El discurso de odio

El peligro está en el discurso porque la ideología, la creencia, nunca se extingue. Y aunque exista una corriente de opinión convencida de que todo lo malo que nos pase nos lo tenemos merecido por ser occidentales –recuerdo aquellos años del ‘No a la OTAN’, cuando todos los males del mundo eran culpa de Estados Unidos. ¿Nada ha cambiado desde entonces?-, sigo pensando que la raíz de los problemas está en el discurso. Por supuesto que las doctrinas se envilecen cuando encuentran en la violencia su estrategia de implantación pero esa ideología presente, abrigada de cierto halo de superioridad intelectual, que saca los manuales de Historia no para explicar el origen sino para justificar el rechazo, ignora que es el discurso el que alimenta el odio. Y la única manera de combatirlo que se me ocurre es la ilustración, el conocimiento. Cuando tengamos claro ese punto de partida, entonces sí, habrá que remangarse y trabajar.

No es la primera columna en la que hablo de la amenaza que supone el discurso de odio, especialmente dentro de las creencias religiosas. Porque cuando esos alegatos se difunden en el ámbito político, hay una reacción inmediata. Sin embargo, cuando esas palabras se predican, se convierten en ‘cartas a los feligreses’, en sms de propaganda anti occidental, en homilías, asumimos su carga de violencia con una benevolencia preocupante. Cuando un comando terrorista se sustenta en un propósito político, social, territorial, su desaparición es posible. Cuando el terrorismo se nutre de fe, de una radicalización de la creencia religiosa, se vuelve imbatible. Eso es lo que convierte al yihadismo en el mayor peligro de las sociedades contemporáneas. Paralizar la financiación del Estado Islámico, impedir su acceso a las armas, incluso lograr demoler su estructura, no destruiría su discurso. Y eso es lo grave.

El yihadismo asesina. Lleva haciéndolo mucho tiempo pero ahora que nos mata a nosotros, que lo hace en nuestras ciudades, nos alertamos con justa razón. Pero tal vez deberíamos comenzar a ser más observadores, menos tolerantes con los discursos de odio que, desde las religiones, van, lentamente, sin prisa, porque se argumentan desde la tribuna de la vida eterna, macerando a los individuos, aislándolos de la realidad, radicalizándolos desde un convencimiento divino de la autoridad. En muchos países del África subsahariana, la iglesia evangelista lleva años inculcando odio. Sus ‘apóstoles’, aleccionados precisamente desde Occidente, inculcan el desprecio a la sociedad occidental desde argumentos propios del medievo, responsabilizándola de haberse alejado de la fe, de persuadir a las mentes puras con la tentación pecaminosa del feminismo, la homosexualidad, los derechos humanos. Un desprecio violento como el que retrató Jon Sistiaga en su reportaje Caza al homosexual, que narraba cómo en Uganda, uno de los países más cristianos del continente, se inducía, desde los púlpitos sagrados, al asesinato de gais y lesbianas. Esa crueldad nunca se acaba ahí. Crece, se expande, contamina todo a su alrededor. Esas doctrinas nacen en comunidades religiosas asentadas en nuestros países. De la misma manera que un predicador evangelista, financiado y alentado desde Arizona, Kansas o Houston, influye en los discursos de odio de señores como Donald Trump o Ted Cruz también lo hace en David Bahati, el religioso y parlamentario ugandés que promovió la tristemente famosa ‘ley mata gais’.

Resulta sensato pensar que son los religiosos más progresistas y sus fieles quienes tienen el poder de empezar a cambiar eso. Pero, mientras tanto, los gobiernos y las sociedades no podemos ampararnos en los derechos fundamentales, como la libertad de expresión o la libertad religiosa, para no actuar contra aquellos que esparcen discursos de odio que atentan, precisamente, contra los Derechos Humanos.

juan-antonio-reig-pla-obsesion_detalle_articuloNo pretendo ser tremendista pero, a título personal, me sorprende, por ejemplo, que un señor como el obispo de Alcalá de Henares, el señor Reig Plá, pueda seguir lanzando discursos de odio desde sus homilías y escritos. Hace unos días, él y el obispo de Getafe, Joaquín María López de Andújar, enviaron una carta a sus feligreses en la que embestían contra la reciente y avanzada Ley de Identidad y Expresión de Género aprobada en la Asamblea de Madrid. Para ellos va contra “el orden natural de Dios”, fomentan la insumisión ante la ley y animan a los cristianos a no defender los derechos de las personas transexuales u homosexuales porque esas personas están “equivocadas”. Vemos tanto horror a nuestro alrededor que esa cartita puede parecernos inocua. Sería una lástima que no hubiésemos aprendido nada de los errores que ha provocado nuestra mala percepción de los problemas. Empecemos a cambiar algunas cosas como la manera en la que nos enfrentamos, como sociedad, a este tipo de discursos. Desde la legalidad. Haciendo como bien hacen los cristianos que se sienten ofendidos en su fe por los performances del artista Abel Azcona o el pasado activista de Rita Maestre. Denunciemos ante la fiscalía. No sé si serviría de algo pero al menos no volveríamos a sentirnos culpables cuando el futuro nos ponga delante los errores de valoración que tuvimos en nuestro pasado.

 

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