No es bueno para usted

En 1975, el compositor venezolano José Antonio Abreu creó la Fundación del Estado para el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, conocida internacionalmente como ‘El Sistema’. Se trataba de un programa de educación musical que convertía el aprendizaje, a través de orquestas sinfónicas y coros, en una herramienta de desarrollo humanístico y organización social. Desde entonces, la música ha ayudado a formar a miles de niños y jóvenes, muchos de ellos a las puertas de la exclusión social al proceder de clases y familias desfavorecidas, convirtiendo, con el tiempo, a Venezuela en un país puntero en el panorama de la música clásica internacional. La lista de compositores, músicos, directores de orquesta, solistas venezolanos que triunfan por todo el mundo es cada vez más amplia. Desde Gustavo Dudamel, discípulo de Abreu y en quién se inspira el personaje protagonista de la serie Mozart in the jungle, triunfadora en los últimos Globos de Oro, hasta el violinista Alexis Cárdenas, la pianista Gabriela Montero, la Schola Cantorum de Venezuela, la Camerata Barroca de Caracas, el tenor Aquiles Machado y, por supuesto, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, entre muchos otros.

Aunque éste solo sea un ejemplo de los miles que se podrían utilizar, convertir a tu país en un referente cultural mundial no depende únicamente de tener una población sensible a la cultura y creativa –que ya es mucho-. También necesita de una apuesta estatal e institucional seria y comprometida. Es algo tan básico como recordar el viejo dicho que anunciaba que de lo que se siembra, recoges. Si un Estado apoya la investigación, acabará siendo un país puntero en I+D. Si un Estado apuesta por la cultura, ese país será indiscutiblemente mejor. Porque cuando se apoya la literatura, el teatro, la pintura, el cine, la danza, la música, se está apoyando el pensamiento libre, el conocimiento, la ilustración, el futuro. Fue José Vasconcelos quien dijo que la cultura engendraba progreso y sin ella no cabía exigir de los pueblos ninguna conducta moral. Entonces, ¿cómo es posible que España, un país que ha aportado a la cultura universal algunos de los nombres y obras más importantes de la Historia, pueda ser un país tan acomplejado, tan vulnerable, tan básico?

Tal vez la respuesta no esté en la sensibilidad de una parte de los ciudadanos hacia la Cultura –algo evidente- sino a la falta de sensibilidad de aquellos que la gestionan. Por seguir con el ejemplo venezolano, que tan nerviosos pone a algunos, en España, el que fuera ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, llamó ‘distracción’ a la asignatura de música y la dejó fuera de los currículos de primaria y secundaria, dejando la formación musical al criterio de las Comunidades Autónomas, que es la manera elegante de quitarse responsabilidades y crear desigualdad. ¿Recuerdan ustedes alguno de los comentados debates a dos, a tres y un ausente, a cuatro, a seis que vimos en la pasada campaña electoral, en el que se hablase de Cultura? Ninguno. Ni por parte de los que se han encargado de ahogarla con ‘ivas’ y ausencias presupuestarias ni por parte de los que presumían de salvarla. Solo llegamos a escuchar la palabra Cultura para acompañarla del concepto ‘gratuita’, que es todavía más insultante que la censura porque la Cultura siempre sobrevive, incluso a las peores dictaduras, porque sabe que bajo los adoquines siempre hay arena de playa; pero nunca sobrevive a un pueblo al que no le importe de qué vivan sus dramaturgos, artistas o poetas y pretenda, además, quitarles el pan. Para eso ya teníamos a Montoro, que considera que los escritores y creadores deberían renunciar a su pensión si sus derechos de autor superan un tope. El ministro de Hacienda en funciones es de los que piensa que alguien con vocación de acumular tanto dinero como para tener que abrirse cuentas en Suiza elige la literatura para amasar su fortuna. Un pensamiento que solo es razonable desde la mezquindad.

Pero lo preocupante es que el resto de corrientes políticas, los líderes del cambio, tampoco hablan de la Cultura. Ya no queremos saber lo que van a hacer para apoyarla, incentivarla y difundirla. Nos bastaría con intuir que no van a entorpecerla. Con eso nos conformaríamos pese a que sabemos que la cultura de guerrilla, que es la única manera que hemos encontrado para subsistir, a base de muchas renuncias, a estos años de crisis y abandono, es pan para hoy y penurias para mañana. La cultura de un país tiene muchas caras y niveles pero resulta obvio que no puede persistir en el underground oficial, en la estabilidad del low cost, porque, como propuesta institucional, resulta indecente. Fíjense en Madrid, una ciudad que vivió una explosión creativa con la llegada de Manuela Carmena a la alcaldía y que aún estamos esperando que suceda algo culturalmente emocionante desde esa institución. Y no pasa. Porque en las prioridades, nunca está la cultura. Y quizá por eso, la lista de prioridades cada vez es mayor.

Por supuesto que los creadores no van a dejar de canalizar su talento. Pero dejar la noble responsabilidad de la Cultura exclusivamente en manos de los creadores, sin ofrecerles nada a cambio pero aprovechándonos de todo su beneficio, es un ejercicio de ingratitud terrible. Bastaría con que en este país asumiésemos de una vez que si un político o partido no es bueno para la Cultura, no es bueno para usted.

 

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