La sociedad adolescente

Alguien nos ha hecho creer que, tras treinta y ocho años de democracia, somos un país maduro. Convertimos en ejemplar nuestra transición, porque no hubo derramamiento de sangre, y con esa medalla hemos ido tirando sin meditar un instante en los factores que verdaderamente hacen progresar a una sociedad. En apenas dos años la balanza entre el efecto negativo de la dictadura y los beneficios de la democracia se equilibrará. El mismo tiempo que se padeció la una se habrá disfrutado de la otra. Ya no podremos culpar a esa sociedad pacata y reprimida, sometida, asustada y rencorosa, de nuestros males de hoy. Hemos tenido cuarenta años para subsanarlos o erradicarlos. Exactamente los mismos que tuvo el fascismo para implantarlos.

Ninguna sociedad sobreviviría a sí misma si a su sentimiento identitario no se le educase en la convivencia, en la sensatez y en el respeto a la libertad individual. Y eso no está sucediendo. Las sociedades contemporáneas, la nuestra desde luego, está abandonando al individuo favoreciendo la supervivencia del grupo, olvidando que los valores que permiten que una sociedad madure reposan precisamente en el individuo y muy pocas veces en el conjunto de ellos. Nosotros mismos buscamos los grupos en los que encajar porque sabemos que fuera de ellos no existimos. Nos averiguamos bajo una región, un partido político, un equipo de fútbol, una empresa, una marca, una tienda, un cantante, una película, un bar, una fiesta; parece como si ese enunciado nos diese carta de ciudadanía. El problema aparece cuando disientes, cuando verbalizas un pensamiento que tu grupo no está preparado para incorporar. En lugar de nutrirnos de esa discrepancia, el grupo expulsa al disidente y lo abandona a su suerte. De esa manera, el sistema se articula en grupos, en colectivos, en asociaciones, corporaciones o comunidades cuando lo que deberíamos estar protegiendo es al individuo y, por encima de todo, a su libertad.

No pienso que nuestra sociedad sea todo lo madura que algunos titulares, borrachos de tiempo, quieren hacernos creer. Vivimos en una apariencia de desarrollo tecnológico en manos de seres que seguimos regidos por instintos básicos que si bien algunos han logrado domesticar, otros exhiben como si fuera un trofeo del que sentirse orgullosos. Las infraestructuras, que son el entorno de la colectividad, enmascaran a las personas. Los ciudadanos son los que definen una sociedad y le otorgan ese calificativo de ‘madura’ cuando han sabido progresar sin renunciar a la convivencia, dotando de calidad al respeto que merecen sus semejantes pero sin renunciar nunca a la libertad individual, esa que ampara mi crítica, mi denuncia, mi acción, sin que su manifestación suponga un agravio.

Me resulta inconcebible que en el año 2016 una mujer como Rita Maestre o un hombre como Abel Azcona puedan ser juzgados e investigados por herir los sentimientos religiosos. Una sociedad no puede reconocerse en la madurez cuando dota a las emociones de un valor superior al de la razón. Partiendo de que cualquier sociedad progresista convive con el sentimiento religioso, o no, de sus ciudadanos, es razonable que entendamos esa fe como valor privado del individuo. Eso no impide que, en el buen uso del respeto y la convivencia, esas personas puedan celebrar en público su fe, ya sea con procesiones, romerías o entregas florales. Pero resulta inadmisible, desde cualquier lógica ilustrada, consentir que la susceptibilidad de un colectivo sea un principio jurídico para poder condenar la libertad individual de aquellos que disienten, en modo de crítica o de denuncia, con los principios de una determinada comunidad. Una sociedad madura nunca puede convertir la suspicacia en un límite a la libertad. Denunciar la presencia de una capilla católica en una universidad pública perteneciente a un estado aconfesional, o manifestar el rechazo a la pederastia dentro del ámbito eclesiástico a través de un performance artístico, no puede ser delito. Habrá quien piense que las formas no son las apropiadas. Nada es apropiado para quien siente cuestionada su autoridad. Les recuerdo que el voto femenino se logró a pedradas contra escaparates y el fin del apartheid, con años de disturbios en las calles. Las parcelas de poder se acostumbran a sus privilegios y no son nada permeables al cambio o a la incorporación de nuevos beneficiarios de esos derechos. Pero una sociedad madura no puede tener una epidermis tan fina como para emplear la vía penal para subsanar un sentimiento herido.

Un país que tiene leyes para proteger los sentimientos es un país que roza el infantilismo y alimenta la polarización. Porque no deja de resultar curioso que los colectivos católicos sientan herida su sensibilidad y puedan llevar a los tribunales a individuos mientras que el resto de ciudadanos no hemos sentado aún a los líderes religiosos en un banquillo cuando hieren nuestra sensibilidad con declaraciones contra la homosexualidad, el aborto, la reproducción asistida, o acusando a los menores de provocar el abuso sexual. Si nuestra piel se ha curtido ante sus agresiones, quizá sea la hora de que la suya siga el mismo proceso. Llamémosle convivencia en libertad, respeto a la autonomía del individuo y madurez democrática. Lo otro es condenar a una sociedad a instalarse en la adolescencia.

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