Salir en los papeles

Imagino que de un tiempo a esta parte, nadie quiere aparecer en los papeles. Esa expresión, que una vez tuvo connotaciones de popularidad y una envidiable presencia en los medios, ha adquirido un nuevo significado en las últimas semanas a raíz de la filtración de documentos del bufete panameño Mossack-Fonseca, expertos en paraísos fiscales y en la creación de mercantiles offshore. Cientos de personajes públicos –y muchos otros privados pero sin interés mediático- aparecen en unos documentos en los que preferirían no salir. No porque figurar en los ‘papeles de Panamá’ suponga haber cometido un delito Letrero-firma-Mossack-Fonseca_MEDIMA20160406_0153_14(el fraude solo se comete si no se declaran a Hacienda los bienes en el país y se evita el pago de los impuestos que le corresponden o si el dinero depositado en ese paraíso fiscal proviene de actividades ilegales o blanqueo) sino porque deslegitima a la persona en su propia naturaleza, pone su ética en evidencia, le apuñala en su honestidad, en su decencia, y la cicatriz que deja es difícil de ocultar. Porque uno puede ser indecente pero solo el conocimiento público y general de su indecencia es lo que realmente le define.

Ante este bombardeo de informaciones, sentados frente a este álbum de cromos de personas y personajes que ganaban mucho dinero pero no querían pagar tantos impuestos se exige una nueva reflexión sobre la condición humana y sobre cómo el poder, por encima de las ideologías, une a todos en un principio común de rentabilidad. Y esto sucede cuando el sistema económico está por encima del sistema político.

Los papeles de Panamá son, además de un éxito periodístico sin precedentes –gran trabajo del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ)-, un listado de personas marcadas en su conducta. Demasiadas, y muy relevantes, como para conformarnos con la evidencia y no profundizar, en medida de lo posible, en los argumentos y matices. Porque en medio de todo este bombardeo informativo la única respuesta lógica, una vez reprochada la actuación, está en el matiz.

Lo primero que he notado ha sido, una vez más, el diferente rasero con el que se evalúa esa acción dependiendo de la ideología o connotación pública del nombrado. Especialmente en su mismo entorno. No tengo datos suficientes como para estimar la repercusión en Islandia (su primer ministro dimitió), en Arabia Saudí (el rey Salman Abdulaziz aparece en los papeles) o en Argentina (el presidente Mauricio Macri tenía una sociedad offshore), pero en España percibo, con cierto orgullo si me lo permiten, una ética ideológica que diferencia a la izquierda de la derecha. Me explico. Por supuesto que todo ser humano es vulnerable a la tentación. Y la tentación de pagar menos impuestos –y ojo, sin cometer ninguna ilegalidad- es muy seductora. Pero cuando aparece el nombre de Pedro Almodóvar en esa lista, por ejemplo, se genera una especie de decepción colectiva y reproche de la conducta, dentro de un entorno afín ideológicamente al cineasta, que no sucede con Bertín Osborne. De hecho, la chulería con la que el cantante explica su proceder es aplaudida y admitida por su contexto ideológico. O sea, que eso de jugar con el dinero, sacarle la mayor rentabilidad personal posible, aunque sea a costa de no pagar impuestos en el país en el que resides y consumes, se tolera más en la derecha que en la izquierda. En estos días, he asistido a más personas que comprenden a Bertín que personas que justifiquen a Almodóvar. Lo cual me lleva a pensar que la izquierda es, al menos en su origen, más decente. Y que nadie lea en este párrafo una santificación de la izquierda porque no lo es. Y bien que lo sabemos en este país y lo vemos en otros muchos países latinoamericanos. De lo que hablo es de unos principios antropológicos de la ideología que rechazan algo que, en la otra doctrina, se mantiene latente en un subtexto de éxito, siempre ligado al poder económico, cueste lo que cueste e implique a quien implique. De ahí que el capital siempre sea de derechas y los derechos civiles, de izquierdas.

Otra cosa es la política. Ese terreno deslegitima a la persona que, con cargo público, elegido por sufragio universal o nombrado por el dirigente de turno, decida pagar menos impuestos en su país, tenga cuentas en paraísos fiscales o empresas offshore. Ahí es donde el matiz tiene que ser incuestionable. Independientemente de la ideología del político de turno. Es absolutamente incompatible con la honestidad que se le debe exigir a un político estar al frente de un sistema que él mismo vulnera. Ellos pervierten la democracia y la convierten en un sistema político corrupto, como una dictadura. Por eso resulta escandaloso leer el nombre de Aznar o que el ministro de Industria, José Manuel Soria, tardase tanto en dimitir jugando a un despiste tan burdo como patético.

Y acabo. Es verdad que si nos dan a elegir entre pagar más o menos, siempre elegiremos la segunda opción. Solo un buen uso de nuestros impuestos –y mejores salarios, desde luego- podría, en un futuro y con generaciones más formadas éticamente, alterar esa pauta de comportamiento. En Suecia se pagan muchos impuestos, en un porcentaje alto respecto al salario, pero los servicios que reciben del Estado son incuestionables. Y cuando la calidad de esos servicios públicos decae, son los propios suecos los que piden a su primer ministro, como sucedió hace dos años, que les suba los impuestos para mejorar esos servicios e infraestructuras. Hasta el escritor Stephen King explicó hace años que su extraordinaria situación económica era un “imperativo moral” y por eso era lógico que pagase más impuestos. Eso es educación para la ciudadanía. Y si bien tener una offshore en las Islas Vírgenes Británicas no es ilegal, sí es inmoral. Y la comunidad internacional, la misma que toma decisiones impopulares que afectan a la economía de los más débiles cuando se trata de deuda y mercados, es la que debería acabar con este sistema alegal que favorece los paraísos fiscales y trata con total impunidad a aquellos países, asesores, bufetes o bancos que manejan tu dinero en unos códigos incomprensibles para el ciudadano común, en los que confías porque “saben de lo que hablan”, que te buscan la mayor rentabilidad, y que al final son los que te colocan en ‘los papeles’.

 

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