Faldas en los semáforos

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El pasado martes celebramos el Día Internacional de la Mujer. Y lo celebramos bajo el fuego cruzado que caracteriza la vida política y social de este país. Del desafortunado intento de ‘paridad’ de Podemos que, por un error de logística, desactivó la buena idea de un compromiso masculino en la lucha contra el machismo hasta el “donanatge” de Ada Colau pasando por los semáforos con faldas de la ciudad de Valencia.

Desconozco si esta respuesta, tan confrontada, entre las personas a favor y en contra de esas medidas es solo un reflejo más de la polarización que padece este país, si es la manifestación del sentido común ante el efectismo o si refleja, que es la opción por la que me decanto, un desencuentro entre el lenguaje activista y la sociedad.

Siempre he reivindicado el activismo. Una sociedad sin activistas es una sociedad condenada a la sumisión. Ningún derecho civil se ha logrado pidiéndolo por favor. Y no me resulta extraño que los activistas entren en la vida política. Es una evolución lógica de su compromiso. Sin embargo, empiezo a percibir que las consignas, el lenguaje que se emplea en el activismo chirría cuando entra en contacto con el discurso político. El activismo es, en gran parte, un trabajo silencioso, obstinado, casi altruista, de unos pocos concienciados con los derechos de una mayoría, pero que no siempre tiene la repercusión social y mediática de un discurso político. Cualquier acción, charla, actividad desarrollada en un foro activista tiene un lenguaje paritario, un protocolo lingüístico específico, que todos los activistas comprenden y se adjudican. Pero cuando sacamos ese código y lo instalamos en la sociedad mayoritaria, entonces es cuando descubrimos que no encaja como desearíamos. Y eso solamente tiene dos explicaciones: o bien el discurso activista aún no ha calado lo suficiente en la sociedad como para que ésta lo asimile o bien hay que buscar otro lenguaje que suponga lo mismo pero sin convertir el activismo, que es algo muy serio, en una militancia susceptible de ser parodiada.

El “donanatge” (en lugar de ‘homenatge’) que empleó la alcaldesa de Barcelona para acabar con la discriminación de la mujer y visibilizar el machismo del lenguaje es un ejemplo de esa segunda explicación. El juego de palabras hubiese funcionado perfectamente en un ámbito exclusivamente activista. Incluso podría habernos hecho gracia si formase parte de una campaña publicitaria de vaya a saber usted qué producto. Pero en el verbo político, que es un lenguaje mucho más colectivo e universal, la propuesta queda como un despropósito lingüístico que desactiva cualquier reivindicación.

En otro orden de cosas, les confieso que lo de los semáforos no despertó en mí ningún tipo de alarma. No entendí el alboroto. Interpreté que se trataba de un símbolo y las representaciones también construyen una sociedad. Del mismo modo que aplaudimos en su momento que la Cibeles se tiñese de los colores del arcoíris con motivo del Orgullo LGTB, no llego a comprender la razón que nos lleva a ofendernos porque el monigote de los semáforos lleve falda o no. De hecho, hay una corriente feminista en Estados Unidos que apunta a que no se trata de una falda si no de una capa de superheroína. Humor icónico.

La intervención, con coste cero para el ayuntamiento, presenta a una mujer en un extremo del cruce y a un hombre en el lado contrario. Hasta me parece digno de comedia romántica, como si el descubrimiento de dos amantes fuese a tener lugar en el centro del paso de cebra, tras un juego de miradas indagando el deseo de la persona que tienen enfrente, y que acabase en un beso apasionado que hiciese que los taxistas olvidasen su malhumor y tocasen su claxon en señal de júbilo mientras el resto de peatones aplaudían el amor, aunque durase lo que dura un tránsito. De hecho, la ciudad entera debería estar plagada de semáforos con diferentes tipo de peatones. Niños, ancianos, delgados, gruesos, altos, bajos, de ambos géneros, que caminasen unos hacia los otros, con el único impulso de provocar el hallazgo. Ya se sabe que la comedia romántica perjudica seriamente la salud. De verdad, el monigote con faldas, que solo aparece en veinte semáforos de la ciudad, es solo un símbolo. Como los emojis del whatssap o los lazos rojos como muestra de apoyo en la lucha contra el VIH. ¿Son necesarios? Supongo que eso depende de cada cual, de su escala de valores y de su compromiso, pero a mí, de entrada, no me molesta y sin embargo, me estimula.

Tampoco me hubiese molestado que los hombres, de todos los partidos políticos, se uniesen a la lucha por unos derechos que son colectivos, de toda una sociedad, y que apoyarlos, defenderlos y promoverlos es un bien universal. Cualquier derecho civil es inclusivo, necesita de todos, y la exclusión es un error. Otra cosa es que las imágenes de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón fuesen las primeras en aparecer en la campaña que, con motivo del 8 de marzo, realizó Podemos. Fue una equivocación. Literal. Al parecer, durante todo el día debían circular imágenes de mujeres de la formación política trufadas con las de tres o cuatro hombres. Al final resultó que, como en la vida, un error hizo que los tíos se llevasen todo el foco. Menos mal que los símbolos siempre atesoran una segunda oportunidad.

 

 

Un Comentario

  1. Respondería que no todos los activistas defienden algo justo, los hay faltos de perspectiva, extremistas desesperados y de todas las variedades cromáticas del negro…bien es cierto que los hay de colores tibios y refrescantes

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