Siempre hubo vida en Marte

Bowie-2

A primera hora de la mañana del 11 de enero de 2016, Violeta Assiego me pidió que le escribiese una entrada sobre la muerte de Bowie para el blog “1 de cada 10”, un blog sobre diversidad sexual y de género. Y con el “Hunky Dory” sonando a todo volumen escribí esto:

 

Cuando no se tienen hermanos mayores, cuando la avanzadilla fraternal empieza en uno mismo, el aprendizaje son los demás. El abismo generacional entre mis padres y yo con el tiempo resultó ser un escalón pero hace treinta años se mostraba insalvable. De ahí que aquel banco de la plaza de San Cristóbal, frente a la iglesia de Ciudad Pegaso, se convirtiese en nuestra academia cultural, casi emocional, en el taller de nuestros referentes. En ese banco, el lugar que servía para que reposásemos los pies donde debía estar el culo y el culo donde debía apoyarse la espalda, descubrí a David Bowie.

Mi amiga Merche nos lo presentó. A ella se lo había presentado su hermano mayor. Y antes de cantar Space Oddity, antes de llorar con Heroes, antes de bailar Sound and Vision, antes de soñar con Starman, antes de reivindicarnos con Rock’n’Roll Suicide, antes de que todo lo anterior tuviese sentido, nos sedujo él. Su mirada bicolor, su estética exhibicionista, su ambigüedad, cuando esa palabra no era un tópico.

Aquellos adolescentes y jóvenes que un día fuimos, con miedos e incertidumbres, con sexualidades complejas y clandestinas, con una capacidad inmensa para soñar, sentimos, por primera vez, algo parecido a lo que debe experimentar una religiosa cuando nota la llamada. Ese día empezamos a creer en Dios porque Bowie ocupó su lugar. Y lo hizo desde la estética, desde ese rasgo que abriga al icono mucho antes de que aparezca la acción. De ahí que veneremos imágenes. Porque es esa estructura visual la que crea el símbolo estático, imperturbable, incondicional y, por lo tanto, fiel. Eso creo hoy. En aquel momento, hace tantos años, no sabía reflexionar; estaba aprendiendo, empapándome, nutriéndome. En una España sin referentes, Bowie lucía tinte rojo en el pelo, llevaba tacón y vestía con colores saturados. Yo no sabía razonar. Solo sentía que quería tener el pelo largo, que me gustaba la diferencia, que se podían tener movimientos seductoramente afeminados sin renunciar a la sobriedad, que se podía amar a hombres y mujeres a la vez, que el género no era algo inmutable desde el instante en el que se convertía en una percepción, que había alternativa.

Seguro que en 1971 pocos entendieron la portada de Hunky Dory. O la de The man who sold the world. Si Bowie es un hombre, ¿por qué se viste de mujer? Hay personas que cuando preguntan, en el fondo, ya están cerrando una puerta. Hay otras que, sin embargo, están deseando abrirla. David Bowie abrió la nuestra. Con su música, con su vida, con sus relaciones sexuales, pero también con su imagen. Porque una cosa es seguir la corriente, o dejarse seducir por ella, y otra, crearla. Y la identidad es algo más que una decisión personal. También es la imagen que vemos de nosotros mismos en los demás. Y como leí en una ocasión, Bowie no la vio, Bowie la creó. Ya nos daba igual si sustituía el mono asimétrico de Yamamoto por un traje de chaqueta azul pastel. Ya nos daba igual porque ya habíamos comprendido que había vida en Marte.

Striped_bodysuit_for_Aladdin_Sane_tour_1973_Design_by_Kansai_Yamamoto_Photograph_by_Masayoshi_Sukita__Sukita_The_David_Bowie_Archive_2012

Para El Asombrario también escribí un artículo dedicado a Bowie. Es este:

#LaEraPostBowie

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