Hugo. ¿Son más interesantes esos reclamos que saber que en el número 14 de la calle de La Palma estaba la casa de Las Costus? O el lugar que una vez ocupó el Rockola. Incluso la calle del Oso, donde se crió Ana Belén. Evidentemente no tienen el impacto universal de un Bowie, de unos Beatles o de Pink Floyd, pero sí son importantes en la historia cultural de una ciudad y un país.

He visto una entrevista con el actor Kevin Spacey en la que habla del poder transformador de la cultura y las artes. Un libro, una obra de arte, una representación teatral o una canción son herramientas que ayudan a creer y a crecer; elementos necesarios para armar una personalidad e incluso para repararla cuando se fragmenta. Se escapa a mi entendimiento ese interés por relegar las artes frente a otros conocimientos que, sinceramente, creo que ayudan mucho menos a construirnos a nosotros mismos. Y cuando se les rinde homenaje, siempre es desde una minimización de la cultura pop.

La cultura y las artes, entendidas también como parte del entretenimiento, son el antídoto contra la falta de autoestima del individuo, la herramienta de la que nos servimos aquellos que nunca supimos cual era nuestro sitio para, al menos, levantarnos y buscarlo. Cuando era pequeño, las carreras que infundían respeto eran las de ciencias. La única de letras que se admiraba era Derecho. Lo otro eran ‘marías’. No sé si eso ha cambiado con los años pero cuando miro la lista de las personas más poderosas del mundo y solo encuentro políticos, líderes religiosos y grandes empresarios tiendo a pensar que no. Nunca aparece un escritor, un bailarín, un músico. Porque el concepto de ‘poder’ que valora esta sociedad es muy distinto al verdadero poder transformador de las mentes. El poder de la ley y el dinero frente al poder de una canción como Rock and roll suicide o un poema de Gil de Biedma.

Desearía que las ciudades conmemorasen toda cultura, las artes y su relevancia histórica y social sin desmerecer su potencia aglutinadora. Hace más por ese sentimiento una placa recordando que ahí compuso Antonio Vega o vivió Lola Flores que todas las placas que señalan los lugares en los que se alojaron Giacomo Casanova, Puccini o Hans Christian Andersen, como si no tuviésemos referentes culturales propios que celebrar.

El arte es lo que ha salvado a aquellos que, una vez, nos sentamos al fondo de la clase para pasar desapercibidos. A los hombres y mujeres celofán, a los tímidos y asustados, a los que buscan su sitio, porque es a través de la letra de una canción, de las palabras de un poema, de la proyección de una película o de la experiencia de un taller teatral donde encuentran un modo de expresión, el motor que nos impulsó a levantarnos de la silla y avanzar. Y eso no solo es bueno para nosotros; es bueno para toda una comunidad, toda una nación y todo un planeta.

 

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