¿Te cuidas?

Hubo un tiempo en el que llegamos a entender que cuidar, además de una acción, era un compromiso ético. Algo que el ser vivo, desde el origen de la existencia, practica de un modo natural. Asistimos, protegemos, a aquellos que queremos y nos quieren, sin ser apenas conscientes de que esa actuación forma parte de nuestra propia supervivencia. Un acto reflejo, un impulso, que revela la noble esencia de la colectividad, de la comunidad, siempre cuestionable cuando se convierte en masa e imprescindible cuando responde a los estímulos del afecto.

La ética del cuidado es un bien común. Algo que se altera cuando las sociedades, cada vez menos propensas a estrechar vínculos, anteponen lo estrictamente personal a cualquier otro concepto. Nos asusta hablar de una sociedad individualista pero no somos conscientes de que esa profilaxis emocional también es consecuencia de las políticas neoliberales que desvirtúan la libertad individual y el rechazo a la intromisión del Estado en la sociedad para construir una comunidad abandonada a su suerte, que no es lo mismo que independiente. Es la sociedad del ‘sálvese quien pueda’, del ‘primero yo’. Y en ese contexto histórico, el concepto del cuidado se adultera.

Ahora, cuando alguien te pregunta si te cuidas no te está preguntando si lees, si disfrutas de una buena conversación, si te ríes, si estás informado, si estás enamorado, si te has comprado ese disco que tanto te gustaba, si cantas en la ducha, si besas y eres besado, si le restas horas al trabajo para invertirlas en los tuyos, si tus acciones diarias están enfocadas no solo a tu satisfacción particular sino también a contribuir a la satisfacción de los demás. Ahora, cuando alguien te pregunta si te cuidas solo te está preguntando si vas al gimnasio, si haces deporte, si tienes una dieta sana, si tomas batidos de proteínas y si tu pectoral está a dos centímetros de necesitar sostén. Estamos sustituyendo un concepto que implica entrega por otro que solo busca admiración. La propia y la ajena.

Hace apenas unos días charlaba de ello con el escritor Maxim Huerta a raíz del interés que despierta, en algunas personas, el hecho de que ‘te cuides’ o no, dejando implícito que lo que realmente te están preguntando es si tu cuerpo se parece al de un tronista de MHYV. Nada tiene que ver esa idea del cuidado con la noción de asistencia, de protección, de salvaguarda, incluso de conservación, que el ser humano aprende y asume al poco de tener conciencia de sí mismo y de su entorno. Cuando una madre pide que te cuides lo que realmente transmite es su dedicación a ti, su interés en tu bienestar, ese que la empuja a llenarte la maleta, con la estrategia de un contrabandista, de ensaimadas de desayuno, sobrasada, jamón, queso y hasta tabletas de turrón, como si nada de eso se pudiese adquirir allá donde vayas. Me contaba Maxim que la suya ha llegado a esconderle plátanos o detergente en el equipaje, como si fueran ilegales. Esa conducta, en gran parte fruto de una posguerra, destila un compromiso tan entrañable que te guía hacia la emoción. Es la ética del cuidado. Aquella que entiende el hecho de la protección, de la dedicación, de la asistencia, como un acto de amor que solo tiene sentido si forma parte de una red de afectos que ayuda a construir una sociedad más amable y solidaria.

Me cuido. Y no porque vaya al gimnasio o procure no abusar de las grasas saturadas. Me cuido porque me valoro –o al menos intento hacerlo un poco cada día- más allá de la imagen en calzoncillos que refleja mi espejo o decora mi Instagram. Me cuido porque busco espacios para la conversación, para la palabra y la mirada, para la risa y el compromiso. Me cuido porque me gusta regalar satisfacciones a los demás y ver la ilusión perfilarse en sus rostros. Me cuido porque reacciono muy favorablemente a un beso. Me cuido porque escucho a Bowie –ahora sí ha muerto el siglo XX- siempre que puedo. Me cuido porque tengo gente a mi alrededor que me cuida. Me cuido porque comprendo que ese comportamiento genera un proceso de reconocimiento mutuo que fortalece nuestros lazos. Si es eso lo que me estás preguntando, sí, me cuido.

Ahora, si lo que quieres saber es si marco abdominales, si mi cuerpo es una clase de anatomía, si según tu escala de valores estoy lo suficientemente bueno como para que decidas invertir tu tiempo en mí, lo mismo deberías dejar de preguntarme si me cuido y empezar a preguntártelo a ti mismo.

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Un Comentario

  1. sara pardo perez

    Muy bueno,da gusto leerlo.

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