La línea roja

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Tengo fe en este año. No me pregunten las razones que me han llevado a elaborar este pensamiento porque si existe algo inexplicable es precisamente la fe. La misma que mueve montañas y hace que votes a un partido político implicado en los mayores casos de corrupción de este país. Inexplicable pero eficaz. Tal vez esa razón ha provocado que mi lista de deseos para este 2016 no se parezca demasiado a las que incumplí en los años precedentes.

Les admito que mi fe no es ciega, aunque eso incurra en una contradicción. Es una confianza basada en perspectivas y promesas -¿no les parece que de tan naif resulto entrañable?- por las que considero que merece la pena apostar. Pero sin dogmas. Simplemente con una fe prudente, cautelosa, pero fe. No sé si me entienden. Creo que deberíamos enfrentarnos al año nuevo con la actitud del funcionario que evalúa una patente: no dejándonos llevar por el simple estreno de un calendario sino exigiendo una novedad significativa. Tengo la sensación de llevar cuatro años habitando un mismo ciclo emocional. Eso demuestra, para burla de esos falsos desinteresados en la política, que una manera de gobernar es capaz de alterar considerablemente el estado anímico y sensitivo de un país. Y España lleva cuatro años en estado bipolar: pasando de la depresión y el desencanto a la movilización y el acaloramiento. No hay mucha diferencia entre 2013 y 2015. Por eso hay que exigirle al nuevo año una novedad significativa, tangible, diferente a la vivida (o padecida) en los años finiquitados en diferido. No basta con ser un poco distintos. En las patentes, cualquier cosa que reduzca la novedad de una idea es probable que también reduzca su valor comercial potencial. Pues sirvámonos de esa pauta para enfrentarnos a cualquier tipo de cambio.

Deseo un año de líneas rojas. Aunque me seduzcan las discontinuas, confieso que me gusta saber, de antemano, cuales son los límites de cualquier ser humano, institución u organización. Es un resumen perfecto de intenciones. Todos deberíamos añadir en nuestro perfil de las redes sociales nuestras líneas rojas, para dejar las cosas claras desde un principio. Aunque sepamos que si algo diferencia las líneas de los muros es que las primeras se pueden cruzar más fácilmente.

Asisto, con cierto estupor, a la exaltación de la soberanía nacional como concepto mucho más innegociable que los derechos sociales de una ciudadanía. Desconfío de esas ideas supremas que tienen como objetivo algo tan etéreo como la soberanía nacional. Eso sin añadir lo mucho que me inquieta que tres partidos, supuestamente democráticos –uno de ellos presume de representar el centro izquierda- le nieguen a un pueblo su derecho a decidir. Es obvio que las relaciones institucionales con Catalunya ya no pueden ser las mismas; que el escenario ha cambiado y las prohibiciones han fracasado. El Partido Popular se ha equivocado tanto y tan mal en estos últimos cuatro años que es difícil intentar salvarlo sin mancharte las manos de chapapote. No permitir el referéndum nos ha llevado a la situación actual. Y parece ser que en lugar de aprender del error lo que hacemos es ensalzarlo. Y por si fuese poco, lo contagiamos. PP, Ciudadanos y PSOE dibujan sobre la soberanía nacional una línea roja. Una línea que no soluciona el problema y que abandona a un importante número de ciudadanos catalanes no independentistas en medio de una polémica que, tras el resultado de la consulta, ya estaría obsoleta. Porque creo en el derecho a decidir de un pueblo con la misma fe que me lleva a suponer que el resultado del referéndum sería negativo a las propuestas secesionistas.

En cualquier caso, no le temo a esa España rota que vaticinan los mismos que nos alertaban de una inverosímil España bolivariana. Puedo lamentar que algo se rompa pero eso no me impide seguir viviendo. Sin embargo, sí temo a los objetos mal pegados y las heridas mal curadas. Temo a la personas que anteponen la soberanía nacional al blindaje de los derechos sociales, a la despolitización de la justicia, a la firme lucha contra la corrupción, al fin de las puertas giratorias, al cambio de la ley electoral, a la salida de los intereses propagandísticos de los medios de comunicación públicos, al apoyo a la cultura,… Porque la soberanía nacional no es una cuestión territorial. Tal vez en el medievo sí, pero ya no. En el siglo XXI la soberanía es un sentimiento de pertenencia, de dignidad, de satisfacción con tu país. Y todos sabemos que, por mucho que nos haya reblandecido el cerebro los anuncios de Campofrío, un país es algo más que su aceite de oliva, la alegría de un fandango y nuestra capacidad de fiesta. Un país también es una manera de hacer política. Y cuando la mayor parte de un país se siente feliz y tranquila en su día a día, ese país, como si se tratase de oxitocina, genera soberanía popular. Y esa es la mejor manera de proteger la soberanía nacional. Construye un país que nos represente, que nos cuide, que nos proteja, que nos iguale, que nos defienda, que nos respete en la particularidad, que nos apoye, que nos estimule, que nos dignifique, y entonces, ese país será silenciosamente indisoluble.

 

 

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