La voluntad de ilusión

He estado equivocado demasiado tiempo. Llegué a esa conclusión bajo un cielo de bombillas de colores, intentando eludir las interminables colas que se materializan frente a las administraciones de lotería, cegado ante el brillo de los escaparates con turrones artesanos. He odiado la Navidad demasiado tiempo y eso, si alguna vez fue cool, ya no lo es.

 

Confieso que he criticado la Navidad. La he acusado de invitación al consumismo cuando nada se escapa a esa etiqueta. Ni yo mismo. Ni siquiera un Barça-Madrid, y no veo a nadie quejarse del consumismo que genera un derby. He aborrecido el espíritu navideño con todas mis fuerzas. Despreciado los villancicos, esa bondad impostada, esa felicidad obligatoria, esas ausencias que hacen melancólico el reencuentro, ese encarecimiento de la vida, ese lote de tradiciones que cada año pesa más. Y ahora creo haberme equivocado. Entiendo que una alegría colectiva es un potenciador de la tristeza particular –lo he sufrido- pero decidir que ese instante, esa sensación, sea imperecedera durante una época del año es, cuando menos, exactamente igual de absurdo que sentirse feliz y consumir a crédito porque lo marca la tradición. Invertimos más energía en maldecir la Navidad que en disfrutarla. Si yo, que no me interesa nada el futbol, fui capaz de contagiarme de la ilusión de que España ganase un Mundial, no comprendo por qué me he limitado la posibilidad de ilusionarme cuando llegan estas fechas. Por eso he decidido que este año voy a dejarme llevar por la ilusión. Sí, voy a ser, voluntariamente, permeable a la mentira.

 

Necesitamos la ilusión. Como el respirar, como el comer, como el líquido que nos hidrata o los besos que nos empujan a deshacer la cama. Nada es posible, ni siquiera lo más pragmático, sin una representación imaginaria que estimule nuestra acción. Y si hay una época del año en la que se vende ilusión esa es la Navidad, ese periodo que, por puro interés comercial, solo es rentable si se dilata en el tiempo. De ahí que haya pasado de ser una celebración localizada en quince días al año a una inversión de mes y medio para vivir –y consumir- la Navidad. Nada de eso me escandaliza, no se crean. Asumo el sistema en el que habito y sé que ni lo emocional, ni lo espiritual, ni lo ideológico, sobrevive si no genera beneficios. El sistema es capaz de convertir nuestra ilusión, nuestras inquietudes, hasta nuestros rechazos, en negocio. La Semana Santa es un negocio, la temporada de setas lo es y hasta celebrar los derechos civiles de la población lgtb en el Orgullo lo es. Todo es susceptible de hacer caja. Pero ese es otro tema. Lo que me interesa es nuestra necesidad de ilusión. Supongo que ahí radica el éxito de la Navidad como tiempo emocional.

 

Desde un punto de vista semántico, la ilusión es una ilusión, una esperanza que carece de fundamento, una mentira. Si sabemos que estamos ante una argucia de los sentidos, ¿por qué nos dejamos engañar con esa sonrisa en el rostro? Un pensador nada condescendiente con la espiritualidad como fue Friedrich Nietzsche ya escribió de la ilusión como condición y necesidad para existir. Precisamos el artificio, la falsedad, la mentira amable, la metáfora, para transitar la realidad. Como en el Matrix de los Wachowski, habitamos una realidad virtual, ficticia, luminosa, porque la original no soportaríamos verla. Es lógico que algunos la perciban como una esclavitud pero quizá no exista algo mejor al otro lado. De hecho, habitamos un planeta cada vez más polarizado, que te exige compromiso a cada paso, que te zarandea la ética y te empuja a posicionarte cuando ni siquiera has tenido el tiempo suficiente para decidir si quieres o no hacerlo. Nos reclamamos tanto a nosotros mismos que hemos llegado a un nivel de autocrítica que nos impide disfrutar de algo tan humano como la ilusión. Por muy impostada que esté.

 

No somos mejores, ni más inteligentes, ni más comprometidos, por detestar la Navidad. Intentar ignorarla, esquivarla, será una opción para aquellos que puedan. Yo he decidido dejar de repudiarla para entregarme a ella, a su filosofía de la ilusión, para dotar a mi ánimo de su merecido descanso. Soy una esponja. Espero empaparme de vuestro espíritu navideño, de vuestra ‘mentira’, porque ya he comprendido que la verdad, esa verdad aséptica, desinteresada, tampoco existe. Me ofrezco al error necesario para, como dijo Nietzsche, comprender que nuestra grandeza reside en la suprema ilusión, “pues es ahí donde somos creadores”.

 

bola-de-la-ilusión-navideña

  1. Uno

    Ha llegado usted a una conclusión muy sabia. Nada nuevo para mi, que ya hice ese recorrido, excepto el placer de verlo tan extraordinariamente bien expresado. La ilusión es de todos, que no nos la robe la ONCE. Feliz Navidad.

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