El puto miedo

“No nos ahogamos por falta de oxígeno, sino por falta de capacidad en los pulmones”

(Franz Kafka)

 

El miedo como sujeto de la acción y la pasividad. El miedo como verbo y pronombre. Con la discordancia de los pies cambiados, nos aplaca con desasosiego, nos nutre de recelo y nos envilece desde el victimismo. Cautivos de su miserable supremacía convivimos haciéndonos llamar civilización. La de aquellos que aportan terror al orden y al caos, la de esos que se acostumbran a vivir sin libertades a cambio de sentir menos pánico. Ignoran que el miedo es egoísta y nunca tiene suficiente.

Eso es lo que he visto, lo que he sentido, esta semana. No crean que me resulta sencillo hablar de ello. Dios odia a los cobardes. Yo debo serlo porque la sensación que más veces he experimentado en mi vida ha sido el miedo. Como Thomas Hobbes, el día que yo nací mi madre parió dos gemelos: mi miedo y yo. He temido más que amado, más que decepcionado, más que entretenido y más que irritado. Era muy pequeño cuando empecé a temer. Y siempre temí al otro. Al daño que pudiera hacerme, a su despecho, a su venganza, a su ausencia, a su ingratitud. A su crueldad. Desde la escuela hasta hoy, nunca he dejado de temer. He procurado que no me paralizase y por suerte poseo una imaginación que viaja a más velocidad que mis pasos y arrincona cualquier sentir que entorpezca su planeo. Tal vez esa misma imaginación es la que le abre las puertas a la alarma. El subconsciente, ese lugar al que llevan a los que dan problemas.

Pero no estoy solo. Nunca lo estuve. De hecho, aquellos que creía valientes, también actuaban desde el miedo. Esa conducta lesionada es la pauta de comportamiento de la Humanidad. Nuestra Historia podría contarse desde el afán de civilizaciones enteras por librarse del miedo, por buscar la seguridad y por imponerse a los demás aterrorizándolos. Esta semana he vuelto a sentirme como cuando tenía ocho años en el patio del colegio. No es el mismo miedo, es otro, pero me lleva a los mismos lugares. Espacios desiertos, áridos, desalentadores; lugares de los que uno podía escapar, con más o menos destreza, con más o menos herramientas, pero en los que intuías el regreso con una sumisión inevitable.

Las calles, pulidas de cera, se llenaban de gentes admirando la representación de un mesías que murió crucificado. Un señor que, cuenta la leyenda, dijo que se debía amar al prójimo como a uno mismo. Una historia que sustenta una religión tan maquiavélica como todas. El miedo, como escribió José Antonio Marina en esa obra magna que es Anatomía del miedo, es también una emoción religiosa. Mientras, a miles de refugiados, seres de carne y miedos, personas que huyen del terror, se les despoja de sus derechos, de sus libertades, de su dignidad. Y se hace por escrito. Con luz y taquígrafos. Porque el miedo les autoriza.

Atentados en Bruselas. El Estado Islámico reivindica los ataques en Bélgica. El puto miedo. El de aquellos que se sienten legitimados en su rechazo a los refugiados porque están convencidos de que entre ellos hay yihadistas infiltrados. El de aquellos que huyen del miedo y solo encuentran una habitación desierta, árida, desalentadora. El de aquellos que creen que la pérdida de derechos y libertades es un precio razonable a cambio de seguridad. El de aquellos que compiten en la gamificación del luto, como diría mi amigo Guillem Clua. El de aquellos que asumen que su sentimiento conduce a la venganza. El de aquellos que quieren estigmatizarnos por haber nacido y crecido en Occidente, como si ahí residiese toda nuestra culpa. Y todo nuestro castigo.

Habito un mundo condicionado por el miedo. Hasta la economía lo emplea como combustible. Del terrorismo yihadista al terrorismo de los mercados. Ellos también están asustados. Cualquier peligro que amenace nuestros deseos es miedo. Por eso son tan crueles. Ahí radica su poder. Miedos que alimentan otros miedos. Miedos ancestrales y miedos nuevos. Miedos con los que combatir el miedo. Ya no hay valientes. El miedo solo alimenta profetas, salvapatrias, mercenarios, sinvergüenzas, súbditos y bastantes hijos de puta. Aunque una cosa es el valor y otra no tener miedo.

Me disculpo si ustedes entraron en esta columna buscando respuestas, consuelo o simplemente distracción. Siento no haber estado a la altura de sus expectativas. He escrito ‘miedo’ treinta veces en este artículo. No es una buena estadística. Cuando era pequeño pensaba que el miedo se agotaría al crecer. Ahora tengo la sensación de que nunca he tenido más miedo. Miedo al miedo. Ese puto miedo.

 

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  1. cipripedia

    Gracias por poner negro sobre blanco estas reflexiones que se acercan bastante al modo de pensar del que aquí le escribe.

  2. Una reflexión sabia y profunda desde la conciencia. BRAVO!

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