No lo entiendo / No lo soporto

Hay edades más herméticas a la sensibilidad y, a su vez, absolutamente permeables a la pasión. Sabemos que en los primeros años de vida empezamos a componer el puzzle de nuestra inteligencia emocional dándole una relevancia primordial a lo sentido y experimentado en esos años. Ahí comienza nuestro desarrollo emocional. Del mismo modo que la adolescencia es más vulnerable a los extremos cambios de ánimo pero la pasión siempre inclina la balanza, la madurez resulta extraordinariamente estresante. Las responsabilidades, los roles, las aspiraciones, el estancamiento,… Solo de escribirlo ya me he agobiado.

Siento que a medida que me voy haciendo mayor –aunque soy de los que suscribe la frase de Shirley Bassey, “no nos hacemos mayores, nos hacemos mejores”– estoy más expuesto a la emotividad. Pero, a su vez, mi tolerancia al abuso, a la arbitrariedad, incluso a la estupidez, es inversamente proporcional a mi edad. Antes, aceptaba todas las exigencias que rodeaban al ser humano que soy, en lo personal y en lo profesional, llegando a creer que su cumplimiento era una habilidad social. Gran error. Pensar que la única conducta que nos permite relacionarnos de forma satisfactoria con los demás es sonreír a la estupidez, restarle importancia al abuso o llevar con deportividad la arbitrariedad de otro es una sofisticada forma de anularnos la personalidad.

Siempre habrá alguien que envuelva con poder su carácter. Esa persona podrá subrayar los aspectos más desagradables de su conducta porque nadie se atreverá a cuestionárselos. El poder es su salvoconducto. Y la habilidad social es esa patraña que alguien se inventó para justificar las tragaderas del resto, de aquellos que tenemos que tolerar conductas, razones, decisiones que apestan, que no entendemos, pero que cuestionarlas ha dejado de ser un rasgo de inteligencia para convertirse en uno de insolencia que suele pagarse caro. Y para no sucumbir al desencanto hemos aceptado que nuestra sumisión es una habilidad social. Lo que nadie nos ha explicado nunca es que a medida que uno se va haciendo mayor, esa habilidad social empieza a tocarnos mucho los cojones porque cada vez le vemos menos sentido a tener que ser tolerantes con la injusticia o el despotismo de los demás.

En las últimas semanas he descubierto que aquellas decisiones, normas, procederes que ayer no entendía, ahora me provocan una intolerancia máxima. He pasado de no entender a no soportar.

No entendía que en una ciudad como Madrid, donde en lo que llevamos de año se ha golpeado y agredido verbalmente a más de medio centenar de personas por su orientación afectivo sexual e identidad de género, la concentración contra esas agresiones apenas lograse convocar a una cienmilésima parte de lo que sale a divertirse en el Orgullo. Me indignaba pensar que si esa convocatoria hubiese sido para bailar sin camiseta al ritmo de un dj internacional la cifra de asistentes habría sido espectacular. Antes no lo entendía; ahora no lo soporto.

No entendía qué razones puede tener un partido político en el ayuntamiento de la capital, estoy hablando del Partido Popular, para abstenerse a la aprobación de unas medidas que pretendían acabar con las agresiones. Hace unos meses leí un artículo en el que unos jóvenes gais afiliados al Partido Popular aseguraban que el 70% de los chicos de Nuevas Generaciones en Madrid eran homosexuales. Y lo decían orgullosos. Esos tampoco estaban en la concentración. Ni en esa contra las agresiones ni en ninguna otra. Es la generación de los hechos consumados, que salió del armario cuando el trabajo duro ya lo habían hecho los demás. Antes no lo entendía; ahora no lo soporto.

No entendía las razones por las que una empresa puede, por ley, pagar tu trabajo a 60 ó 90 días. No llego a comprender los argumentos económicos que me obligan a elaborar un trabajo con un nivel de exigencia máximo y una puntualidad concreta para luego tener que aceptar que voy a cobrarlo tres meses después, con suerte. Como si yo pudiese decirle a mi casero que voy a pagarle el alquiler a 60 ó 90 días. Fórmulas matemáticas pensadas para favorecer a unos pocos y que se convierten en una lápida para muchos. Antes no lo entendía; ahora no lo soporto.

No entiendo a las personas y empresas que me llaman para trabajar gratis. No soy una ONG. Cobro por mi trabajo. No entiendo esa conducta; ahora no la soporto.

No entiendo a los hinchas del fútbol que convierten su afición en atronadores LoLoLos que resuenan como cánticos militares antes de la batalla. Nunca comprenderé como naciones enteras han sucumbido ante uno de los mayores nichos de violencia y regresión de la especie humana en nombre de un espectáculo deportivo que cada vez tiene menos de los valores del deporte y más de la miseria humana. Antes me bastaba con no entenderlo; ahora no lo soporto.

 

NOTA DE AUTOR: Confieso que cuando escribí este artículo no había hablado con Violeta Assiego, de Amnistía Internacional, que me aportó un punto de vista diferente respecto a las agresiones a población lgtb en Madrid. Es posible que le dedique un programa a ese tema en futuros Wisteria Lane. De momento, si os interesa el tema podéis escuchar la conversación que tenemos Violeta y yo en el último programa.

 

 

  1. El futbol es popular porque la estupidez es popular … aparte de ser el opio del pueblo🙂 Un Abrazo

  2. Magnífico , como siempre

  3. cipripedia

    Sigo admirado de cómo sabe poner usted, negro sobre blanco, lo que algunos (yo me incluyo) pensamos… Gracias y enhorabuena.

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