La duda de Clara

 

tazabn

He conocido a una chica. Se llama Clara. Y no lo tiene nada claro. Lleva indecisa demasiado tiempo y eso, a la larga, le está pasando factura. Ella confía en su fortaleza mental, que la tiene, pero descuida sus emociones. Desarrollar músculo no significa que los golpes dejen de doler.

Clara está casada. Contrajo matrimonio hace cuatro años con un hombre que ha sustentado su éxito en hacer creer a los demás que sus errores eran inevitables. Así sustenta un alto cargo en el trabajo, se relaciona en el entorno familiar y, por supuesto, ama a Clara: convenciéndola de que si algo falla, es su culpa. Esa es la mejor estrategia para crear un salvoconducto que legitime todos sus abusos, sus salidas de tono, sus ausencias, sus mentiras, sus manipulaciones, sus infidelidades, sus indecencias, sus traiciones. Porque si hay alguien responsable de que todo eso sucediese, ese alguien eres tú. Así algunos escriben la historia.

Hace tres años sus amigos le preguntaron a Clara porqué no se separaba de él. Y ella contestó que apenas llevaba un año casada, que aún era poco tiempo para sacar conclusiones, que las relaciones sentimentales son carreras de fondo con largos tramos de vallas. Los años siguientes no hicieron otra cosa que confirmar, con creces, el error. Pero aún hoy Clara duda si separarse o no. Siempre encuentra una excusa: los niños, la familia, la situación económica, las eternas oportunidades,… Pero la más escalofriante de todas se verbaliza en una frase: “No le quedaba más remedio”. Clara llegó a creer que las mentiras, las acciones interesadas, el compromiso burlado, los privilegios, eran el único camino posible.

Clara, sentada ante una taza de café con leche caliente, rememora estos cuatro años de falacias interesadas, de desprecios, de burlas, de injusticias, de ausencia de ética, mientras su entorno se iba desmoronando. A ella nunca le faltó de nada, disfrutó de una vida muy acomodada, que siempre es una manera de anestesiar la conciencia cuando la miseria –hay tantos tipos de miseria- se instala a tu alrededor. “¿Y qué hago?”, pregunta Clara. “¿Vuelvo a la soltería? Pero, ¿tú sabes cómo está el mercado?”, bromea. Que pueda bromear me hace pensar que no todo está perdido. “Sí. O no. ¿Quién te ha dicho que no puedas optar a otro tipo mejor?”, le contesto. “En España se ha duplicado el número de parejas mayores de 65 años que se separa o divorcia. Si ellos no han tenido miedo, ¿por qué vas a tenerlo tú que eres más joven?”, le cuento. “No hay que tenerle miedo al cambio. Hay que temer a las razones que nos fuerzan a no cambiar”, añado.

Clara lleva demasiado tiempo instalada en la ‘no acción’. Intento explicarle que la pasividad, ya sea por desidia, por desencanto, por desconfianza o por desprecio, nunca ha logrado nada. Que sólo levantándonos de la silla, por muy cómoda que sea, podremos cambiar aquello que no nos gusta. No participar, no involucrarse, no decidir, nunca puede ser una opción. De hecho pienso que no participar es la manera más cobarde de participar. Porque tu ‘no acción’ no detiene el error. Más bien al contrario, lo prolonga en el tiempo hasta que aparezca otro que lo detenga por ti. Y no hay que esperar a que sea otro quien te salve cuando puedes salvarte tú misma. Y a Clara se le enfría el café con leche.

Clara no comprende que su marido, después de cuatro años de convivencia, no haya hecho nada por cambiar. Le tengo que recordar que hay gente que no cambia. Y hay personas que se equivocan cuando inician una relación, crean un vínculo, confiando en que ellos provocarán el cambio. Nosotros solo tenemos la obligación de responsabilizarnos de nuestro propio cambio, del personal e intransferible; el otro, no es nuestra competencia. A él no podemos cambiarlo. Ni siquiera debemos intentarlo. Pero sí podemos sustituirlo. Si él lleva cuatro años haciendo las cosas mal y tú sigues confiando en él, apostando por él, sin cuestionar sus acciones, ¿por qué demonios iba a albergar siquiera la intención de cambiar? Si he sido el peor marido y aún así tengo tu apoyo, ¿por qué iba a dejar de comportarme como lo he hecho hasta ahora?

El camarero coloca frente a Clara una segunda taza de café con leche caliente. La primera se enfrió a medio tomar. La duda siempre se cuela entre los dedos y rezuma en la mirada. De repente, Clara me mira fijamente, refugiando la duda bajo un toldo de ceño fruncido. “Estamos hablando de relaciones sentimentales, ¿verdad?”, pregunta. “Claro, claro”, contestó con la rapidez del rayo, con la inmediatez con la que el niño suelta el objeto prohibido cuando su madre entra en la habitación.

 

 

 

 

 

 

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